domingo, 26 de junio de 2011

El Promotor

       Cuando supe que era huérfano, mi padre de crianza se distanció de mí, aunque poco después volvimos a vernos. Fue en la Universidad en donde me dijeron que había nacido poco después de la muerte de mi padre verdadero. En realidad, era académico decírmelo. Pero las mujeres que se me acercaron para revelarme ese detalle querían justificar el hecho de que no recibiera ayuda financiera de mi padre de crianza. Era curioso que la mayor parte de su dinero iba a parar a otros familias y que nosotros éramos algo así como sus empleados. Pero para lo que se vive con otras personas, no es tan malo. En comparación, mi vida no fue tan mala. Lo único malo que tiene ser huérfano es el asunto social. No es tan fácil que una muchacha que cuenta con sus padres verdaderos acepte a una persona sin padres. Eso era lo único malo. Era un poco difícil para los parientes de mi padre de crianza aceptar la decisión de criarnos, y es un hecho que si les dio su dinero, fue para acallar un poco esa movida algo radical.
       A algunos señores los satisface criar otros hijos. Es una forma de rebeldía con la sociedad. Como yo soy huérfano, lo mismo da que me críe un radical que cualquier otra persona, y lo único que sucede es que no se vive normalmente. Por un lado uno está con la gente bien, y se vive con alguna seguridad sicológica, pero por otro lado uno no consigue los empleos que un huérfano a secas podría tener. La situación es ambigua, y en el fondo parece que uno no es huérfano, sino adoptado. Pero yo sé, y quizá eso es lo más feliz que me hace, que soy huérfano y no adoptado, ya que nunca me ha reclamado una familia ajena.
        De mi padre verdadero no sé nada. Al parecer se tomó una cepa del moribundo y se inseminó a una madre anónima. Aunque no conocí a mi papá, se me ha permitido ver al hijo que mi padre de crianza dejó al fallecer. Es decir, que es como yo ese nene. Yo tengo la libertad de verlo y de hablar con la mamá. Sé que se va a casar a los veinte años, igual que yo. Por lo demás, mi trabajo con esas proyecciones es bastante profundo. Antes tenía un archivo de seguros de vida, en el que se prescribe justamente mi matrimonio con una muchacha físicamente desvalida. Eso no tiene nada de raro en el mundo financiero. La esposa de Disraeli, que solicitó servicios financieros al banco de la aristocracia europea, era lisiada y los servicios solicitados se parecen mucho a los que presta un seguro. Me tomó como dos años irme adecuando a mi nuevo trabajo con proyecciones, y a familiarizarme con los últimos negocios de mi padre de crianza.
       Pensando en este problema, un muchacho que perdió a su padre antes de nacer quiere llevar al teatro un cuento mío. Le escribo brevemente y pronto llevamos la obra al teatro, pero apenas sí hay resonancias. Como en realidad la literatura no se practica mucho en ninguna parte, no he pensado demasiado en mi nuevo cuento. De modo que le escribo a mi amigo varios esqueletos de cuento.

Bregando con el tedio

        Es increible lo aburrido que puede ser mi trabajo. La mayor parte del tiempo estoy bregando con el tedio. No se trata de que voy a dejar de trabajar, ya que estoy acostumbrado a hacerlo. Se trata de eliminar las cosas que necesito para seguir adelante:dejar el café, dejar los cigarrillos. Por lo demás, necesito esas cosas para trabajar porque mi labor, aunque importante, carece de interés. Ya hace mucho tiempo que dejé de pensar románticamente. Es decir, conseguir novia con este trabajo es imposible. Deja muy poco dinero, tampoco da una posición social. Esas son las cosas que buscan las novias, así que estoy frito por ese lado. Lo más que me gusta del trabajo es que hay que hacerlo con probidad. Las virtudes burguesas son bien necesarias. Puntualidad, probidad, falta de creatividad, carecer de personalidad, todo eso hace falta para hacer promociones. La voz la tiene otro siempre.
        La lectura se me hace imposible. Uno tiene que tener una cierta idea fantástica de sí mismo para leer novelas. La idea de que se las puede explicar uno a otra persona, la idea de que la explicación hace falta. En literatura, casi no hace falta nada, si uno viene a ver. El trabajo que yo hago no me permite estudiar literatura porque el profesor posible debe tener una personalidad. El trabajo me aleja de eso tanto que cuando voy a estudiar casi no pasa nada. Voy al sitio de estudios como si fuera una masa de grasa. No puedo tener voz, no es deseable tener voz, ya que puedo conseguir posibles clientes entre los estudiantes, y entonces tendría que conocerlos en el plano de quien no debe decir nada interesante.
No obstante, siempre escribo un cuento. He logrado que ciertas personas odien mis personajes pusilánimes. Si encuentro un escritor que opina con fuerza, debo de hacerme a un lado porque quizá tendría que hacerle promoción, y entonces hace falta que yo sea como una sombra. Para mi libro, fui como una sombra de mí mismo. Muchas veces tuve que aclarar que la fuerza de su opinión radicaba en el hecho de que yo era joven cuando lo escribí. Eso permitió que yo lo vendiera como si no fuera el autor.
        Hoy en día lo peor es dejar las drogas que me ayudan a bregar con el tedio y el aburrimiento. Me encontré en el supermercado a una muchacha que venía a mi casa a estudiar matemáticas. No me saludó, ya que ella sabe que he perdido mi personalidad, y en ese caso no hay que hacer preguntas. Perdí mi personalidad porque me trataron como a un pollito las muchachas que conocí. Ahora, por supuesto, he ido a supermercado a ver si mezclo diferentes harinas de café. La harina de garbanzo mezclada con harina de café me puede ayudar a bajar la cafeína. Pienso ir reduciendo la cafeína, la nicotina, hasta que no me quede ni una onza de mi antigua personalidad. Es cierto que mi personalidad se la debo a la droga. Aprender a escribir sin fumarme un cigarrillo es la tarea actual. Ir hablando con mi madre mientras escribo.
Mientras escribo este cuento, hablo con mi madre sobre sus compañeros de escuela. Ella quiere que yo escriba un cuento para niños, pero de momento no sé que hacer. Una novela infantil no se me asoma a la cabeza. No sé qué cosas le interesan a los niños, ya que las muchachas me los alejan. Por supuesto, se trata del trabajo. El trabajo que tengo que hacer exige que me encuentre, como dije, en segundo plano, y entonces no puedo llamar la atención con una novela. Puede ser que averigue lo que quiere un niño y que escriba una novela, pero eso me hace daño en el negocio promocional. Como tengo que vender lápices con anuncios de otras empresas, o promover libros ajenos, un libro mío ahora es contraproducente.
Cierto que esta idea no es tan cierta si se mira lo que me pasó cuando estaba estudiando. Aunque nunca se me paga por escribir, si me dedico a vender promociones y a retirarme a un segundo plano, los maestros lo ven bastante malo, y no quieren otorgarme un título para que sea maestro. Mi experiencia no les gusta, parece que no es tan buena para bregar con nenes. Claro, eso no era lo que yo esperaba cuando estaba estudiando. Yo pensé que sería simplemente un maestro. En realidad, no sé por qué no soy maestro actualmente. Creo que se trata del respeto que se me debe, pero no lo puedo asegurar. Nunca hice nada malo cuando estaba estudiando, pero de cualquier manera no pude ser maestro.
        Poco antes de que me separara de mi novia, la llevé a ver un submarino alemán que se había hundido en la bahía de Arecibo. Ella recien guardaba un huevo mío para que naciera luego, y yo la había llevado a la playa para que cojiera un poco de sal, ya que le ardía el vientre. Aproveché para mostrarle el submarino, que tapa la entrada a la bahía, y cuando volvimos a la ciudad, estaba con nosotros una poeta que llegó a invitarnos a comer espaguetti.

Yo iba a ser maestro de escuela

       Yo iba a ser maestro de escuela, y para eso compré una biblioteca de novelas y cuentos en inglés, que por cierto casi no puedo leer ahora. Los negociantes de libros, algo desesperados porque no salen de sus mercaderías, le piden a los profesores que asignen libros. Uno los va comprando para quedar bien con los profesores, pero en realidad nunca los va a leer. Son libros aburridos, completamente muertos, que hay que comprar, pero a la larga tampoco se consigue el título que uno iba a estudiar, y entonces uno se queda con todas esas novelas. Con la esperanza de que uno tenga tiempo para leerlos, cuando la clase de trabajos que se consigue no le da uno tiempo para nada de eso. De cualquier manera, me he dedicado a vender lámparas de carro y bolsillos de vinil para discos compactos. Las universidades me invitan a exponer muestras y yo voy casi siempre, como en otro tiempo que vendía libros, con unas grandes bolsas de muestras.
       En la actividad de la universidad se me acerca un profesor de pintura. No es un artista genial, pero es un hombre humilde. La clase de personas que conozco ahora como vendedor está tan lejos de los artistas buenos y de los intelectuales, que realmente me maravillo. A veces parece que no estudié. La organizadora de la actividad me dice a eso de las cuatro que me puedo ir.
       No me siento mal, pues cobro un cheque americano cada dos semanas y no me quedan grandes escrúpulos cuando un amigo mío, abogado, me dice que terminé de quincallero. Es como si no hubiera estudiado, y no sé si es porque soy pobre o qué es lo que está pasando. Al parecer lo he ido olvidado todo y he perdido los refinamientos de la educación universitaria, si es que alguna vez fui fino.
Pensándolo bien, no me siento mal. Profesor universitario no voy a ser, pues parece que soy muy feo, o puede ser que sea simplemente estúpido. Pero no necesariamente es así. Yo he ido perdiendo la inteligencia. Los trabajos que he tenido me han dejado sin ingenio. No me molesta haberme quedado sin ingenio, en realidad me da mucha gracia. Antes me daba miedo quedarme sin ingenio, pero ahora no me molesta. El ingenio no se valora en el mundo del trabajo. Por el contrario, lo que se valora mucho es la aquiescencia. Mientras menos uno hable, más rápido cobra el cheque. Las obras de teatro que se van a representar con cuentos míos viejos me obligan a explicarle a mi gerente que antes tenía vocación de escritor. Afortunadamente, él es un hombre comprensivo. Ya hemos ido aceptando que los profesores mandan en la literatura. Puede ser que les falte ingenio, pero es más cómodo aceptar a la gente sin talento. Esta manera de pensar me resulta tan simpática, que a la larga me pregunto cómo es que me dio por escribir cuentos. Si no lo hubiera hecho, seguramente sería profesor.


       De hecho, cuando me denegaron el título de maestría, el profesor me insinuó que los demás compañeros míos habían sido más inteligentes porque no habían escrito nada en un libro. En realidad no. El profesor lo que me dice es que yo tengo una gran vocación de escritor. Yo no sé. Lo pienso mejor y parece que no tengo esa vocación en realidad y que escribí un libro para comunicarme. Luego lo he ido olvidando y mejor he pensado en otras cosas. Siento un poco de escrúpulo ahora, que me he dedicado a las ventas y que parece que no voy a escribir cuentos nuevos.
       Muchas veces pensé que no había podido ser escritor porque mi mujer no me quiso bien, pero en realidad lo he olvidado. La vida corre de otra manera, yo creo que no hace falta ni siquiera descubrir sus leyes, como dicen los cuentistas, para hacer los trabajos. Las novelas que compré por consejo de los profesores son tan malas que en realidad no hay que moverse a hacer nada. No hay tal cosa como una obra retadora, o un nuevo asalto a la realidad.


Un cuento humano

        Quisiera escribir hoy un cuento más humano. En realidad no sé por qué no puedo hacerlo. A veces porque me molesta la ingenuidad. Las etapas infantiles de los pueblos me parece que se me trepan encima. Creo firmemente que cuando el primitivo se destaca, no hace sino quedarse con el trabajo que hiciste tú. La mala fé de tus compañeros, si te fajaste demás, acaba confiriéndole un premio al arrivista imbécil, que ni estudió como tú, ni pasó lo que tú pasastes.
       No obstante, conocen bien los que verían publicar tu cuento humano. Y por eso digo que no vale la pena. Reviso los poemas épicos que publicó un extranjero que se nutrió de las mil guerrillas del ambiente literario local. Como él no tenía nada que ver, publicaba lo de los demás. No vale la pena el cuento humano porque tendría que recibir el premio de humano primero. Y no he recibido el premio de humano, así que el cuento humano está demás.
       Trataría de escribir el cuento humano si de verdad creyera que se gana algo con ello. No me satisface nada. Todo lo que veo es falso. La literatura, hasta cierta edad, es una verdad. Pero luego no tiene sentido. A veces pasa eso. Ya a cierta edad no tiene sentido escribir. La gente te conoce. No hay misterios. El que trabaja poco es tan bueno como tú, que quieres hacerlo mejor. La mayoría de la gente, si lo pienso bien, es más inteligente que yo. Ellos esperan, cojen lo que tú haces. Alguien más viejo les da ese permiso, así que no se puede hacer nada, ni trabajar ni estudiar con verdadera pasión, porque cualquier oportunista se va a quedar con tu trabajo.

Monografía sobre Dale Pratt


  



 
       En un capítulo que resume muchas de las posturas de los intelectuales españoles de finales del siglo XVIII, Dale Pratt intenta explicar la lógica de lo que él denomina ciencia decorativa. La denominación no es extraña a los españoles que se referían al desarrollo científico de España en el siglo de las luces. Cadalso, en sus Eruditos a la violeta, no deja de denostar a los cultivadores de la ciencia como personas entregadas a la vanidad de un conocimiento vacío. Su obra es un manual irónico para gentes que quieren conocer de ciencias lo suficiente para figurar en la sociedad ilustrada. Lo interesante es que esta postura de Cadalso prospere en la obra teórica de Pratt, quien no solamente parece defenderla sino explicarla teóricamente. Digo parece, porque lo que entra en la consideración de Pratt es un tema de muy distinta orientación. Si por un lado pareciera compartir ese lugar común sobre España, que juzga el desarrollo científico como una especie de juego de salón palaciego, su interés es otro y ha suscitado una reflexión sobre género e ideología que he decidido circunscribir al siglo XVIII porque es nuestra costumbre atribuirle un significado cientificista al periodo. Si bien por un lado, Pratt titula su capítulo de una manera que refleja lugares comunes en el pensamiento académico, el desarrollo del mismo es mucho más generoso. Si bien cabría esperar una sarta de medias verdades sobre la ciencia en España, lo que ocurre es algo muy distinto y es el tipo de problema que quiero discutir en esta monografía. Refiriéndose a la ciencia decorativa, Pratt discute un personaje de la Regenta, Frígilis, de una novela de Clarín, para explicar el modo por el cual se introduce en la narrativa española ese prejuicio tan nocivo al conocimiento. Para Pratt, el problema que conduce al prejuicio es de índole literaria, pues lo que él advierte en la novela es una oposición entre la imaginación dialógica y la caracterización de los personajes. La imaginación dialógica es posible gracias a que “one word implies a host of other responding words, and this dialogue of words surrounding an object and within each word itself can be exploited by a novelist for aesthetic ends”. Es un reconocimiento de la polisemia al nivel de lo que en narratología llamamos la diégesis, es decir, al nivel de la lógica del relato. A este reconocimiento de la polisemia, se le opone la caracterización típica de los personajes que es común en el costumbrismo hispano. Le parece interesante que el narrador de Torquemada se lamente de la desaparición de estereotipos cuya apariencia física de a conocer su naturaleza y propone esa observación del narrador como ejemplo del desarrollo de la imaginación dialógica, en donde la caracterización es menos importante y en la cual incluso “the discourse of stock characters” aparece en forma de diálogo. En resumidas cuentas, lo que Pratt señala como positivo en el desarrollo de la novela es la naturaleza polivalente de las palabras, que en ellas se deja conocer a través del dialogismo de los personajes, sin dejar de notar que semejante desarrollo en la novela española se da siempre en un discurso que tiende a trivializar el discurso de los personajes que defienden las ciencias naturales. Refiriéndose específicamente al personaje de Frígilis, en la Regenta, Pratt nos dice que su problema es que su lenguaje “persuades few people besides himself”. El personaje parece un bufón porque su discurso choca dialógicamente con los discursos de los otros personajes de la novela. Lo que Pratt señala como característico entonces, en la novela realista española, es la oposición entre esa imaginación dialógica, que se da en virtud de la polisemia, y el hábito de caracterizar al personaje o “spokesperson”.
      La observación de Pratt es muy importante para estudiar el mismo problema en otras obras que no son estrictamente realistas. Me refiero a la obra de Diego de Torres Villarroel, Los deshauciados del cielo y de la gloria, donde la discusión del determinismo fisiológico se da justamente en ese cruce entre lo polisémico, y la caracterización de los personajes, que es la que produce el diálogo. Daría la impresión de que la caracterización es un impedimento para el reconocimiento de lo polisémico en el texto. Hay en la obra de Torres de Villarroel, desde sus comienzos, cuando redactaba pronósticos astrológicos, una tendencia marcada al uso de tipos sociales, o personajes costumbristas, que vistos desde el punto de vista de Pratt es lo que si bien oscurece un poco la polisemia de las palabras, permite por otro lado el desarrollo de la imaginación dialógica. El único problema es que semejante desarrollo dialógico es justamente el que trivializa el discurso de los personajes que hablan de las ciencias. Lo que hay que preguntarse es en parte cuál es la historia, es decir, cuál es la controversia literaria que subyace el texto de Torres, y cuál fue lo que en opinión de Pratt sería la respuesta fatal del escritor a la controversia. La idea que Pratt sugiere es que las ciencias se explican mejor por la polisemia que por el dialogismo, pero que hay en la literatura española una especie de fatalidad dialógica que oscurece la naturaleza de la palabra ciencia como signo linguístico. Me interesa discutir el problema que Pratt plantea con una obra de la cual conozco el tipo de controversia filosófica que la provocó, con objeto de discutir la realidad histórica que subyace a la elección a veces forzada que los escritores tienen que hacer para hacerse comprender. Si bien es cierto que el signo “ciencia” se explicaría mejor de un modo “natural”, polisémicamente, existe lo que podríamos decir es una determinación histórica que nos ha legado una imaginación dialógica y no polisémica.
La controversia de Torres y Feijoo.
       Aunque a Torres, quien fuera profesor de matemáticas, le hubiera encantado discutir el determinismo de su astrología como una red de posiblidades vitales, lo cierto es que la controversia en la cual se vio envuelto y que motivó su libro más determinista no le permitió desarrollar sus ideas como si fueran signos naturales. Que su objeto era promover el determinismo como un modo natural de pensar, que había en su pensamiento aquello que Pratt reconocería como polivalente, y por ello, proclive a explicarse de un modo verdaderamente científico, no nos cabe duda. El determinismo de Torres no era un fatalismo, sino al contrario, una especie de condicionante de las muchas posibilidades de desarrollo de la clase media española. Iris Zavala, en su ensayo sobre los almanaques de Torres, nos explica que el almanaque astrológico era en esa época una manera de discutir la utopía democrática española. El almanaque era una pluralidad de sentidos para el “lector modelo” de aquella época. El determinismo que cabe imaginar, en semejante contexto, no podía ser un fatalismo, sino justamente una pluralidad de significados atribuibles por las aspiraciones de la sociedad. No deja de sorprender en este contexto la controversia suscitada entre Feijoo, un pensador ilustrado de la época, y los escritores de almanaques astrológicos. El comentario de Feijoo a los almanaques es consecuente con esa tradición de pensamiento que polemiza, que opone y contrasta significados diversos, donde lo que hay no es sino una pluralidad natural. Muy conocido Feijoo por sus llamados a la “unidad” del conocimiento, en obras tales como Teatro crítico universal, y con una cierta pretención baconiana, en modo alguno sorprendería su diatriba a los almanaques astrológicos. Por supuesto, que si bien lo que Feijoo encuentra reprochable a los almanaques es su “naturalidad”, dentro de un contexto de discusión en el que él llamaba a una unidad del saber, no dejó de imponerle un tema humanista al reproche.

“No pretendo destarrar del mundo los almanaques, sino la vana estimación de sus predicciones, pues sin ellas tienen sus utilidades, que valen por lo menos aquello que cuestan. La devoción y el culto se interesan en la asignación de fiestas y santos en sus propios días; el comercio, en la noticia de sus ferias francas; la Agricultura y acaso también la Medicina, en la determinación de las lunaciones: esto es cuanto pueden servir los almanaques; pero la parte judiciaria que hay en ellos, sin embargo, de hacer su principal fondo en la aprensión común, es una apariencia ostentosa, sin substancia alguna, y esto no solo en cuanto predice los sucesos humanos que dependen del libre albedrío, mas aun en cuanto señala las mudanzas del tiempo o varias impresiones del aire”


     Como podemos ver, la crítica es la de siempre, la “falta de sustancia” de ciertas expresiones, en lo que se atiene a la realidad física y “no solo en cuanto predice los sucesos humanos que dependen del libre albedrío”. Sin embargo, Feijoo desarrolla el tema del libre albedrío posteriormente, de hecho, la médula de sus argumentos va dirigida a la poca estima en la que se tiene a la libertad de los humanos, cuando se habla del determinismo. Con este aire polémico, es casi imposible discutir el determinismo como condición de una pluralidad, sino justamente como aquello que se opone a nuestra libertad esencial de seres humanos. Si el determinismo de los escritores de almanaques apuntaba a una polisemia social, a eso que Zavala llama la utopía democrática, ya la tradición literaria lo comienza a percibir como discurso de oposiciones. No tendríamos que decir que Torres respondió a los señalamientos de Feijoo con sus libros, para demostrar lo que nos interesa, que es el hecho de que ya en su práctica literaria existía esa tendencia fatal a la “falta de sustancia” que Feijoo bien podría haberle señalado. Pues si nos dejamos llevar por el comentario de Pratt, la caracterización de los personajes de Torres tanto en sus calendarios como en sus libros narrativos, ya impedía presentar el tema determinista como una pluralidad. El problema, si se quiere, es de géneros literarios. Torres escribía sus predicciones a través de personajes (“spokespersons”), y sus respuestas a los ilustrados no dejaron de “ostentar” el mismo defecto. En ese sentido, la observación de Pratt se verifica también en la obra de Torres. El signo en este caso no es “la ciencia”, sino el “determinismo”.

                                                            La respuesta de Torres

     Torres no respondió a la polémica de Feijoo con un concertado ensayo que manifestara sus propósitos como escritor de almanaques. En casi todas sus obras narrativas, Torres se describe casi siempre como un pícaro, como una persona que le sacaba ventaja económica a sus sueños. Tal es su opinión en el libro Visitas, donde expone claramente que sus aspiraciones son la cantera que él explota para ganar dinero. Tan sarcásticas observaciones no permitirían acaso precisar la naturaleza de esas aspiraciones, de esos sueños torrecianos, que Zavala nos deja entrever como los sueños compartidos de los demócratas de la época. En Los deshauciados del cielo y de la gloria, el tema es el determinismo y podemos pensar el libro como una respuesta a las imputaciones que Feijoo le hiciera como escritor de almanaques. El libro, como bien podría observar Pratt, adolece precísamente de los problemas que hemos señalado. El signo del texto, entre otros, es el determinismo. Pero ya no se trata del determinismo que Zavala sugiere como el más probable, sino del fatalismo cristiano. ¿Cómo es que Torres cae en este fatalismo luego de haber hecho carrera con las aspiraciones más nobles de la democracia? Casi todos los biógrafos señalan el problema de Torres como individuo de una clase social más humilde. Lo que yo observo es lo que Pratt me sugiere, que es la tendencia del propio Torres a presentar todos sus temas a través de personajes costumbristas y a sí mismo como un personaje costumbrista. Es curioso que Pratt nunca nos explique lo que sucede realmente. Yo sugiero que el uso de los personajes es una forma de comunicación inevitable. El costumbrismo es el género popular por excelencia, y la forma más idonea de presentar las ideas. Si bien es cierto que la realidad es plural, y que sería más natural presentar los temas importantes desde una perspectiva plural, el gusto popular es dialógico y polémico. Torres no puede dejar de presentar ideas complejas, como las del determinismo, de una manera dialógica. No puede evitar correrse el riesgo de la trivialidad. Lo interesante es que a pesar de todo, fue el uso de la alegoría, y no el de la novela de ideas, que en todo caso habría sido el más apropiado, el que salvó el texto torresiano de caer totalmente en la trivialidad que tan bien Pratt le señala a los novelistas realistas posteriores.

                                                         La alegoría torresiana.

      Es curiosa la observación de Pratt, quizá por irónica, de un fenómeno que le llamaba la atención de Galdós. Lo discute en un capítulo en donde Pratt ya ha entrado en la discusión del metarelato (“la nivola unamoniana”), como uno de los síntomas de modernización literaria que bien podrían haber estrechado la relación entre las ciencias y la literatura española. Observa, sin embargo, que ya el propio positivista Galdós en una serie de dramas sobre la ciencia había entrado en el metarelato, es decir, en la arbitrariedad de la creación literaria. Digo curioso porque el ánimo del libro de Pratt es casi estrictamente cronológico, y sin embargo, no nos deja de señalar en ese capítulo que en ciertos dramas de Galdós la cronología casi programática de la discusión sobre las ciencias no se cumple totalmente. Sugiere, en mi opinión, que el primer problema, el de la costumbre de la caracterización, como un impedimento para la exposición cabal del signo, no tiene nada que ver con la clase de recursos que manejan los novelistas. Por ejemplo, en sus dramas Galdós era un “nivolista”, como Unamuno, y nada nos impide pensar que Torres fuera “novelista” en sus alegorías. Ahora bien, es esta extraña observación de Pratt sobre los géneros literarios lo que nos permite reflexionar de nuevo sobre el problema principal. ¿Impide la convención de un género la discusión cabal de un tema? ¿Es menos científica una obra por utilizar personajes que por exponer de manera razonable los argumentos pertinentes? Esta clase de observaciones son las que más me interesan de Pratt, ya que lo que él mismo parece sugerir es que hay excepciones flagrantes en el programa evolutivo que el propone. Me parece que aclaro lo que quiero decir si vemos, en la propia obra de Torres, un ejemplo de lo que implican estas excepciones.
      Decíamos que Torres se vio en la situación de responder por su determinismo ante los ilustrados, y pecaríamos de ingenuos si creyéramos que le faltaron recursos expresivos para discutir con ellos. Ya Cervantes existía, la novela moderna ya era una realidad. No estamos hablando simplemente de una aberración histórica, como todos parecen indicar, cuando se constata que Torres respondió con una alegoría. Los deshauciados del cielo y de la gloria, sin ambiguedades, es una alegoría equiparable a la Divina Comedia o al Piers the Plowghman, con un soñador como personaje que pasa revista sobre una serie de figuras. ¿A qué respondía Torres con este texto tan extraño? Respondía a la propensión de sus críticos a ponerle en la posición de polemizar sobre el determinismo. Que Torres no respondiera con otro Teatro crítico es lo que me parece más sabio de su parte. Ahora bien, ¿en qué medida fue su alegoría un texto esclarecedor del tema? ¿Fue más o menos novelista en su respuesta? ¿Le sucedio lo mismo que a Galdós, que fue más “nivolista”, más moderno, en sus obras dramáticas? No olvidemos que el problema esencial que estamos discutiendo es si la caracterización de una obra oscurece sus argumentos, y por ello su capacidad de servir a las ciencias tal y como las conocemos, como disciplinas racionales y argumentativas. ¿Oscureció la caracterización de los personajes de Torres en su alegoría la capacidad de argumentar de los mismos? ¿Es trivial como Frígilis el demonio que en la obra de Torres argumenta por la necesidad de hacer de la enfermedad un asunto de profanos? Esto es lo que me gustaría discutir ahora.
 
 

Michener

       Siempre me han interesado las versiones de los extranjeros que escriben sobre el Caribe y el otro día tuve la fortuna de encontrar una traducción al español de una novela histórica de James A. Michener, titulada Caribe. Michener ya era octogenario cuando se publicó la novela en 1989, y se puede decir que su versión es un tejido de narraciones que combinan todo tipo de géneros literarios, desde el melodrama hasta las estampas históricas que uno conoce a través de Fernandez Juncos. Lo que es curioso del Caribe de Michener es que sus personajes son colonos, indios, piratas, todos descritos desde un sistema de valores muy particular. Las novelas del realismo mágico nos han acostumbrado a las épicas regionales, y sobre todo, a la apreciación de los negros, que es la más visionaria y vital, pero tiene algo de bonito el hecho de que una persona tan ajena a la zona caribeña se sintiera atraído por las historias y los personajes que están más bien en el pasado colonial y que sus esfuerzos narrativos fuesen dirigidos al recuento objetivo de las posibles causas de la situación que nosotros vivimos todos los días. Interesante, por otro lado, es la traducción al español de esa novela en Argentina. Para mí, sentimental, porque me recuerda las traducciones de literatura americana que tiraban las editoriales argentinas, de una época que ya está pasando. En otras palabras, cuando vi esa novela en un humilde puesto de libros de Río Piedras, tan bien encuadernada, y con ese deseo que se veía en el librero de expresar un punto de vista, estuve dando vueltas hasta que pregunté el precio y el hijo del librero, un niño como de nueve años, fue a donde su papá para que me dijera a cuánto me la iban a vender. Me puse a buscar por Internet alguna información por el libro, alguna reseña o comentario, y encontré que en una reunión de 1990, un escritor cubano no muy conocido había sido invitado por el gobierno americano para que comentara la situación de Cuba. El funcionario americano le regaló al escritor una versión de esta novela.
  

Lawrence Durrell


       Tenía guardada una novela de este autor, que conseguí alguna vez en alguna de las librerías de Río Piedras. Como El juguete rabioso de Roberto Arlt, que tampoco he leído y tengo entre mis libros. Y lo que dice el autor es que el cuento de Abraham y su mujer Lot acabó. Abraham llevó a Lot a Egipto, y como temía que el faraón se quedara con ella porque era bonita, se lo presentó al gran tipo como su nuera. El faraón era cortés y averiguó la verdad. Le dijo: "Te quedas con tu mujer". En la serie de novelas de Durrell, El cuarteto de Alejandría, un tipo joven como Abraham descubre que su mujer se ha casado con un egipcio bien rico, que lo deja estar con ella aunque ya tienen dos hijos. Todos viven en la misma casa porque el egipcio está inválido. La novela se titula Mountolive, una de la serie de las cuatro primeras de Durrell. Averigué que Durrell fue un inglés algo indisciplinado que sin embargo fue secretario de la embajada inglesa en Egipto. Los diplomáticos ingleses son así. Hay otra novela famosa de un dipsómano, o lector compulsivo, que se emborracha en Morelia, la ciudad del cine mejicano, pero que es el consul inglés de esa ciudad. La historia de este señor es famosa y dio pie a una novela famosa igual, Under the Volcano. Hay una sociedad de fanáticos de Durrell en la red electrónica.
      Estoy suscrito a un listado de servicios dedicado a este autor. Es curioso, apenas se conoce la obra de Durrell. Mi traducción de Mountolive no lo favorece mucho, pero al menos habla con franqueza de la banca. Es un autor tan bueno como Benjamin Constant, el amigo de Madame de Stael. Constant tenía un problema de herencia, aunque no era el testaferro de su familia, como Bukouski. Bukouski es un escritor más clásico. Es un Asno de Oro realista. Cosntant es precioso. Con un problema biológico serio, no podía recibir la herencia de su padre. De ello trata en su novela Adolphe. También Durrell tenía un problema de herencia por el lado de su madre, pero la traducción no lo explica bien.

Comentarios Recientes

       Quisiera escribir una historia que valiera la pena. En el pasado tenía más imaginación. La edad me ha llevado por otro sendero, otro camino. Cuando fui joven tenía otra idea de la vida. Pensé que podría escribir largas novelas sobre mi vida. Pero pronto lo fui olvidando todo. No recordaba nada. No había una historia familiar en realidad, estaba huérfano de historias. Me daba pena una novela que contaba la historia de un soldado que visitaba un bar en Arizona para averiguar lo que su ex mujer hacía con la pensión. Se titulaba Bordersnakes. La había escrito un señor becado por la Fundación Mellon. Claro, que en mis años de juventud estuve a punto de ser becado por esa fundación. Me casé con una muchacha en la Universidad y eso terminó con esa posibilidad. La historia del soldado era graciosa. La novela en sí no era muy famosa, pero la narración era interesante. El soldado se enredaba a pelear con los amigos de su ex mujer. Buscándola porque vivía en un trailer seguramente, le daban tremendas palizas en las barras. Así que dejé esa a medias. No la terminé de leer. Me pasaba eso mucho con las nuevas novelas americanas. Todas tenían un final trágico predecible. Seguramente por eso es que uso el chat. A cierta edad se ha llegado al límite.

miércoles, 15 de junio de 2011

Yo tuve una amiga como la tuya

 
      En una clase de biología, el maestro nos invitó a mi amiga Juliana y a mí a averiguar qué hay de cierto en animales tales como el chupacabras o la buruquena. Los submarinos son mi pasión, y hubiera preferido que el maestro me invitara a investigar todo sobre un submarino hundido que había en la entrada del puerto de Arecibo, pero como no había fondos para hacer el viaje a esa ciudad, nos tuvimos que conformar con un viaje a la central Soller, que no está muy lejos del Guacio, donde Juliana y yo nos hemos criado. En el río pudimos encontrar que la chágara existe. Es una especie de camarón transparente. Pero sobre la buruquena no encontramos nada, ni mucho menos sobre el chupacabras. Yo le dije al maestro que no había encontrado nada y él me mandó a conversar con un anciano que había sido uno de los tripulantes del submarino hundido.
       Hablaba en español. Un español algo crudo, pero que se le podía entender. Su pasión no era conocer los submarinos, ya que los había tripulado de joven. Todavía guardaba las alas de metal que se le ponen como medallas a los marinos que han vivido en un submarino más de seis meses.
      -No vinistes con tu amiga Juliana- me dijo.
     -A ella no le interesan los submarinos- le dije. -Le interesan los animales fantásticos. El maestro la complace y la manda a hacer asignaciones para ver qué hay de cierto en ello, y a mí me manda con ella como su asistente. Pero no hemos podido encontrar nada. Yo, por mi cuenta, he venido a conversar con usted.
      -No es mucho lo que te puedo decir sobre el submarino- me dijo. -Sufrió una avería y lo tuvimos que varar a la entrada del puerto. Ahí se ha quedado porque es muy pesado. Lo que sí te puedo decir es que cuando me bajé del submarino, alguien me mordió. Un gran animal. Tengo algunos pelos del animal todavía. Los podrías analizar para ver si son de lobo o de perro. Quizás es un chupacabras y no un lobo.
      -Quisiera saber más sobre los submarinos- le dije.
     -Le tienes que escribir al capitán del navío- concluyó. -Puede ser que él te diga más cosas sobre el submarino, ya que es muy poco lo que te puedo decir.
      Le escribí una carta al capitán del navío, que también era una persona mayor de edad. Me mandó una cartita breve en inglés que decía algo así:
       Mr. Juan Díaz:
       I can not tell you what happened with the submarine. The sailor said you the truth. When he was harbored, someone attacked him. You can see the scar he has in his hand. For that reason, your teacher sent you with your friend Juliana to see what happens with the "chupacabras". Maybe a dog attacked the sailor. You should analize the hairs the sailor gave to you. They might help you to find out.
     Yours
     Captain Johnson
     Me sentí algo frustrado porque no podía averiguar nada sobre el submarino hundido. No obstante, porque tenía interés en la historia, mis padres me llevaron a ver un submarino que todavía estaba en servicio con Juliana. Es curioso, ya que la conducta de Juliana desde entonces, empezó a ser algo rara. Ya no quería hablar conmigo. Cuando llamaba por teléfono a la casa, quería que le pusiera a mi mamá al auricular y no quería hablar conmigo. Llevamos los pelos que el marino nos dio para hacerles un análisis y encontramos secamente que eran de perro.
      Volví a la casa del marino para decirle que los pelos eran de perro y él se hechó a reir.
      -Yo tengo una amiga como la tuya- me dijo. -Sí. Juliana se parece mucho a una amiga que yo tuve cuando era joven y todavía no estaba en la Marina. Yo te voy a llevar con Juliana a ver el submarino hundido, para que veas que no hay nada de raro. Sólo fue un accidente, una avería, hará muchos años. No lo han podido sacar, eso sí es verdad, por lo pesado que es. Pero vamos allá con tu amiga.
      Fuimos un sábado al puerto de Arecibo. Juliana vino con un perrito pequeño que la acompañaba ahora y no me prestaba gran atención. Nos esperaba en la playa el viejo capitán, que nos llevó en un botecito hasta el sitio en donde estaba la vieja nave hundida. Pudimos ver que no había nada de particular en la vieja proa hundida, y cuando volvimos a la playa, ya de regreso, cuando traté a acariciar al perrito de Juliana, me dio una pequeña mordida en la mano.
     -I told you- dijo el marino. -Yo tuve una amiga como la tuya.

lunes, 6 de junio de 2011

Recordando a Nicanor Parra


       Todo sucedió hace muchos años. El poeta Salvador Villanueva se encontraba mal de salud y yo me estaba quedando en la casa de mi abuela paterna, luego de haber dejado Río Piedras. Mi abuela me dio unos huevos y café, para que se los llevara al escritor. Me fui a Mayagüez en una guagua pequeña y me puse a meditar lo que iba a hacer con mi vida. Había escrito un cuento corto que ya he olvidado, cuando regresé a la casa de mi madre y terminé con el drama de las mudanzas. Fue entonces que asistí a una actividad en la Universidad Metropolitana, sobre la antipoesía, cosa sobre la que no se habla hoy. Hoy se habla del microcuento, Augusto Monterroso ganó esa guerra y otras más. El invitado de honor era un poeta chileno, Nicanor Parra, y los auspiciantes eran tres escritores que se consideraban sus seguidores: Hjalmar Flax, José Luís Vega y Salvador Villenueva. Estaban reunidos para celebrar la visita del escritor, quien no dejaba de señalar que era más bien un científico que escribía poesía. No recuerdo que leyeran mucho de su poesía, lo importante era que estaban reunidos. Entonces Edgardo Nieves Mieles, quien los seguía a todos y que acababa de publicar su primer libro, me empezó a prestar las revistas de los Setenta en donde publicaban ellos. Algunas de esas revistas eran satánicas y otras científicas. Era un mundo nuevo para mí, que estaba acostumbrado a leer a Pablo Neruda. De cualquier modo, leí un libro de Nicanor Parra que ya no tengo. La visita del poeta fue olvidada, pero uno de los escritores se interesó en mis cuentos y siguió entrevistándome. Mi regreso a la poesía se lo debo a Hjalmar Flax. A través de este poeta, me interesé de nuevo en los poetas, como Kattia Chico y John Torres. Acabo de leer el nuevo libro de John Torres por la red electrónica, "Fiebre de Fresno", que es un libro muy hermoso. Entonces he querdido recordar estas actividades antiguas.

domingo, 5 de junio de 2011

En recuerdo de Clemencio Batista

      -A los actores de la obra


      Le había alquilado la casa a José María Lima para vivir allí con mi esposa la actriz María Noemí Ramos, cuando repentinamente se nos invitó a la boda de una estudiante de neurología, Samari Alsina, amiga inseparable de mi inolvidable amiga la neuróloga María Teresa Cancela. En la boda de Samari estaba, por supuesto, mi amiga Teresa. Fue la primera vez en mi vida que no las vi juntas, cuando eran estudiantes. Yo estaba con mi esposa y con mi suegra, y repentinamente se me vinieron los años encima. Regresé a la casa de Lima muy emocionado y mi esposa no supo qué decir. Me senté en la máquina de escribir que me regaló mi tía y en cosa de unas horas, algo inaudito, redacté la totalidad del cuento. No pasaron dos semanas cuando mi esposa y yo nos separamos, ya que lloré mucho cuando ví a las neurólogas separadas de manera definitiva. Desconocía, por otro lado, que el cuento alcanzaría la notoriedad que tuvo. Recuerdo que el mismo mecanoscristo, en fotocopia, le fue enviado al Certámen de la revista Caribán. Seis meses después de haber asistido a la boda de una de mis amigas, quedé separado de mi compañera la actriz Noemí Ramos, y cuando el cuento ganó el Segundo Premio de la revista, ya yo no estaba casado. La mayor parte de los hechos que narro en Cada vez te despides mejor datan de la época en que mis amigas se casaron y yo quedé, por otro lado, separado de la actriz. No empero, no perdí mi excelente relación con los actores teatrales. Estos cuentos de corte médico que Aravind Adyanthaya entiende, por supuesto, de una manera tan perfecta, son los que dieron pie para la representación de La Perra de Darwin, que siendo el último y sin embargo el único que se conserva fuera del libro, fue el primero que llegó al teatro de Puerto Rico.
       Por supuesto, luego de que el cuento ganó el premio, fue inmediatamente publicado con unas hermosas viñetas de José Peláez, el ilustrador de la Editorial Cultural. Eran ilustraciones de unos esqueletos. Por supuesto, edité el cuento por miedo a que mis amigas se molestaran, aunque en la edición original dice Samari y Teresa. Por supuesto, era un humilde homenaje que yo les hacía. Clemencio Batista, por otro lado, fue un siquiatra de la vida real que atendió de verdad al plenero Canario. Tengo libros de sicología de Clemencio Batista cuando estudiaba en la Universidad. Jamás me imaginé que el relato despertaría tantas suspicacias cuando en realidad era un homenaje de amor a mis amigas, a las que sin duda dejaría de ver. Ahora que veo la obra de Aravind, es la primera vez que un médico comprende que el cuento ilustra un caso extremo de la embriología, que es el gemelismo.

viernes, 3 de junio de 2011

Noches con Teo


        Cierta noche, Teófilo Torres me vino a buscar para recitar un poema titulado "Gorda", que de hecho nunca publiqué, aunque le leí a través de la radio Católica de Ponce, para darle publicidad a la obra de Santurce. Salimos por la noche y atravesamos la autopista. Casi no había nadie en la carretera, aunque la autopista era nueva y no había negocios para tomar refrescos como ahora. El ancho desierto se dejaba ver por las ventanillas del automovil, y el viaje se hacía en un silencio sepulcral, pues casi no tenía materiales para leer. Había leído por la radio un poema sobre el beisbol, en el programa del profesor Manuel de la Puebla, en el que había declarado que me habría gustado ser pelotero, y que por carecer de vista suficiente, me había tenido que conformar con ser poeta. Ahora, el poema "Gorda", que he perdido y que ya no recuerdo a quien le iba dedicado, se recitó esa noche con cierto éxito por las ondas radiales. Logramos hacerle la publicidad deseada a La Perra de Darwin, aunque parecía que nadie se interesaba. Recuerdo perfectamente la modestia del edificio en donde estaba la estación de Ponce, y el aspecto desértico del Sur, que siempre me llama la atención. Fuimos a ver a las actrices hacer sus ejercicios. El taller de Teo estaba en Hato Rey. Tenía unos "bleachers", como en los estadios deportivos, muy parecidos a los que tuvo Yerba Bruja luego. Le pude entregar el manuscristo del cuento, y las actrices lo llenaron de viñetas. Siempre que viajo al sur para hacer teatro, me llama la atención el aspecto de la naturaleza de Ponce.
       Ahora que viajo con Rafael Pagán, me llaman la atención los negocios a la orilla de la carretera. Claro, que en lo esencial nada ha cambiado. Sólo que los actores no trabajan en teatros haciendo luces. En aquella época, los actores eran maestros de escuela casi todos. Rafael Pagán apareció poco despúes de que hice La Perra de Darwin, en las inmediaciones de Río Piedras. Rafael es más de mi época, ya que fue maestro de escuela, igual que yo. A la obra había que hacerle publicidad radial, como se la hicimos a "El piano".

Otros recuerdos de la Perra de Darwin



        La Perra de Darwin se llevó a escena en 1990. Hablé con el actor en el Hipopótamo, contándole la historia de Darwin y su perrita terrier. Todavía guardo el libro del que saqué la anécdota. Se titulaba El tratado de la expresión de las emociones en los animales y en el hombre. El texto era apropiado para un actor, pues parecía mucho el tipo de manual que usan los actores, como el de Stanivslaski y el de Grotovski. Ya había hecho monólogos con la actriz María Noemí Ramos en el Taller de Vicente, que no existía todavía el Taller Cé. Otro taller de teatro era el 111, de la calle Roosevelt. Iba al teatro a ver a Luz Minerva Rodríguez a hacer teatro griego, por consejo de mi profesor Emilio Nazario. Iba a ver el Ballet también y a un periodista hacer recitales de Pablo Neruda. Mi contacto casual con Teófilo fue lo que le decidió a hacer mi primer cuento en la escena. Tuvo tres representaciones y coincidió con una visita de la Cámara de representantes de los Estados Unidos. En la obra había dos actrices que vestían uniformes de escuela y que hacían el papel de las enfermeras del biólogo. Por supuesto, la obra fue reseñada en los periódicos y nunca olvidada por el grupo de escritores que me sigue hasta ahora, Rafael Acevedo y Alberto Martínez. Cobraba una resma de papel por el trabajo y eso era buenísimo, ya que no habían Internet como ahora y había que escribirlo todo a máquina.
       Mi madre y yo siempre supimos que el Dr. Clemencio Batista, que era un cuento de Caribán, tendría una suerte teatral ulterior también. Claro, que pasaron algunos años antes de que el director Aravind lo hiciera. Por supuesto, si ven el amigo de Leyla, es posible que se den cuenta de que una de mis lectoras me pidió que reseñara la actividad como si yo no hubiera escrito el cuento. Y ese es el cuento de Leyla, que se iba a publicar hace algunos años. Espero seguir escribiendo estos comentarios en el blog, para todos ustedes actores y actrices.
 

La pelota del Dr. Ramírez

       La única persona que guardaba bolas de beisbol en el desierto donde yo vivía era un estudiante de medicina que las usaba para practicar costuras. Mi tío quería despedirse de mí, y para ello había convocado a los otros niños del desierto para celebrar un torneo con bolas que tuvieran historia. Casi ya nadie jugaba béisbol en el desierto porque había que ahorrar agua, y no valía la pena sudar demasiado, pero ya teníamos acordado ese desarreglo y yo, como era más bien escritor, tenía encargado escribir un catálogo con las historias de las bolas que íbamos a usar en el torneo.

       Las historias originales de las bolas nos resultaban desconocidas. La gente las había guardado durante cientos de años, cuando ya no había parques ni nada, ni ligas de pelota como en el pasado, aunque de vez en cuando algún doctor quisiera llevar a unos niños con impedimento a celebrar un juego. Cerca de mi casa quedaban las ruinas de un parque. La semana antes me encargaron a mí pasar una máquina de recortar grama con unos obreros. Afortunadamente, el montículo del lanzador se conservaba bien y uno de los techos para albergar jugadores. Yo tenía guardadas algunas cartas de pelotero y por lo que se podía entrever, se usaban matemáticas para contar las historias de los jugadores. Se usaba una media promedial para saber si el jugador era talentoso, pero mi tío muchas veces me dijo que no me dejara llevar por las estadísticas.

      -Con la pelota pasaba lo mismo que con el cálculo de las poblaciones- me explicó. -Las matemáticas no reflejan el verdadero escenario del béisbol, como tampoco las estadísticas poblacionales el carácter de la sociedad que estudias. De cualquier manera, conserva las cartas. Mira a ver si te pueden contar las historias de las bolas, que sí es probable que reflejen la historia de este desierto.

       Una de las pelotas que íbamos a usar la tenía un empleado de riego del área y me tuve que anegar bastante para llegar hasta su casa, pero finalmente me consiguió lo que deseaba y salí para la casa de mi tío con la idea de conocer la historia del artefacto, ya decididamente arqueológico. Era una esfera cubierta de por una vestidura de cuero pintado de blanco, con algunas letras que indicaban la fecha en la que se había hecho y la marca del fabricante. Mi tío me explicó que ya casi no se hacían sino para ocasiones bien especiales, pero que como yo era escritor y estudiante de historia, quería celebrar el torneo con una bola vieja para que me enterara del cuento que la envolvía. Cuando llegué a la casa, mi tío me estaba esperando. Tan pronto le mostré la pelota, la reconoció inmediatamente porque era la que usaba los sacerdotes católicos del pueblo vecino para celebrar sus torneos.

      -Sí, ésta es la pelota del Dr. Jiménez- me explicó. –Si te fijas, está muy bien conservada porque los sacerdotes apenas la usan. A mí me dejan usarla para contar la historia del desierto.

      -¿Quién fue el Dr. Jiménez?- le pregunté.

      -Los primeros niños teratogénicos que vivieron con nosotros los trajo el doctor para que eliminaran los teratógenos de la sangre. Los teratógenos provocaban infinidad de problemas en sus extremidades. Viviendo siempre en el mismo pueblo del norte, sus extremidades se habían ido acortando hasta el punto en que sus brazos y piernas les salían directamente del cuerpo, cosa que les impedía caminar y servirse de las cosas. Bajados para acá por el Dr. Jiménez, lo primero que hicieron con ellos fue eliminar la concentración alta de teratógenos que tenían en la sangre, para lo que hizo falta traer a un empleado de riegos.

      No había mucha evidencia sobre el béisbol, pero sí sobre la actividad de los empleados. La época del beisbol fue una etapa rara de la historia del desierto, pues casi no llovía. La actividad de los empleados de riego, por ello, era esporádica, ya que la cultura del béisbol era la cultura del desierto. Se valoraba la proeza física, y los niños con teratógenos apenas sí podían participar de ella. No obstante, a medida que los niños fueron eliminando los problemas que tenían en la sangre, los habían ido dejando jugar pelota aunque fuera con las bolas viejas. Más al norte habían desiertos mejores, con toda una servidumbre de empleados que vivían cerca de represas para mantener a los arrogantes jugadores.

      -Esta es la pelota de Juan Ramírez- me dijo mi tío. –Tiene como doscientos años, ya que casi nunca se usa en los torneos seculares. A los seglares, no obstante, les gusta usarla porque no tiene costuras de cirujano. El hilo es el rojo original con el que la cosieron. Las muchachas le llaman a esta pelota “nick head ball”, porque es como las muchachas, que tienen todas sus cosas en su sitio. Los dientes y los órganos todos son originales.

      -¿Por qué “nick head”?- le pregunté. -¿Qué quieren decir?-

      -Lo que quieren decir es que los fabricantes de estas bolas eran letrados, que sabían leer y escribir, por lo menos. Eso porque el cuero es original y no la han cosido con otros hilos.

      -¿Y ahora qué hacemos?- le pregunté.

      -Coje las dos bolas y llévaselas al cirujano, para que él te diga cuál de las dos quiere usar en el torneo. Las organizaciones que las prestaron no tienen inconveniente en dejarlas dos o tres semanas acá. Están aseguradas. Pues… Llévatelas en esta bolsa y embala para la casa del doctor.

II

      En esta ocasión, el torneo era cosa de seglares. Iban a usar la pelota de Juan Ramírez y para ello era necesario acondicionar un parque techado. El empleado de riego del otro parque, que se usaba para criar animales cuando estaba desocupado, no podía presentarse al torneo. De manera que el parque techado tendría que alambrarse por lo menos un día. No pude ir enseguida a la casa del médico, con el que hablé por teléfono para escojer la pelota, sino a la casa de un técnico de refrigeración al que tenía que contratar para acondicionar el parque con techo. Mi tío me había dicho que escribiera un catálogo para las dos pelotas que encontramos, aunque se fuera a usar una sola, y ello me ocupó un poco en la imprenta. Se esperaban unos trescientos invitados al juego y por lo menos veinte personas de la prensa, para los que había que darles los nombres de los jugadores y la condición física en la que se encontraban.

      De entre los jugadores, dos eran descendientes de niños teratogénicos que habían liquidado sus problemas sanguíneos en un pasado distante. Para promover la cura de otros iguales, se solicitaba que cada jugador presentara una prognosis de la sangre que revelara las trazas de antiguos teratógenos. No a todos los jugadores les gustaba tener que hacerse una prueba de sangre para presentarse al parque, pero esa era la única alternativa que había a las cartas que se hacían en el pasado, ya que no se consideraban las medias promediales como medida del ascendiente de un jugador. El lanzador estelar de uno de los equipos, que no lo patrocinaban los seglares sino los profanos, era descendiente del mismo Ramírez que había sido dueño de la bola con la que iban a jugar en esta ocasión. Por tanto, era un extraordinario honor que se le escojiera para lanzar por el equipo de los profanos. Se decía que la pelota de ahora, jugada casi toda por expacientes y descendientes de doctores, ya no era asunto de personas fornidas como en el pasado, en que el béisbol era un asunto de obreros cualificados. De cualquier manera, mi tío me pidió que le hiciera una prueba de sangre al descendiente de Ramírez, ya que habían rumores de que el verdadero jugador se iba a hacer sustituir por un paciente o por lo menos un descendiente de paciente.
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Ensayo sobre la pelota

        Que el profesor Ramos, maestro de español, me mostrase su biblioteca de autores españoles y su colección de libros de pelota me hizo pensar en mi relación con el deporte desde la temprana infancia. En realidad, la pelota es un mundo, un universo, y no son pocas las personas que dedican sus vidas al comentario del deporte. El profesor Ramos, igual que yo, es un aficionado. A mí me llamó la atención de la pelota, más que el barro que se le pega a uno en los juegos, ciertos incidentes singulares que algunos historiadores han consignado como ejemplo de que, efectivamente, el mundo de los peloteros bien puede estar señalando la existencia de una cultura muy particular. No es tanto la atrapada de Jackie Robinson, de la que de hecho me enteré a través de un libro infantil, Baseball Amazing Things, sino otras cosas que pasaron en los años cincuenta, que al parecer fueron los años del apogeo, los años cenitales del beisbol. Si bien no me acuerdo, fueron los Gigantes de San Francisco, los que en una serie mundial de aquellos años, pusieron a batear como emergente a un enanito. Este incidente apenas anodino me hizo ver la pelota de una manera diferente a la acostumbrada en la actualidad, en que la pelota es un deporte agresivo como el balompie. Yo conocí la pelota de la actualidad con un arquitecto, quien de hecho remodeló el Normandie, pero también conocí la pelota de antes con un maestro de matemáticas. La de antes era la pelota geológica. Si no jugabas te ensuciabas con arena, pero si jugabas te ensuciabas con fango. En esa pelota no se comía banco, y era la mejor para estudiar matemáticas y ciencias terrestres. La pelota de ahora es biológica, y como tal, literaria. La pelota geológica tuvo su cenit en los años cincuenta del pasado siglo, y yo he pensado que la famosa sustitución del emergente enanito marca, igual que las Meninas de Velazquez en el Barroco, el comienzo del pensamiento biológico en la cultura americana. Esa atención a las excepciones biológicas, que es tan común en la cultura de España, especialmente en la cultura de las cortes de los reyes, comenzó a manifestarse en la pelota cuando se integró a los negros y a los inmigrantes al deporte. No es casual que tal integración se diera igualmente en la cultura católica, con la canonización de San Martín. Pero igual que en la pelota, tal integración se dio por excepción. La persona excepcional que era aceptada era recibida en su excepcionalidad, se le respetaba la diferencia biológica, si la tenía. Aunque el deporte perdió su flema inglesa, y comenzó a adquirir su actual agresividad justamente en la época en que se aceptaba la diferencia, no hay duda de que en sus comienzos albergaba ya la belleza extraordinaria que alcanzó en los años de Lou Gehring y Jackie Robinson. Los Estados Unidos, en la actualidad, se caracterizan culturalmente por la práctica de un nuevo barroco. No cabe duda de que en la pelota también se ha manifestado algo de ese nuevo barroco, no solamente en la estética visual, en los colores subidos de los uniformes, sino en la manera en que los mejores peloteros dan a conocer el deporte. Es frecuente aprender de los mejores peloteros lo que es una metáfora y una metonimia, figuras retóricas ambas, con las actitudes que ellos asumen luego de una jugada en la que uno, si no es pelotero, se ha visto involucrado de manera inolvidable. Este deporte de geólogos y astrónomos empieza a adquirir con los nuevos peloteros un caracter biológico y sicológico muy interesante y emotivo.

Dos Lanzamientos

 
       Para la mayoría de la gente que estaba allí esa noche, el incidente pasó desapercibido. Yo había llegado a la liga de Sagrado Corazón con dos amigos, uno que en mi vecindario pasaba por bobo y otro que no tenía vida tratando de eludir un compromiso matrimonial que la madre quería imponerle. El primero se apuntó en el equipo rojo y pronto dejé de verlo. Por separado, jugando con uno cerca de casa, y luego con el otro en la escuela, habíamos practicado bastante y podíamos hacerlo en otros vecindarios. El que pasaba por bobo empezó a hacer promedio de bateo enseguida, pero yo empezé a fallar en las prácticas del equipo verde y el dirigente, con dos entradas que me dio, me puso a jugar con arena. El amigo que ya estaba comprometido, y que luchaba con ese asunto, se apuntó conmigo en el equipo verde, pero se puso nervioso y empezó a discutir con uno de los lanzadores del equipo. No había empezado la temporada, cuando ya él se había ido. Me dijo que no podía seguir y se fue. La cosa es que yo no hacía promedio y seguía jugando con arena, bastante tranquilo, por cierto, cuando una noche, en la primera de las dos entradas que me tocaban, apareció en el montículo del equipo rojo un tipo bastante amenazante y corpulento. Yo estaba acostumbrado a poncharme y no me preocupó su aparición en el montículo. La cuestión es que a pesar de su cara amenazante, me puso dos rectas fáciles de batear. Di un sencillo y anoté en la primera entrada, y luego conecté una linea que cojieron. Nadie se dio cuenta del incidente, que como se ve, no tiene nada de especial. El equipo verde ganó el campeonato, pero el dirigente me pidió que algunas semanas antes de terminar la temporada, dejara de ir a los juegos. Me invitaba, por otra parte, a una gran fiesta en su casa. Le agradecí que me dejara jugar y no volví a pasar por allí.
      Tiempo después, el lanzador del equipo rojo, el corpulento y amenazante personaje, me encontró en la universidad. Sin mencionar el incidente, hablamos de literatura. Me dijo que se estaba familiarizando con las novelas, con los cuentos y los poemas de un curso de honor de español. Otras veces, hablamos de matemáticas y solo ocasionalmente hablamos de las chicas. En una ocasión, me presentó a su novia y a una amiga, y nos fuimos los cuatro a la playa a conversar. Convenimos en que su novia estudiaría conmigo y otras chicas de lejos. Seguimos hablando, en tardes espaciadas, junto a los bancos, hasta que por fin abordamos el incidente. “Bueno”, le dije. “Tú me pusiste esas dos rectas y el único sencillo que dí en la temporada te lo debo”. Lo noté nervioso, cuando abordé el tema, y no mencioné el asunto más. La explicación que me dio es la corriente en la pelota juvenil. “Tú sabes que la curva es un lanzamiento que agota el brazo de un lanzador en ciernes y que el dirigente le pide que tire rectas. Es decir, yo tenía que practicar con rectas, aunque fueran fáciles de batear. No podía evitar alguno que otro sencillo”. Acepté esa explicación, pero entonces vino el verano y él me dijo que estudiara verano, que él lo iba a hacer. Le pregunté de nuevo por el incidente. “Bueno", me dijo. “Es verdad que te las puse. Pero eso no es nada, porque tú no eres pelotero”. Me dio gracia su seriedad. “¿Crees que alguien más lo haya notado?”, le pregunte. “No sé”, me dijo.
      Fuimos a un juego de pelota invernal y continuamos conversando sobre la pelota. “Este deporte empieza a declinar”, me dijo. “Antes los parques estaban llenos de gente, pero ya no se ve un alma. Puede ser que te quiera entusiasmar. La cosa ya no entusiasma, se usa con otros propósitos. Considera el ejemplo de mi padre. Brega con epidemias y es asunto corriente para él discutir con hechiceros. La isla regresa a una etapa más antigua, al parecer. ¿Cuánto tiempo más crees que dure la vida tal y como la conocemos, con parques de pelota y grandes reflectores, pizarras electrónicas y toda esa sofisticación?”. Asentí a sus observaciones, pero yo estaba más pendiente al asunto original. “Sí, Parece que la pelota declina y ya nadie quiere jugarla. Sin embargo, me invitaste a jugar. Tú eres bueno en esto, y yo no soy tan bueno. Alguien tiene que haber notado eso”. Miramos los jugadores solitarios en el parque, con sus uniformes. “Está bien”, me dijo. “Quienquiera que sea debe haberlo notado. Eso no debe preocuparte. Seguramente te quiere tanto como yo”.
      Pasó lo mismo que con mi dirigente. Le di las gracias por los dos lanzamientos y nos despedimos en un curso de física. Recuerdo que le sonreí, le dije: “Nos vemos”. Luego me levanté y me fui a estudiar literatura. Ocasionalmente vino a verme a un vestíbulo, donde me preguntó por qué me fui del curso de física. “Bueno, es que yo quiero ser escritor. Me interesa la literatura y estoy decidido a hacer una carrera literaria”. No hablamos en muchos años, por lo menos. Supe que su novia lo había dejado y que había sufrido una operación de la mandíbula, que le quitaba el aspecto amenazante y ceñudo que tenía. Me lo encontré cuando yo estaba por casarme con una muchacha. Se había graduado de dentista. Recuerdo que yo estaba caminando por Río Piedras, pensando en la muchacha que ahora era mi novia, cuando decidí bajar por el subterraneo de la Plaza de Convalescencia. Surgiendo de lo profundo del subterraneo, con una mirada algo absorta, mi amigo se sorprendió al verme. Estaba vestido de blanco y negro, como un cadete nacionalista. Lo que me extrañaba, porque no parecía persona de hacer política. Le dije que estaba envuelto en un asunto amoroso y le describí a la chica. “Sin embargo, esa se reía mucho, siempre estaba riéndose”. Usó un tono de persona mayor, agobiada por la existencia. Le dije en donde estaba viviendo y lo acompañé hasta una oficina de dentista en donde se iba a entrevistar para trabajar. Me dijo: “Espérame en la salida, voy a llevarte a tu casa cuando salga”. Sin embargo, después de un rato de espera, salío al balcón un chino alto, de enigmática mirada. Sencillamente se quedó un rato mirándome desde el balcón de la consulta. Me sentí muy triste y me fui caminando hasta mi casa. .