Cuando supe que era huérfano, mi padre de crianza se distanció de mí, aunque poco después volvimos a vernos. Fue en la Universidad en donde me dijeron que había nacido poco después de la muerte de mi padre verdadero. En realidad, era académico decírmelo. Pero las mujeres que se me acercaron para revelarme ese detalle querían justificar el hecho de que no recibiera ayuda financiera de mi padre de crianza. Era curioso que la mayor parte de su dinero iba a parar a otros familias y que nosotros éramos algo así como sus empleados. Pero para lo que se vive con otras personas, no es tan malo. En comparación, mi vida no fue tan mala. Lo único malo que tiene ser huérfano es el asunto social. No es tan fácil que una muchacha que cuenta con sus padres verdaderos acepte a una persona sin padres. Eso era lo único malo. Era un poco difícil para los parientes de mi padre de crianza aceptar la decisión de criarnos, y es un hecho que si les dio su dinero, fue para acallar un poco esa movida algo radical.
A algunos señores los satisface criar otros hijos. Es una forma de rebeldía con la sociedad. Como yo soy huérfano, lo mismo da que me críe un radical que cualquier otra persona, y lo único que sucede es que no se vive normalmente. Por un lado uno está con la gente bien, y se vive con alguna seguridad sicológica, pero por otro lado uno no consigue los empleos que un huérfano a secas podría tener. La situación es ambigua, y en el fondo parece que uno no es huérfano, sino adoptado. Pero yo sé, y quizá eso es lo más feliz que me hace, que soy huérfano y no adoptado, ya que nunca me ha reclamado una familia ajena.
De mi padre verdadero no sé nada. Al parecer se tomó una cepa del moribundo y se inseminó a una madre anónima. Aunque no conocí a mi papá, se me ha permitido ver al hijo que mi padre de crianza dejó al fallecer. Es decir, que es como yo ese nene. Yo tengo la libertad de verlo y de hablar con la mamá. Sé que se va a casar a los veinte años, igual que yo. Por lo demás, mi trabajo con esas proyecciones es bastante profundo. Antes tenía un archivo de seguros de vida, en el que se prescribe justamente mi matrimonio con una muchacha físicamente desvalida. Eso no tiene nada de raro en el mundo financiero. La esposa de Disraeli, que solicitó servicios financieros al banco de la aristocracia europea, era lisiada y los servicios solicitados se parecen mucho a los que presta un seguro. Me tomó como dos años irme adecuando a mi nuevo trabajo con proyecciones, y a familiarizarme con los últimos negocios de mi padre de crianza.
Pensando en este problema, un muchacho que perdió a su padre antes de nacer quiere llevar al teatro un cuento mío. Le escribo brevemente y pronto llevamos la obra al teatro, pero apenas sí hay resonancias. Como en realidad la literatura no se practica mucho en ninguna parte, no he pensado demasiado en mi nuevo cuento. De modo que le escribo a mi amigo varios esqueletos de cuento.
Bregando con el tedio
Es increible lo aburrido que puede ser mi trabajo. La mayor parte del tiempo estoy bregando con el tedio. No se trata de que voy a dejar de trabajar, ya que estoy acostumbrado a hacerlo. Se trata de eliminar las cosas que necesito para seguir adelante:dejar el café, dejar los cigarrillos. Por lo demás, necesito esas cosas para trabajar porque mi labor, aunque importante, carece de interés. Ya hace mucho tiempo que dejé de pensar románticamente. Es decir, conseguir novia con este trabajo es imposible. Deja muy poco dinero, tampoco da una posición social. Esas son las cosas que buscan las novias, así que estoy frito por ese lado. Lo más que me gusta del trabajo es que hay que hacerlo con probidad. Las virtudes burguesas son bien necesarias. Puntualidad, probidad, falta de creatividad, carecer de personalidad, todo eso hace falta para hacer promociones. La voz la tiene otro siempre.
La lectura se me hace imposible. Uno tiene que tener una cierta idea fantástica de sí mismo para leer novelas. La idea de que se las puede explicar uno a otra persona, la idea de que la explicación hace falta. En literatura, casi no hace falta nada, si uno viene a ver. El trabajo que yo hago no me permite estudiar literatura porque el profesor posible debe tener una personalidad. El trabajo me aleja de eso tanto que cuando voy a estudiar casi no pasa nada. Voy al sitio de estudios como si fuera una masa de grasa. No puedo tener voz, no es deseable tener voz, ya que puedo conseguir posibles clientes entre los estudiantes, y entonces tendría que conocerlos en el plano de quien no debe decir nada interesante.
No obstante, siempre escribo un cuento. He logrado que ciertas personas odien mis personajes pusilánimes. Si encuentro un escritor que opina con fuerza, debo de hacerme a un lado porque quizá tendría que hacerle promoción, y entonces hace falta que yo sea como una sombra. Para mi libro, fui como una sombra de mí mismo. Muchas veces tuve que aclarar que la fuerza de su opinión radicaba en el hecho de que yo era joven cuando lo escribí. Eso permitió que yo lo vendiera como si no fuera el autor.
Hoy en día lo peor es dejar las drogas que me ayudan a bregar con el tedio y el aburrimiento. Me encontré en el supermercado a una muchacha que venía a mi casa a estudiar matemáticas. No me saludó, ya que ella sabe que he perdido mi personalidad, y en ese caso no hay que hacer preguntas. Perdí mi personalidad porque me trataron como a un pollito las muchachas que conocí. Ahora, por supuesto, he ido a supermercado a ver si mezclo diferentes harinas de café. La harina de garbanzo mezclada con harina de café me puede ayudar a bajar la cafeína. Pienso ir reduciendo la cafeína, la nicotina, hasta que no me quede ni una onza de mi antigua personalidad. Es cierto que mi personalidad se la debo a la droga. Aprender a escribir sin fumarme un cigarrillo es la tarea actual. Ir hablando con mi madre mientras escribo.
Mientras escribo este cuento, hablo con mi madre sobre sus compañeros de escuela. Ella quiere que yo escriba un cuento para niños, pero de momento no sé que hacer. Una novela infantil no se me asoma a la cabeza. No sé qué cosas le interesan a los niños, ya que las muchachas me los alejan. Por supuesto, se trata del trabajo. El trabajo que tengo que hacer exige que me encuentre, como dije, en segundo plano, y entonces no puedo llamar la atención con una novela. Puede ser que averigue lo que quiere un niño y que escriba una novela, pero eso me hace daño en el negocio promocional. Como tengo que vender lápices con anuncios de otras empresas, o promover libros ajenos, un libro mío ahora es contraproducente.
Cierto que esta idea no es tan cierta si se mira lo que me pasó cuando estaba estudiando. Aunque nunca se me paga por escribir, si me dedico a vender promociones y a retirarme a un segundo plano, los maestros lo ven bastante malo, y no quieren otorgarme un título para que sea maestro. Mi experiencia no les gusta, parece que no es tan buena para bregar con nenes. Claro, eso no era lo que yo esperaba cuando estaba estudiando. Yo pensé que sería simplemente un maestro. En realidad, no sé por qué no soy maestro actualmente. Creo que se trata del respeto que se me debe, pero no lo puedo asegurar. Nunca hice nada malo cuando estaba estudiando, pero de cualquier manera no pude ser maestro.
Poco antes de que me separara de mi novia, la llevé a ver un submarino alemán que se había hundido en la bahía de Arecibo. Ella recien guardaba un huevo mío para que naciera luego, y yo la había llevado a la playa para que cojiera un poco de sal, ya que le ardía el vientre. Aproveché para mostrarle el submarino, que tapa la entrada a la bahía, y cuando volvimos a la ciudad, estaba con nosotros una poeta que llegó a invitarnos a comer espaguetti.
Yo iba a ser maestro de escuela
Yo iba a ser maestro de escuela, y para eso compré una biblioteca de novelas y cuentos en inglés, que por cierto casi no puedo leer ahora. Los negociantes de libros, algo desesperados porque no salen de sus mercaderías, le piden a los profesores que asignen libros. Uno los va comprando para quedar bien con los profesores, pero en realidad nunca los va a leer. Son libros aburridos, completamente muertos, que hay que comprar, pero a la larga tampoco se consigue el título que uno iba a estudiar, y entonces uno se queda con todas esas novelas. Con la esperanza de que uno tenga tiempo para leerlos, cuando la clase de trabajos que se consigue no le da uno tiempo para nada de eso. De cualquier manera, me he dedicado a vender lámparas de carro y bolsillos de vinil para discos compactos. Las universidades me invitan a exponer muestras y yo voy casi siempre, como en otro tiempo que vendía libros, con unas grandes bolsas de muestras.
En la actividad de la universidad se me acerca un profesor de pintura. No es un artista genial, pero es un hombre humilde. La clase de personas que conozco ahora como vendedor está tan lejos de los artistas buenos y de los intelectuales, que realmente me maravillo. A veces parece que no estudié. La organizadora de la actividad me dice a eso de las cuatro que me puedo ir.
No me siento mal, pues cobro un cheque americano cada dos semanas y no me quedan grandes escrúpulos cuando un amigo mío, abogado, me dice que terminé de quincallero. Es como si no hubiera estudiado, y no sé si es porque soy pobre o qué es lo que está pasando. Al parecer lo he ido olvidado todo y he perdido los refinamientos de la educación universitaria, si es que alguna vez fui fino.
Pensándolo bien, no me siento mal. Profesor universitario no voy a ser, pues parece que soy muy feo, o puede ser que sea simplemente estúpido. Pero no necesariamente es así. Yo he ido perdiendo la inteligencia. Los trabajos que he tenido me han dejado sin ingenio. No me molesta haberme quedado sin ingenio, en realidad me da mucha gracia. Antes me daba miedo quedarme sin ingenio, pero ahora no me molesta. El ingenio no se valora en el mundo del trabajo. Por el contrario, lo que se valora mucho es la aquiescencia. Mientras menos uno hable, más rápido cobra el cheque. Las obras de teatro que se van a representar con cuentos míos viejos me obligan a explicarle a mi gerente que antes tenía vocación de escritor. Afortunadamente, él es un hombre comprensivo. Ya hemos ido aceptando que los profesores mandan en la literatura. Puede ser que les falte ingenio, pero es más cómodo aceptar a la gente sin talento. Esta manera de pensar me resulta tan simpática, que a la larga me pregunto cómo es que me dio por escribir cuentos. Si no lo hubiera hecho, seguramente sería profesor.
De hecho, cuando me denegaron el título de maestría, el profesor me insinuó que los demás compañeros míos habían sido más inteligentes porque no habían escrito nada en un libro. En realidad no. El profesor lo que me dice es que yo tengo una gran vocación de escritor. Yo no sé. Lo pienso mejor y parece que no tengo esa vocación en realidad y que escribí un libro para comunicarme. Luego lo he ido olvidando y mejor he pensado en otras cosas. Siento un poco de escrúpulo ahora, que me he dedicado a las ventas y que parece que no voy a escribir cuentos nuevos.
Muchas veces pensé que no había podido ser escritor porque mi mujer no me quiso bien, pero en realidad lo he olvidado. La vida corre de otra manera, yo creo que no hace falta ni siquiera descubrir sus leyes, como dicen los cuentistas, para hacer los trabajos. Las novelas que compré por consejo de los profesores son tan malas que en realidad no hay que moverse a hacer nada. No hay tal cosa como una obra retadora, o un nuevo asalto a la realidad.
Un cuento humano
Quisiera escribir hoy un cuento más humano. En realidad no sé por qué no puedo hacerlo. A veces porque me molesta la ingenuidad. Las etapas infantiles de los pueblos me parece que se me trepan encima. Creo firmemente que cuando el primitivo se destaca, no hace sino quedarse con el trabajo que hiciste tú. La mala fé de tus compañeros, si te fajaste demás, acaba confiriéndole un premio al arrivista imbécil, que ni estudió como tú, ni pasó lo que tú pasastes.
No obstante, conocen bien los que verían publicar tu cuento humano. Y por eso digo que no vale la pena. Reviso los poemas épicos que publicó un extranjero que se nutrió de las mil guerrillas del ambiente literario local. Como él no tenía nada que ver, publicaba lo de los demás. No vale la pena el cuento humano porque tendría que recibir el premio de humano primero. Y no he recibido el premio de humano, así que el cuento humano está demás.
Trataría de escribir el cuento humano si de verdad creyera que se gana algo con ello. No me satisface nada. Todo lo que veo es falso. La literatura, hasta cierta edad, es una verdad. Pero luego no tiene sentido. A veces pasa eso. Ya a cierta edad no tiene sentido escribir. La gente te conoce. No hay misterios. El que trabaja poco es tan bueno como tú, que quieres hacerlo mejor. La mayoría de la gente, si lo pienso bien, es más inteligente que yo. Ellos esperan, cojen lo que tú haces. Alguien más viejo les da ese permiso, así que no se puede hacer nada, ni trabajar ni estudiar con verdadera pasión, porque cualquier oportunista se va a quedar con tu trabajo.