Las comunicaciones por radio estaban suspendidas, debido a una censura obligada por razones de seguridad, ya que se había desatado una guerra en el que fuera mi territorio de trabajo. Hacía mucho tiempo que no pasaba por aquel lugar, en el que de hecho no había tenido suerte, desde el punto de vista romántico más que nada. La novia de mi primo, quien era mi asistente de cátedra, era la única persona que me echaba de menos. En la nueva universidad, donde estaba estudiando literatura y no ciencia, la encontré a punto de mudarse a un hospedaje. Mi padre, en el nuevo país, estaba cansado y casi enfermo, apagado. No quería ayudarme a seguir estudiando, y tampoco quería que siguiera viviendo con personas de su edad. El decano de la Facultad de Ciencias, que era un físico de la edad de mi padre, tampoco quería seguir dirigiendo mis estudios. Sintonizaba una estación de radio del país en el que había vivido de niño, y en donde fui un profesor del sistema Lancaster, y claro, no encontraba nada. Ni música, ni comentarios o locutores. La guerra que se había desatado en el territorio no me permitía saber nada de aquella gente. Mi primo, el asistente, se las había arreglado para transportar a su novia a la Universidad. Entonces, sí, claro, me mude con ella a un apartamento de la comunidad universitaria, porque se sentía sola en el hospedaje. Estaba conmigo aunque no era mi novia, sino la de mi primo, y no quería dejar que yo estuviera solo porque me echaba de menos. Por supuesto, que estar con ella no era lo mejor, pero como no me dejaba me tuve que casar con ella, ya que mi primo no se había casado con ella cuando estábamos en el otro país.
Como no era maestro de matemáticas, no tenía derecho a una receta médica, para enviarle un mensaje a mi asistente. Mensaje que decía: aunque estoy con tu novia, no te preocupes, no habrá hijos. Un maestro de matemáticas, con sólo dar unas clases, podía conseguir la solución para transmitir un mensaje químico, cierto que no hablando por la radio, al igual que los insectos, que se comunican químicamente. Una prueba contraceptiva que yo le hiciera a esta mujer, que estaba conmigo por razones de nostalgia, podía ser ese mensaje químico que burlara la censura radial. Pero para ello, como es natural, me tenía que casar con ella. La receta la conseguía si me casaba con ella. Algo ciertamente paradógico, pero necesario, ya que había que dar a entender que el hombre que estaba al otro lado se había quedado sin mujer. Era una medida inteligente que tomaban los académicos con los que yo estaba ahora.
Lo cierto es que ahora aparecía públicamente casado con la novia de mi asistente, aunque el matrimonio con ella me daba el derecho a usar el químico con el que me podía comunicar. Si hubiera sido maestro de matemáticas, no me habría tenido que meter en esa obra de teatro, que era un matrimonio no deseado con la novia de mi amigo. Pero le pude transmitir un mensaje a mi amigo a través de la clínica, ya que usé la receta, aunque ahora apareciéramos casados. Luego de que logré enviarle ese mensaje a un país en guerra, me separé de su muchacha y conseguí que nos divorciáramos. Es verdad que ahora se me haría difícil casarme de verdad, pero como estaba comprometido con mi antiguo trabajo y con las personas con las que había estado, tuve que soportar ese dilema. No sabía, sin embargo, si el mensaje a mi primo había llegado a su destino. Lo cierto es que no me pude casar de nuevo y que pasaron muchos años, en los que estuve sólo.
Una entomóloga, o especialista en la vida de los insectos, se interesó por mí. La picadura de un escorpión, en la temprana infancia, no solamente había sentado las bases de su vocación por esas formas de vida; la picadura, terrible de por sí, le había obstruído las trompas de Falopio con una hemorragia. Esta mujer, como es natural, me buscó cuando me divorcié de la novia de mi primo. Ya para entonces no era estudiante universitario, y mi pasado como maestro del sistema Lancaster era cosa olvidada. Pero a pesar de todo, ella vino a buscarme a la casa de mis padres. Venía ella del otro lado igualmente, de ese país que seguía en guerra con éste, y la justificaba estar conmigo la obstrucción que padecía.
-Cuando eras maestro en mi país, yo era muy pobre para ser tu estudiante- me dijo. -Me picó un escorpión y ya ves cómo estoy.
-Lo importante es que fuiste tú quien recibió el mensaje- le dije. -Ya sabes que no tuve hijos con la novia de mi primo, a la que la gente de tu país quería tanto. A mí nunca, nunca a un maestro de un país tan pobre como el tuyo, pero que no está acostumbrado a la pobreza. Ustedes, en el pasado, no eran pobres y eso es todo lo que los tiene en guerra con éste, que siempre fue pobre. Sin embargo, tu problema tiene solución. Hay una cepa de células madres de esa pareja, la de mi asistente y su novia. Con que me dejes saber si los quieres, tu obstrucción desaparecería. Y quizá ya no serías la novia del escorpión que te picó.
II
Algunos años después, la novia de mi primo, la mujer con la que estuve dramáticamente casado, volvió a buscarme a la casa de mis padres. Llegó a la casa de mis padres embarazada. Yo la estuve cuidando hasta que tuvo al nene, que era igual que mi asistente, pero con un detalle curioso. No se parecía a la madre, su novia, sino a la entomóloga.
-No se parece a tí- le dije. -Se parece a mi primo, pero no a tí. Sino a la mujer de aquel país.
-Aceptó lo que le sugeriste- me dijo. -Aceptó la cepa de mi novio y yo. Aunque como lo puedes ver, no lo tuvo. Volvió a aquel sitio enseguida, luego de que la clínica le injertara las células.
-Lo de ella con los insectos es algo serio. El escorpión lo recuerda como si fuera su novio- le contesté. -No se casó conmigo.
-¿Qué será lo que ese pobre insecto te quiere decir?- me preguntó.
-No es malo- le dije. -Interprétalo como quieras, el caso es que estás aquí.
-Es hijo de ellos- me dijo. -Pero nunca te voy a dejar.
No podía comprender por qué la novia de mi primo seguiría conmigo. Asunto olvidado, en todo caso. Pero ella me recordó que el sistema Lancaster me había vacunado para dar clases en aquel país.
-Uno quiere salir de las picaduras, pero no puede evitar que la pobreza rebote. Ya no hay escorpiones en las escuelas, pero no se pudo evitar que te operaran y te vacunaran. Estabas igual que la entomóloga, con la amenaza de un aguijón. Por eso, si te fijas, no hay quien sepa si tienes hijos o no tienes hijos. Yo estuve contigo todo este tiempo porque se te había olvidado que fuiste maestro del sistema. Por eso no te dejé.
-Claro- le dije. -Inglaterra es un enjambre. Se me había olvidado que fui maestro de su sistema.
Muchos años más tarde leí una novela sobre entomología. Los insectos estaban empezando a cobrar importancia en el país que me recibía, y recordaba que un actor me había hablado de las nuevas novelas que se estaban publicando. Sólo que los autores, como los actores ingleses, se estaban muriendo rápidamente y dejaban sus obras inconclusas. Recordé a la joven mujer que me vino a ver porque recibió el mensaje que le enviamos. No era lo mismo que hablar de frente con mi antiguo asistente, que había desaparecido en el país enemigo. No sabiendo qué hacer con su novia y con su hijo, que también era hijo de la entomóloga, me dediqué a pasearme por los centros comerciales con una calma siempre alerta, en espera de mejor suerte romántica, por cierto, aunque sin resentimientos ni dolores por el pasado. Esperando que pasara alguien quizás, dando una vuelta desde mi casa, se fueron consumiendo mis días sin mayores contratiempos. Los insectos eran cosa del pasado, pero los recordé con simpatía. A veces, en los semáforos, cuando las hormigas se me subían por los zapatos, me sentía extrañamente feliz y nostálgico.