En un capítulo que resume muchas de las posturas de los intelectuales españoles
de finales del siglo XVIII, Dale Pratt intenta explicar la lógica de lo que él
denomina ciencia decorativa. La denominación no es extraña a los españoles que
se referían al desarrollo científico de España en el siglo de las luces.
Cadalso, en sus Eruditos a la violeta, no deja de denostar a los cultivadores
de la ciencia como personas entregadas a la vanidad de un conocimiento vacío.
Su obra es un manual irónico para gentes que quieren conocer de ciencias lo
suficiente para figurar en la sociedad ilustrada. Lo interesante es que esta
postura de Cadalso prospere en la obra teórica de Pratt, quien no solamente
parece defenderla sino explicarla teóricamente. Digo parece, porque lo que
entra en la consideración de Pratt es un tema de muy distinta orientación. Si
por un lado pareciera compartir ese lugar común sobre España, que juzga el
desarrollo científico como una especie de juego de salón palaciego, su interés
es otro y ha suscitado una reflexión sobre género e ideología que he decidido
circunscribir al siglo XVIII porque es nuestra costumbre atribuirle un
significado cientificista al periodo. Si bien por un lado, Pratt titula su
capítulo de una manera que refleja lugares comunes en el pensamiento académico,
el desarrollo del mismo es mucho más generoso. Si bien cabría esperar una sarta
de medias verdades sobre la ciencia en España, lo que ocurre es algo muy
distinto y es el tipo de problema que quiero discutir en esta monografía. Refiriéndose
a la ciencia decorativa, Pratt discute un personaje de la Regenta, Frígilis, de
una novela de Clarín, para explicar el modo por el cual se introduce en la
narrativa española ese prejuicio tan nocivo al conocimiento. Para Pratt, el
problema que conduce al prejuicio es de índole literaria, pues lo que él
advierte en la novela es una oposición entre la imaginación dialógica y la
caracterización de los personajes. La imaginación dialógica es posible gracias
a que “one word implies a host of other responding words, and this dialogue of
words surrounding an object and within each word itself can be exploited by a
novelist for aesthetic ends”. Es un reconocimiento de la polisemia al nivel de
lo que en narratología llamamos la diégesis, es decir, al nivel de la lógica
del relato. A este reconocimiento de la polisemia, se le opone la
caracterización típica de los personajes que es común en el costumbrismo
hispano. Le parece interesante que el narrador de Torquemada se lamente de la
desaparición de estereotipos cuya apariencia física de a conocer su naturaleza
y propone esa observación del narrador como ejemplo del desarrollo de la
imaginación dialógica, en donde la caracterización es menos importante y en la
cual incluso “the discourse of stock characters” aparece en forma de diálogo.
En resumidas cuentas, lo que Pratt señala como positivo en el desarrollo de la
novela es la naturaleza polivalente de las palabras, que en ellas se deja
conocer a través del dialogismo de los personajes, sin dejar de notar que semejante
desarrollo en la novela española se da siempre en un discurso que tiende a
trivializar el discurso de los personajes que defienden las ciencias naturales.
Refiriéndose específicamente al personaje de Frígilis, en la Regenta, Pratt nos
dice que su problema es que su lenguaje “persuades few people besides himself”.
El personaje parece un bufón porque su discurso choca dialógicamente con los
discursos de los otros personajes de la novela. Lo que Pratt señala como
característico entonces, en la novela realista española, es la oposición entre
esa imaginación dialógica, que se da en virtud de la polisemia, y el hábito de
caracterizar al personaje o “spokesperson”.
La observación de Pratt es muy importante para estudiar el mismo problema en
otras obras que no son estrictamente realistas. Me refiero a la obra de Diego
de Torres Villarroel, Los deshauciados del cielo y de la gloria, donde la
discusión del determinismo fisiológico se da justamente en ese cruce entre lo
polisémico, y la caracterización de los personajes, que es la que produce el
diálogo. Daría la impresión de que la caracterización es un impedimento para el
reconocimiento de lo polisémico en el texto. Hay en la obra de Torres de
Villarroel, desde sus comienzos, cuando redactaba pronósticos astrológicos, una
tendencia marcada al uso de tipos sociales, o personajes costumbristas, que
vistos desde el punto de vista de Pratt es lo que si bien oscurece un poco la
polisemia de las palabras, permite por otro lado el desarrollo de la
imaginación dialógica. El único problema es que semejante desarrollo dialógico
es justamente el que trivializa el discurso de los personajes que hablan de las
ciencias. Lo que hay que preguntarse es en parte cuál es la historia, es decir,
cuál es la controversia literaria que subyace el texto de Torres, y cuál fue lo
que en opinión de Pratt sería la respuesta fatal del escritor a la
controversia. La idea que Pratt sugiere es que las ciencias se explican mejor
por la polisemia que por el dialogismo, pero que hay en la literatura española
una especie de fatalidad dialógica que oscurece la naturaleza de la palabra
ciencia como signo linguístico. Me interesa discutir el problema que Pratt
plantea con una obra de la cual conozco el tipo de controversia filosófica que
la provocó, con objeto de discutir la realidad histórica que subyace a la
elección a veces forzada que los escritores tienen que hacer para hacerse
comprender. Si bien es cierto que el signo “ciencia” se explicaría mejor de un
modo “natural”, polisémicamente, existe lo que podríamos decir es una
determinación histórica que nos ha legado una imaginación dialógica y no
polisémica.
La controversia de
Torres y Feijoo.
Aunque a Torres, quien fuera profesor de matemáticas, le hubiera encantado
discutir el determinismo de su astrología como una red de posiblidades vitales,
lo cierto es que la controversia en la cual se vio envuelto y que motivó su
libro más determinista no le permitió desarrollar sus ideas como si fueran
signos naturales. Que su objeto era promover el determinismo como un modo
natural de pensar, que había en su pensamiento aquello que Pratt reconocería
como polivalente, y por ello, proclive a explicarse de un modo verdaderamente
científico, no nos cabe duda. El determinismo de Torres no era un fatalismo,
sino al contrario, una especie de condicionante de las muchas posibilidades de
desarrollo de la clase media española. Iris Zavala, en su ensayo sobre los
almanaques de Torres, nos explica que el almanaque astrológico era en esa época
una manera de discutir la utopía democrática española. El almanaque era una
pluralidad de sentidos para el “lector modelo” de aquella época. El
determinismo que cabe imaginar, en semejante contexto, no podía ser un
fatalismo, sino justamente una pluralidad de significados atribuibles por las
aspiraciones de la sociedad. No deja de sorprender en este contexto la
controversia suscitada entre Feijoo, un pensador ilustrado de la época, y los
escritores de almanaques astrológicos. El comentario de Feijoo a los almanaques
es consecuente con esa tradición de pensamiento que polemiza, que opone y
contrasta significados diversos, donde lo que hay no es sino una pluralidad
natural. Muy conocido Feijoo por sus llamados a la “unidad” del conocimiento,
en obras tales como Teatro crítico universal, y con una cierta pretención
baconiana, en modo alguno sorprendería su diatriba a los almanaques
astrológicos. Por supuesto, que si bien lo que Feijoo encuentra reprochable a
los almanaques es su “naturalidad”, dentro de un contexto de discusión en el
que él llamaba a una unidad del saber, no dejó de imponerle un tema humanista
al reproche.
“No pretendo destarrar del mundo los almanaques,
sino la vana estimación de sus predicciones, pues sin ellas tienen sus
utilidades, que valen por lo menos aquello que cuestan. La devoción y el culto
se interesan en la asignación de fiestas y santos en sus propios días; el
comercio, en la noticia de sus ferias francas; la Agricultura y acaso también
la Medicina, en la determinación de las lunaciones: esto es cuanto pueden
servir los almanaques; pero la parte judiciaria que hay en ellos, sin embargo,
de hacer su principal fondo en la aprensión común, es una apariencia ostentosa,
sin substancia alguna, y esto no solo en cuanto predice los sucesos humanos que
dependen del libre albedrío, mas aun en cuanto señala las mudanzas del tiempo o
varias impresiones del aire”
Como podemos ver, la crítica es la de siempre, la “falta de sustancia” de
ciertas expresiones, en lo que se atiene a la realidad física y “no solo en
cuanto predice los sucesos humanos que dependen del libre albedrío”. Sin
embargo, Feijoo desarrolla el tema del libre albedrío posteriormente, de hecho,
la médula de sus argumentos va dirigida a la poca estima en la que se tiene a
la libertad de los humanos, cuando se habla del determinismo. Con este aire
polémico, es casi imposible discutir el determinismo como condición de una
pluralidad, sino justamente como aquello que se opone a nuestra libertad
esencial de seres humanos. Si el determinismo de los escritores de almanaques
apuntaba a una polisemia social, a eso que Zavala llama la utopía democrática,
ya la tradición literaria lo comienza a percibir como discurso de oposiciones.
No tendríamos que decir que Torres respondió a los señalamientos de Feijoo con
sus libros, para demostrar lo que nos interesa, que es el hecho de que ya en su
práctica literaria existía esa tendencia fatal a la “falta de sustancia” que
Feijoo bien podría haberle señalado. Pues si nos dejamos llevar por el
comentario de Pratt, la caracterización de los personajes de Torres tanto en
sus calendarios como en sus libros narrativos, ya impedía presentar el tema
determinista como una pluralidad. El problema, si se quiere, es de géneros
literarios. Torres escribía sus predicciones a través de personajes
(“spokespersons”), y sus respuestas a los ilustrados no dejaron de “ostentar”
el mismo defecto. En ese sentido, la observación de Pratt se verifica también
en la obra de Torres. El signo en este caso no es “la ciencia”, sino el
“determinismo”.
La respuesta de Torres
Torres no respondió a la polémica de Feijoo con un concertado ensayo que
manifestara sus propósitos como escritor de almanaques. En casi todas sus obras
narrativas, Torres se describe casi siempre como un pícaro, como una persona
que le sacaba ventaja económica a sus sueños. Tal es su opinión en el libro
Visitas, donde expone claramente que sus aspiraciones son la cantera que él
explota para ganar dinero. Tan sarcásticas observaciones no permitirían acaso
precisar la naturaleza de esas aspiraciones, de esos sueños torrecianos, que
Zavala nos deja entrever como los sueños compartidos de los demócratas de la
época. En Los deshauciados del cielo y de la gloria, el tema es el determinismo
y podemos pensar el libro como una respuesta a las imputaciones que Feijoo le
hiciera como escritor de almanaques. El libro, como bien podría observar Pratt,
adolece precísamente de los problemas que hemos señalado. El signo del texto,
entre otros, es el determinismo. Pero ya no se trata del determinismo que
Zavala sugiere como el más probable, sino del fatalismo cristiano. ¿Cómo es que
Torres cae en este fatalismo luego de haber hecho carrera con las aspiraciones
más nobles de la democracia? Casi todos los biógrafos señalan el problema de
Torres como individuo de una clase social más humilde. Lo que yo observo es lo
que Pratt me sugiere, que es la tendencia del propio Torres a presentar todos
sus temas a través de personajes costumbristas y a sí mismo como un personaje
costumbrista. Es curioso que Pratt nunca nos explique lo que sucede realmente.
Yo sugiero que el uso de los personajes es una forma de comunicación
inevitable. El costumbrismo es el género popular por excelencia, y la forma más
idonea de presentar las ideas. Si bien es cierto que la realidad es plural, y
que sería más natural presentar los temas importantes desde una perspectiva
plural, el gusto popular es dialógico y polémico. Torres no puede dejar de
presentar ideas complejas, como las del determinismo, de una manera dialógica.
No puede evitar correrse el riesgo de la trivialidad. Lo interesante es que a
pesar de todo, fue el uso de la alegoría, y no el de la novela de ideas, que en
todo caso habría sido el más apropiado, el que salvó el texto torresiano de
caer totalmente en la trivialidad que tan bien Pratt le señala a los novelistas
realistas posteriores.
La alegoría torresiana.
Es curiosa la observación de Pratt, quizá por irónica, de un fenómeno que le
llamaba la atención de Galdós. Lo discute en un capítulo en donde Pratt ya ha
entrado en la discusión del metarelato (“la nivola unamoniana”), como uno de
los síntomas de modernización literaria que bien podrían haber estrechado la
relación entre las ciencias y la literatura española. Observa, sin embargo, que
ya el propio positivista Galdós en una serie de dramas sobre la ciencia había
entrado en el metarelato, es decir, en la arbitrariedad de la creación
literaria. Digo curioso porque el ánimo del libro de Pratt es casi
estrictamente cronológico, y sin embargo, no nos deja de señalar en ese
capítulo que en ciertos dramas de Galdós la cronología casi programática de la
discusión sobre las ciencias no se cumple totalmente. Sugiere, en mi opinión,
que el primer problema, el de la costumbre de la caracterización, como un
impedimento para la exposición cabal del signo, no tiene nada que ver con la
clase de recursos que manejan los novelistas. Por ejemplo, en sus dramas Galdós
era un “nivolista”, como Unamuno, y nada nos impide pensar que Torres fuera
“novelista” en sus alegorías. Ahora bien, es esta extraña observación de Pratt
sobre los géneros literarios lo que nos permite reflexionar de nuevo sobre el
problema principal. ¿Impide la convención de un género la discusión cabal de un
tema? ¿Es menos científica una obra por utilizar personajes que por exponer de
manera razonable los argumentos pertinentes? Esta clase de observaciones son
las que más me interesan de Pratt, ya que lo que él mismo parece sugerir es que
hay excepciones flagrantes en el programa evolutivo que el propone. Me parece
que aclaro lo que quiero decir si vemos, en la propia obra de Torres, un
ejemplo de lo que implican estas excepciones.
Decíamos que Torres se vio en la situación de responder por su determinismo
ante los ilustrados, y pecaríamos de ingenuos si creyéramos que le faltaron
recursos expresivos para discutir con ellos. Ya Cervantes existía, la novela
moderna ya era una realidad. No estamos hablando simplemente de una aberración
histórica, como todos parecen indicar, cuando se constata que Torres respondió
con una alegoría. Los deshauciados del cielo y de la gloria, sin ambiguedades,
es una alegoría equiparable a la Divina Comedia o al Piers the Plowghman, con
un soñador como personaje que pasa revista sobre una serie de figuras. ¿A qué
respondía Torres con este texto tan extraño? Respondía a la propensión de sus
críticos a ponerle en la posición de polemizar sobre el determinismo. Que
Torres no respondiera con otro Teatro crítico es lo que me parece más sabio de
su parte. Ahora bien, ¿en qué medida fue su alegoría un texto esclarecedor del
tema? ¿Fue más o menos novelista en su respuesta? ¿Le sucedio lo mismo que a
Galdós, que fue más “nivolista”, más moderno, en sus obras dramáticas? No
olvidemos que el problema esencial que estamos discutiendo es si la
caracterización de una obra oscurece sus argumentos, y por ello su capacidad de
servir a las ciencias tal y como las conocemos, como disciplinas racionales y
argumentativas. ¿Oscureció la caracterización de los personajes de Torres en su
alegoría la capacidad de argumentar de los mismos? ¿Es trivial como Frígilis el
demonio que en la obra de Torres argumenta por la necesidad de hacer de la
enfermedad un asunto de profanos? Esto es lo que me gustaría discutir ahora.
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