domingo, 26 de junio de 2011

Monografía sobre Dale Pratt


  



 
       En un capítulo que resume muchas de las posturas de los intelectuales españoles de finales del siglo XVIII, Dale Pratt intenta explicar la lógica de lo que él denomina ciencia decorativa. La denominación no es extraña a los españoles que se referían al desarrollo científico de España en el siglo de las luces. Cadalso, en sus Eruditos a la violeta, no deja de denostar a los cultivadores de la ciencia como personas entregadas a la vanidad de un conocimiento vacío. Su obra es un manual irónico para gentes que quieren conocer de ciencias lo suficiente para figurar en la sociedad ilustrada. Lo interesante es que esta postura de Cadalso prospere en la obra teórica de Pratt, quien no solamente parece defenderla sino explicarla teóricamente. Digo parece, porque lo que entra en la consideración de Pratt es un tema de muy distinta orientación. Si por un lado pareciera compartir ese lugar común sobre España, que juzga el desarrollo científico como una especie de juego de salón palaciego, su interés es otro y ha suscitado una reflexión sobre género e ideología que he decidido circunscribir al siglo XVIII porque es nuestra costumbre atribuirle un significado cientificista al periodo. Si bien por un lado, Pratt titula su capítulo de una manera que refleja lugares comunes en el pensamiento académico, el desarrollo del mismo es mucho más generoso. Si bien cabría esperar una sarta de medias verdades sobre la ciencia en España, lo que ocurre es algo muy distinto y es el tipo de problema que quiero discutir en esta monografía. Refiriéndose a la ciencia decorativa, Pratt discute un personaje de la Regenta, Frígilis, de una novela de Clarín, para explicar el modo por el cual se introduce en la narrativa española ese prejuicio tan nocivo al conocimiento. Para Pratt, el problema que conduce al prejuicio es de índole literaria, pues lo que él advierte en la novela es una oposición entre la imaginación dialógica y la caracterización de los personajes. La imaginación dialógica es posible gracias a que “one word implies a host of other responding words, and this dialogue of words surrounding an object and within each word itself can be exploited by a novelist for aesthetic ends”. Es un reconocimiento de la polisemia al nivel de lo que en narratología llamamos la diégesis, es decir, al nivel de la lógica del relato. A este reconocimiento de la polisemia, se le opone la caracterización típica de los personajes que es común en el costumbrismo hispano. Le parece interesante que el narrador de Torquemada se lamente de la desaparición de estereotipos cuya apariencia física de a conocer su naturaleza y propone esa observación del narrador como ejemplo del desarrollo de la imaginación dialógica, en donde la caracterización es menos importante y en la cual incluso “the discourse of stock characters” aparece en forma de diálogo. En resumidas cuentas, lo que Pratt señala como positivo en el desarrollo de la novela es la naturaleza polivalente de las palabras, que en ellas se deja conocer a través del dialogismo de los personajes, sin dejar de notar que semejante desarrollo en la novela española se da siempre en un discurso que tiende a trivializar el discurso de los personajes que defienden las ciencias naturales. Refiriéndose específicamente al personaje de Frígilis, en la Regenta, Pratt nos dice que su problema es que su lenguaje “persuades few people besides himself”. El personaje parece un bufón porque su discurso choca dialógicamente con los discursos de los otros personajes de la novela. Lo que Pratt señala como característico entonces, en la novela realista española, es la oposición entre esa imaginación dialógica, que se da en virtud de la polisemia, y el hábito de caracterizar al personaje o “spokesperson”.
      La observación de Pratt es muy importante para estudiar el mismo problema en otras obras que no son estrictamente realistas. Me refiero a la obra de Diego de Torres Villarroel, Los deshauciados del cielo y de la gloria, donde la discusión del determinismo fisiológico se da justamente en ese cruce entre lo polisémico, y la caracterización de los personajes, que es la que produce el diálogo. Daría la impresión de que la caracterización es un impedimento para el reconocimiento de lo polisémico en el texto. Hay en la obra de Torres de Villarroel, desde sus comienzos, cuando redactaba pronósticos astrológicos, una tendencia marcada al uso de tipos sociales, o personajes costumbristas, que vistos desde el punto de vista de Pratt es lo que si bien oscurece un poco la polisemia de las palabras, permite por otro lado el desarrollo de la imaginación dialógica. El único problema es que semejante desarrollo dialógico es justamente el que trivializa el discurso de los personajes que hablan de las ciencias. Lo que hay que preguntarse es en parte cuál es la historia, es decir, cuál es la controversia literaria que subyace el texto de Torres, y cuál fue lo que en opinión de Pratt sería la respuesta fatal del escritor a la controversia. La idea que Pratt sugiere es que las ciencias se explican mejor por la polisemia que por el dialogismo, pero que hay en la literatura española una especie de fatalidad dialógica que oscurece la naturaleza de la palabra ciencia como signo linguístico. Me interesa discutir el problema que Pratt plantea con una obra de la cual conozco el tipo de controversia filosófica que la provocó, con objeto de discutir la realidad histórica que subyace a la elección a veces forzada que los escritores tienen que hacer para hacerse comprender. Si bien es cierto que el signo “ciencia” se explicaría mejor de un modo “natural”, polisémicamente, existe lo que podríamos decir es una determinación histórica que nos ha legado una imaginación dialógica y no polisémica.
La controversia de Torres y Feijoo.
       Aunque a Torres, quien fuera profesor de matemáticas, le hubiera encantado discutir el determinismo de su astrología como una red de posiblidades vitales, lo cierto es que la controversia en la cual se vio envuelto y que motivó su libro más determinista no le permitió desarrollar sus ideas como si fueran signos naturales. Que su objeto era promover el determinismo como un modo natural de pensar, que había en su pensamiento aquello que Pratt reconocería como polivalente, y por ello, proclive a explicarse de un modo verdaderamente científico, no nos cabe duda. El determinismo de Torres no era un fatalismo, sino al contrario, una especie de condicionante de las muchas posibilidades de desarrollo de la clase media española. Iris Zavala, en su ensayo sobre los almanaques de Torres, nos explica que el almanaque astrológico era en esa época una manera de discutir la utopía democrática española. El almanaque era una pluralidad de sentidos para el “lector modelo” de aquella época. El determinismo que cabe imaginar, en semejante contexto, no podía ser un fatalismo, sino justamente una pluralidad de significados atribuibles por las aspiraciones de la sociedad. No deja de sorprender en este contexto la controversia suscitada entre Feijoo, un pensador ilustrado de la época, y los escritores de almanaques astrológicos. El comentario de Feijoo a los almanaques es consecuente con esa tradición de pensamiento que polemiza, que opone y contrasta significados diversos, donde lo que hay no es sino una pluralidad natural. Muy conocido Feijoo por sus llamados a la “unidad” del conocimiento, en obras tales como Teatro crítico universal, y con una cierta pretención baconiana, en modo alguno sorprendería su diatriba a los almanaques astrológicos. Por supuesto, que si bien lo que Feijoo encuentra reprochable a los almanaques es su “naturalidad”, dentro de un contexto de discusión en el que él llamaba a una unidad del saber, no dejó de imponerle un tema humanista al reproche.

“No pretendo destarrar del mundo los almanaques, sino la vana estimación de sus predicciones, pues sin ellas tienen sus utilidades, que valen por lo menos aquello que cuestan. La devoción y el culto se interesan en la asignación de fiestas y santos en sus propios días; el comercio, en la noticia de sus ferias francas; la Agricultura y acaso también la Medicina, en la determinación de las lunaciones: esto es cuanto pueden servir los almanaques; pero la parte judiciaria que hay en ellos, sin embargo, de hacer su principal fondo en la aprensión común, es una apariencia ostentosa, sin substancia alguna, y esto no solo en cuanto predice los sucesos humanos que dependen del libre albedrío, mas aun en cuanto señala las mudanzas del tiempo o varias impresiones del aire”


     Como podemos ver, la crítica es la de siempre, la “falta de sustancia” de ciertas expresiones, en lo que se atiene a la realidad física y “no solo en cuanto predice los sucesos humanos que dependen del libre albedrío”. Sin embargo, Feijoo desarrolla el tema del libre albedrío posteriormente, de hecho, la médula de sus argumentos va dirigida a la poca estima en la que se tiene a la libertad de los humanos, cuando se habla del determinismo. Con este aire polémico, es casi imposible discutir el determinismo como condición de una pluralidad, sino justamente como aquello que se opone a nuestra libertad esencial de seres humanos. Si el determinismo de los escritores de almanaques apuntaba a una polisemia social, a eso que Zavala llama la utopía democrática, ya la tradición literaria lo comienza a percibir como discurso de oposiciones. No tendríamos que decir que Torres respondió a los señalamientos de Feijoo con sus libros, para demostrar lo que nos interesa, que es el hecho de que ya en su práctica literaria existía esa tendencia fatal a la “falta de sustancia” que Feijoo bien podría haberle señalado. Pues si nos dejamos llevar por el comentario de Pratt, la caracterización de los personajes de Torres tanto en sus calendarios como en sus libros narrativos, ya impedía presentar el tema determinista como una pluralidad. El problema, si se quiere, es de géneros literarios. Torres escribía sus predicciones a través de personajes (“spokespersons”), y sus respuestas a los ilustrados no dejaron de “ostentar” el mismo defecto. En ese sentido, la observación de Pratt se verifica también en la obra de Torres. El signo en este caso no es “la ciencia”, sino el “determinismo”.

                                                            La respuesta de Torres

     Torres no respondió a la polémica de Feijoo con un concertado ensayo que manifestara sus propósitos como escritor de almanaques. En casi todas sus obras narrativas, Torres se describe casi siempre como un pícaro, como una persona que le sacaba ventaja económica a sus sueños. Tal es su opinión en el libro Visitas, donde expone claramente que sus aspiraciones son la cantera que él explota para ganar dinero. Tan sarcásticas observaciones no permitirían acaso precisar la naturaleza de esas aspiraciones, de esos sueños torrecianos, que Zavala nos deja entrever como los sueños compartidos de los demócratas de la época. En Los deshauciados del cielo y de la gloria, el tema es el determinismo y podemos pensar el libro como una respuesta a las imputaciones que Feijoo le hiciera como escritor de almanaques. El libro, como bien podría observar Pratt, adolece precísamente de los problemas que hemos señalado. El signo del texto, entre otros, es el determinismo. Pero ya no se trata del determinismo que Zavala sugiere como el más probable, sino del fatalismo cristiano. ¿Cómo es que Torres cae en este fatalismo luego de haber hecho carrera con las aspiraciones más nobles de la democracia? Casi todos los biógrafos señalan el problema de Torres como individuo de una clase social más humilde. Lo que yo observo es lo que Pratt me sugiere, que es la tendencia del propio Torres a presentar todos sus temas a través de personajes costumbristas y a sí mismo como un personaje costumbrista. Es curioso que Pratt nunca nos explique lo que sucede realmente. Yo sugiero que el uso de los personajes es una forma de comunicación inevitable. El costumbrismo es el género popular por excelencia, y la forma más idonea de presentar las ideas. Si bien es cierto que la realidad es plural, y que sería más natural presentar los temas importantes desde una perspectiva plural, el gusto popular es dialógico y polémico. Torres no puede dejar de presentar ideas complejas, como las del determinismo, de una manera dialógica. No puede evitar correrse el riesgo de la trivialidad. Lo interesante es que a pesar de todo, fue el uso de la alegoría, y no el de la novela de ideas, que en todo caso habría sido el más apropiado, el que salvó el texto torresiano de caer totalmente en la trivialidad que tan bien Pratt le señala a los novelistas realistas posteriores.

                                                         La alegoría torresiana.

      Es curiosa la observación de Pratt, quizá por irónica, de un fenómeno que le llamaba la atención de Galdós. Lo discute en un capítulo en donde Pratt ya ha entrado en la discusión del metarelato (“la nivola unamoniana”), como uno de los síntomas de modernización literaria que bien podrían haber estrechado la relación entre las ciencias y la literatura española. Observa, sin embargo, que ya el propio positivista Galdós en una serie de dramas sobre la ciencia había entrado en el metarelato, es decir, en la arbitrariedad de la creación literaria. Digo curioso porque el ánimo del libro de Pratt es casi estrictamente cronológico, y sin embargo, no nos deja de señalar en ese capítulo que en ciertos dramas de Galdós la cronología casi programática de la discusión sobre las ciencias no se cumple totalmente. Sugiere, en mi opinión, que el primer problema, el de la costumbre de la caracterización, como un impedimento para la exposición cabal del signo, no tiene nada que ver con la clase de recursos que manejan los novelistas. Por ejemplo, en sus dramas Galdós era un “nivolista”, como Unamuno, y nada nos impide pensar que Torres fuera “novelista” en sus alegorías. Ahora bien, es esta extraña observación de Pratt sobre los géneros literarios lo que nos permite reflexionar de nuevo sobre el problema principal. ¿Impide la convención de un género la discusión cabal de un tema? ¿Es menos científica una obra por utilizar personajes que por exponer de manera razonable los argumentos pertinentes? Esta clase de observaciones son las que más me interesan de Pratt, ya que lo que él mismo parece sugerir es que hay excepciones flagrantes en el programa evolutivo que el propone. Me parece que aclaro lo que quiero decir si vemos, en la propia obra de Torres, un ejemplo de lo que implican estas excepciones.
      Decíamos que Torres se vio en la situación de responder por su determinismo ante los ilustrados, y pecaríamos de ingenuos si creyéramos que le faltaron recursos expresivos para discutir con ellos. Ya Cervantes existía, la novela moderna ya era una realidad. No estamos hablando simplemente de una aberración histórica, como todos parecen indicar, cuando se constata que Torres respondió con una alegoría. Los deshauciados del cielo y de la gloria, sin ambiguedades, es una alegoría equiparable a la Divina Comedia o al Piers the Plowghman, con un soñador como personaje que pasa revista sobre una serie de figuras. ¿A qué respondía Torres con este texto tan extraño? Respondía a la propensión de sus críticos a ponerle en la posición de polemizar sobre el determinismo. Que Torres no respondiera con otro Teatro crítico es lo que me parece más sabio de su parte. Ahora bien, ¿en qué medida fue su alegoría un texto esclarecedor del tema? ¿Fue más o menos novelista en su respuesta? ¿Le sucedio lo mismo que a Galdós, que fue más “nivolista”, más moderno, en sus obras dramáticas? No olvidemos que el problema esencial que estamos discutiendo es si la caracterización de una obra oscurece sus argumentos, y por ello su capacidad de servir a las ciencias tal y como las conocemos, como disciplinas racionales y argumentativas. ¿Oscureció la caracterización de los personajes de Torres en su alegoría la capacidad de argumentar de los mismos? ¿Es trivial como Frígilis el demonio que en la obra de Torres argumenta por la necesidad de hacer de la enfermedad un asunto de profanos? Esto es lo que me gustaría discutir ahora.
 
 

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