viernes, 16 de septiembre de 2022

Paisaje Sublunar

 

 

 

 

        Hay variedad de opiniones sobre Puerto Rico. Hay quien te puede decir que es un país de almacenes, como el poeta Gautier Benítez que la llama ¨la de blancos almenares¨, como el que la denosta sin piedad y la llama ¨tierra estéril y madrastra¨, como lo es el caso de Palés Matos. Al que viene del extranjero lo impresiona primero el litoral, que es una breve llanura colindante con el mar y que se caracteriza por la salinidad alta y la propensión a la erosión, ya que el terreno de ese llano es poroso y calizo. La agricultura no se da como en Venezuela, eterna queja del más asiduo amante de Puerto Rico, que es ese país, más que el cubano como se suele decir. Alta salinidad y porosidad hacen bastante dificil la siembra de frutos menores y frutas, aunque se da la cañá bien y el café porque la acidez elevada de los genes de la caña y el azucar complementan perfectamente la carencia de un terreno esencialmente calizo y propenso a disgregarse. El litoral se extiende tanto en el norte como en el sur. La zona montañosa es volcánica. 

        El origen volcánico de la zapata isleña se ve enseguida en los arrecifes, que no son de coral como en Hawaii, sino de lava que tiene miles de años. Había manglares que son el resultado de la acumulación de las conchas marinas trituradas durante miles de años y que han dado pie a los caños, que son acumulaciones de restos mamíferos: escreta, osamentas, basura, que son los llamados contaminantes. La flora del caño, paradógicamente, se asentó definitivamente en lo que era antiguamente el manglar y la arboladura firme que se ve hoy así como las raíces de esos árboles, son posteriores a la Conquista Española. Lo que se conoce como el bosque del manglar es más bien producto del ecosistema del caño que nació en la época moderna. La belleza sublunar del lar isleño y el permanente sentimiento de paz alcalina que puede evocar una tierra tan propensa a los dezlizamientos, te puede dar una idea de que la belleza de Puerto Rico es un enigma para las ciencias y un alivio para el ardiente corazón de los artistas. 

Nuevo Ingreso de Javier

  

 

Una novela de Robert Ludlum parecía lo mas a tono con las circunstancias, que era el nuevo ingreso de Javier al hospital siquiátrico de mi religión. En el pasado, la institución alternaba con un discreto asilo de ancianos. Qué podía ser una cosa o la otra, exactamente allí donde me casé por primera vez a los nueve años, si el de la religión rival ofrecía servicios menos comprometedores, oníricos si así lo deseas, ya cerrado y con los siquiatras en propiedad haciendo guardia en el Centro Médico, postulando, por supuesto, otra cosa que dar ilusiones, para disimular también un poco el amor. Cuando lo ingresamos al moderado San Francisco no hubo quejas, pero de nuevo ahora al que me ocupa, como es natural, requiere alguna más que contundente referencia.

Bueno. Ludlum, que según el contable que fue mi padre, es el novelista más apropiado para llevar a escena reality shows con el tema del espionaje como tela de jucio, escribió mil relatos paranoides que no ayudaban mucho a los siquiatras del San Juan Capestrano. Sin embargo, acaba de publicar una excepcional novela de espionaje que rozaba o hasta ahondaba más que mucho en el problema de la salud mental. Cuando llevé a Javier por tercera ocasión, di una vuelta por Río Piedras y resolví volver a mi casa, en lo que mi madre hacía las gestiones pertinentes a su ingreso, como dar constancia de la marca del reloj de pulsera que llevaba puesto cuando lo dejamos al azar de su tórrido cariño, y no como ayer, del inventario de prendas de vestir.

Habían dado de alta, justamente esa antepenultima visita, a un afectado señor que me explicó por qué me pidieron que dejara constancia de la marca del reloj que iba a usar en esa ocasión, ya que en la casa tenía sin correa el que de verdad era de Javier y que por alguna razón se me ocurrió engarzar con la correa del mío, que ya no daba más. Ni con una batería nueva podía darle vida al que me regaló mi hermano Ricardo a mediados de la primera década de este siglo, que es cuando por primera vez el novelista neoyorkino de espionaje por excelencia se dignó a hablar de los espíritus sensibles como gente misteriosa y hasta atractiva. Al recien dado de alta poeta, que me interpeló como tras veces, en otros tiempos, cuando prefería hacerse seguir por un K-9 para que yo me viera en la obligación de darle alguna conversación.

-Me dieron de alta y creo que mis deudos no van a venir por mí- me dijo. -Se me quedaron con el reloj, por otro lado.

Claro, que no me hago eco de sus palabras para desmerecer la honra de los aprendices que trabajan en el San Juan Capestrano.

martes, 13 de septiembre de 2022

Mi eterna amiga

  

 

 

 

La muchacha llegó frente a los bancos exactamente la mañana en que empezó mi vida en las ciencias. Me sorprendió la familiaridad con que me saludó, cuando era quizá la primera vez que me la topaba de frente. El vago recuerdo de un delfín herido para siempre por la ausencia de su pareja, nadando sin destino y sin hora, fue acaso lo que me evocó la primera vez que la ví, no muy lejos del pozo de Jacinto en la playa de Jobos. Sin embargo, de buenas a primeras no me dio a entender que estaba sola. Enseguida me presentó a su novio, que de hecho era un viejo amigo mío, con el que había podido jugar pelota en una liga con uniforme. Otro detalle digno de atención era que usaba espejuelos y tenía 20-20. Se los ponía quién sabe por qué, ni a cuenta de qué coqueta predisposición, si yo que era miope de verdad trataba de ocultárselo a mis nuevos compañeros de galera con unos lentes de contacto que mi tío, el oftalmólogo, me obsequió como con ánimo de no volverme a ver en esta vida.

 

    Negociar con ella me pareció lo más razonable, si como es de observar, era la novia del que me dejaba ser pelotero de la noche a la mañana. La cortés visita que me hizo con dos amigas para discutir la Ley de Lagrange, que al parecer no se les enseñaba en la escuela, ya que era el pasador para hacerse biólogo y quizá doctor, no me llamó la atención tanto como el hecho de que llevara a conocer a su padre, que era siquiatra. Una de cal y otra de arena.

 

    La fulgurante salida al Alambique con una de las dos que siguieron con ella cuando ya estaba claro que conocían más que bien la derivada y que venir a mi casa como si yo se las fuera a enseñar, no era exactamente arreglarme la cola, ni en lo absoluto advertencia de lo que estaba por vivir. La que siguió con nosotros me pidió que me sumergiera en un jaccuzzi a su lado. No conocía todavía el poema de amor más bonito de Lezama después del más famoso, Para llegar a Montego Bay, que narra el momento en que Fronesis, el amigo eterno de José Cemí, lo invita a sumergirse en una piscina de aguas termales como las que tenemos nosotros en Coamo. Como se ve, nada definitivo, nada hasta home. La nueva moda al parecer era no llegar, no alcanzar, no proponer nada concreto. Lo mismo cuando se bombardea un descampado como Vieques o se afecta interés. Los pescadores, las yolas, marcar territorio más bien que encararse a nadie o preocuparse por nada.

    Sin embargo, cuando le di a entender que iba a ser de verdad matemático, me insultó resueltamente rabiosa.

    -Tu eres agente.

    Salir por la puerta de servicio de la Facultad sin remover lo que parecía ofenderla no me ayudó.

    -Ahh… Otra cosa- me dijo. -Pelotero no eres tú.

    Eso estaba claro como todo lo demás. Sin embargo, me alejé de ella prontamente y para siempre. Ya entre los artistas y lejos de la peregrina idea de hacerme científico, se me acercó para pedirme excusas. Nunca más aquel solitario delfín que me evocó verla caminando sin dirección por el arenal.

Las hechiceras de mi high school


 

Recuerdo que eran cuatro porque son cuatro los evangelistas, cuando este asunto empezó a incendiar el que fue mi país, y cuatro igualmente los del final del cuento, aunque montados a caballo y anunciando lo peor. Los evangelistas eran soldados de a pie como los holandeses. Una era más dada a los demás porque era escosesa y se atrevía a acariciarme. La que siempre estaba con ella estaba un poco molesta no tanto porque se tomara esa libertad. Al parecer, yo había sido su novio en una vida pasada, y existía cierta vicaria confianza que la otra no tenía, aunque no como ella fuera la poseedora de un embrujo tan abrumador que nos distanciaba. Su llana amiga podía más con sólo decirle que el verdoso gris de mis rizos era cosa de temer, aunque para ella no.  

 

El maestro de biología me llamó la atención sobre las otras dos porque eran gemelas idénticas. O faltaba una para cuadrar a la perfección con la idea de que eran cuatro los autores del Nuevo Testamento y también cuatro los personajes del broche de oro que le servía de colofón a la colección, el Apocalipsis.

 

-Debieron presentarse aquí. La escosesa te acarició y la andaluza te tiene, como debe ser, más que impresionado. Pero las gemelas son italianas- me dijo el profesor. -¿Estarías dispuesto a ponerte en mis zapatos?

 

En otras escuelas el crucial momento del amor se les presenta como una encrucijada entre la realidad y la fantasía. Le apostabas a la astronomía o a la astrología, te asignaban el libro venezolano que llamaba la atención sobre esa aparente disyuntiva, con tal de que no te dieras cuenta de que algo acababa y algo empezaba.

 

El profesor salió del apuro como pudo. A mí me envió, como al pelirrojo, a buscar sapos para hacer una disección. Yo no encontré un solo sapo por más que peiné la llanura donde vivía y el otro enviado, sin embargo, consiguió demasiados en el patio de su casa. El día en que los trajo en una bolsa para que el profesor nos los facilitara, ocurrió algo que me deja perplejo todavía. En vez de repartirlos para hacer el experimento, le ordenó al pelirrojo que los soltara en el patio y tomó de la mano a una de las dos gemelas italianas. La impresionante belleza de la muchacha no cuadraba con la humildad con la que dejó que el maestro la tomara de la mano y la acostara en el escritorio del laboratorio, frente a todos nosotros que nos dimos cuenta de lo bonita que era.

 

El pelirrojo que tantos sapos llevó al laboratorio, me explicaron a poco de revelada la humildad de la doncella, tenía una medio hermana que no vivía con él y que mucho antes de que él llegara a la escuela, ya me había abordado para aclarar si de verdad acosaba a las muchachas bonitas. Se me apareció en un polvoriento salón de sexto grado con un ajustado pantalón que revelaba más que mucho encantos tan abrumadores que no venía al caso decirle que era inocente de las acusaciones que pesaban sobre mí. Hice el aguaje de acariciarla y comprendió que hice todo lo posible por hacerme a un lado. Claro, las gemelas que llegan después eran primas de la que me interpeló de niño. Se llamaba Viola, que como saben es la gemela menos feliz de La Duodécima Noche de Shakespeare porque tiene ambición. Viola debiera ser el quinto partido, si no se hubiera descubierto el rasgo que las define.

 

Cuando después de una visita al campamento en donde mi madre me dio a conocer la avena, me alistaron también de niño escucha, y sabiendo que lo próximo después de ese fin de semana en el que iba a remar hasta la embocadura del río en donde mis padres desaparecieron, era mandar a buscar a las cuatro muchachas para que pasara con ellas una nueva semana en la Naturaleza. No fue suspicacia o temor. Me enfermé antes de que me llevaran a verlas en descampado. Nunca volvieron a la escuela porque me ausenté y según me cuentan los narradores orales del Pepino, se casaron las cuatro allí mismo y nunca volvimos a verlas en esta vida.

De la novela de Biancotti sobre La Negresse.

 

            Cuenta Hector Biancotti que cierto cachorro de periodista dio con el paradero de la anciana compañera de Charles Baudelaire, como cincuenta años después del sepelio del egregio poeta maldito. Adelaida Marése, al que el encaprichado joven deseaba entrevistar para conocer un poco de la vida de Baudelaire con la Negresse, y acaso tumbarle, como un personaje de Henry James, alguno que otro manuscrito inédito, no encontró como esperaba una rotunda negativa de la anciana. Pero le puso como condición para contarle su vida integrarse a un contubernio en el que ella, siendo quien era reinaba como animadora espiritual. La novela de Biancotti, en primera persona, es lo que imagina el escritor que el periodista le habría contado a sus amigos. Vierto enseguida las palabras que Biancotti pone en boca del notable hombre de prensa.

        ¨Acabamos filósofos. Adelaida me atribuía aptitudes de las que yo carecía. No tenía cabeza para la filosofía, aunque era de mi gusto regodearme en ciertas perplejidades. Las paradojas me sobrecojían, pero ese gusto por ellas lo reforzaba mi intransigente misoginia. La paradoja es la risa de la inteligencia, la espuma y el recuerdo oportuno de la espuma sobre el cielo vacío, un relámpago impertinente en el momento en el que se oye el trueno- porque es algo creado y no natural como cualquier producto. Las mujeres, sólo ellas, tienen la ventaja de tener los pies en la tierra y al cuerpo al que crian. Ellas saben qué cosa real de tantas cosas reales es verdaderamente real y a ello se atienen. ¿Daría la cara por mí Adelaida si desmintiera mis convicciones?¨

  

 

Tu amor estuvo aquí

 

 

No hay nada tan resueltamente amoroso entre nosotros como un taller de formación política. Echo de menos que no me lo diera la FUPI ni que me pusieran a pintar pancartas, si bien es verdad que me dejaban ver a los nuevos amores que sí eran objeto de más que indoblegable cariño. La línea me la daba Aristóteles. A media hora de mi amor eterno, eternamente cerca de ella, sin poder conocerla y sólo saber que existía sin el consuelo de una intermediaria que me diera una idea de cómo era o a quién se parecía. Itito estaba y sigue estando con la otra postura, la de Platón, la de una permanente y noctámbula vigilia igualmente eterna. Era mi primo, ahora sacerdote, igual que tantos otros seres queridos a los que nunca he vuelto a ver, sin que haya más de media hora entre medio. A media hora de cualquier amor, a media hora de cualquier melacólico pretérito, el consejo es prudencia para no enloquecer demasiado joven y en edad de merecer en apariencia. Itito publica un desgarrador relato disfrazado de espía madrugado: no te preocupes, me jodieron y estoy en Moscú. Saber, sin embargo, que está a casi nada del portón de mi casa, tanto como otros deudos que acaso no se animen a llevar su apropiado disfraz de Halloween, ni a declarar su resuelta simpatía por Platón.

 

Yo soy el único que le apuesta a Aristóteles en mi familia. Compañero de galeras más que primo es Rafa cuando reitera su afinidad al mismo filósofo. En ese caso Spinoza, que es aristotélico como su mentor Copérnico: lo que tengas frente a tí, frente a tus ojos. Más allá es como jugar con el tarjetero. Si das un paso al frente, tal monstruo o tal cover story. Platónicos como mi hijo.

 

 

 

 

2

 

Ana María tuvo un gesto que me llevó exactamente al recuerdo del momento más importante de mi vida. Estaba en noveno grado y ya me habían advertido que nunca conocería en persona a mi verdadera media naranja. Sombras o atisbos que explican la postura de Platón sobre el amor y no creo yo sobre el saber. Parecidas a ella las que iba a conocer, con las que iba a trabajar o hasta incluso montar algo parecido a un hogar, nunca sin embargo ella. El diálogo y la dialéctica, inventos que vienen a tono. Si te vas por la astrología o prefieres en cambio hacer medidas, estimar la verdadera distancia que media entre tu amor y tu persona o creer que una estrella puede ponerte a rabiar y no la realidad de que estás solo y tan cerca de tu cariño. Claro, la hija del doctor me propone una solución mediada. Saint-Exupery, piloto pagado por sus fueros o de sí mismo, como bien lo diría mi amiga, no estaba por ninguna de las dos cosas. Ni medidas ni creencias para disfrazar la soledad. Si quieren, eso es amor. Conservo una edición francesa de El principito que según me dicen era la de mi amiga. La encontraron en un apartamento en donde dicen que alguna vez vivió Nayda. Me llevaron allí como a Janer, dato curioso a tomar en consideración: tu amor estuvo aquí.

sábado, 10 de septiembre de 2022

  

Viernes, 9 de septiembre de 2022

 

Ahier a un sens lament

 

Del patois que les salga, amores

 

 

Queridos amigos:

 

Esta noche he decidido evocar a las mascotas de mi ayer, mejor que obsederme con la visión de un pueblo negro. Musumba, tumbuctú, farafangana. La aparición repentina de un bull terrier igual a Vagabún en la que fue la casa del cardiólogo al que vendí un primer componente Pioneer, fue observada por el radar hace dos o tres días. Ya María Rodríguez, la hermosa primogénita del Dr. Rodríguez Montes, que me atendió de niño cuando era médico generalista, no vive en la casa en donde misteriosamente hizo su aparición un macho de la raza de la misma perra que rescató la vocal de mi prima hermana en 1986. Alguien me interpeló sobre el particular a la entrada del puente y a la vez me mostró la foto de un perro  misteriosamente desaparecido. No es posible casarlo con el bull que apareció en la que fuera la casa de mi vecina. Consignar la muerte del parejo que por años acompañó a la gata de su amiga me parece importante recordarles. Su hija está suelta a treinta minutos de mi residencia. Ese es un parámetro razonable para animal que no está adiestrado para detectar narcóticos.

 



 

La siguiente es una carta suscrita a mi progenitora por la Asociación de Residentes de mi vecindario en relación a este incidente:

 

Buenas tardes,

 

Espero se encuentren bien.

 

Esta situación se ha mencionado anteriormente en las distinas reuniones y correos electrónicos de la Asociación. Había ido personalmente a hablar con los dueños del perro porque encontrábamos escreta en la entrada de la casa, en nuestras escaleras, en distintas áreas de la grama; luego de esa conversación, todo mejoró. 

 

Desde la semana pasada hemos empezado a encontrar escreta del mismo perro en nuestra entrada y grama nuevamente. Debemos ser responsables con los vecinos y si sacamos a nuestros perros debemos llevarlos con su correa y la bolsa para recoger las escretas.

 

Los perros NO se deben sacar si no están atendidos¿Cómo sabemos que es el mismo perro? Las cámaras nos lo dicen, las fotos son de ayer a las 11:18pm.

 

Adelma Rivera-Cruz & Antonio Pérez-Bonano

EE-15 Calle Poppy 

 

Como se vé, el bull terrier en cuestión está asustadísimo. No sé si desciende de la legendaria Vagabún, que por lo que a mí atañe tuvo lanudos de los que me quedó una sola perrita cuyo nombre por alguna razón no recuerdo. Me acuerdo de Peggy, la dálmata que inspiró inicialmente mi obra de teatro con Teófilo Torres por lo mucho que mi padre estaba encariñado con ella.

 



 

  Me acuerdo de un cruce de chiwawa, Tosky, que fue atropellado y envarado con una muleta de metal después de que se accidentó. De Scotty, un German Shepperd que no pude conservar porque me tiraba a morder y al que mis tíos abuelos reformaron con una nueva identidad. Se llamaba Príncipe al final de su vida y creo que es por eso que el password de la cuenta de Onelink me recuerda más bien lo bravo que era y menos de que alguien me quiere o lo recuerda aún. De la que me quedó de la camada de Vagabún, sin embargo, no me acuerdo bien porque tuve que dejar sus retoños en la perrera de la Avenida Kennedy ya que nacieron enfermos. Creo que el incidente lo consigna indirectamente Mundo Cruel cuando Negrón nos refiere la historia de una perrita disecada en el mismo cuadrante. Por  mi amor a los perros es que Negrón me dejó leer su novela antes de que se publicara, si bien es verdad que es por eso que ya no quiero tener uno más. Creo que la amiga de María se llevó a la última y más preciosa perrita que apareció en mi cuarto.