La única persona que guardaba bolas de beisbol en el desierto donde yo vivía era un estudiante de medicina que las usaba para practicar costuras. Mi tío quería despedirse de mí, y para ello había convocado a los otros niños del desierto para celebrar un torneo con bolas que tuvieran historia. Casi ya nadie jugaba béisbol en el desierto porque había que ahorrar agua, y no valía la pena sudar demasiado, pero ya teníamos acordado ese desarreglo y yo, como era más bien escritor, tenía encargado escribir un catálogo con las historias de las bolas que íbamos a usar en el torneo.
Las historias originales de las bolas nos resultaban desconocidas. La gente las había guardado durante cientos de años, cuando ya no había parques ni nada, ni ligas de pelota como en el pasado, aunque de vez en cuando algún doctor quisiera llevar a unos niños con impedimento a celebrar un juego. Cerca de mi casa quedaban las ruinas de un parque. La semana antes me encargaron a mí pasar una máquina de recortar grama con unos obreros. Afortunadamente, el montículo del lanzador se conservaba bien y uno de los techos para albergar jugadores. Yo tenía guardadas algunas cartas de pelotero y por lo que se podía entrever, se usaban matemáticas para contar las historias de los jugadores. Se usaba una media promedial para saber si el jugador era talentoso, pero mi tío muchas veces me dijo que no me dejara llevar por las estadísticas.
-Con la pelota pasaba lo mismo que con el cálculo de las poblaciones- me explicó. -Las matemáticas no reflejan el verdadero escenario del béisbol, como tampoco las estadísticas poblacionales el carácter de la sociedad que estudias. De cualquier manera, conserva las cartas. Mira a ver si te pueden contar las historias de las bolas, que sí es probable que reflejen la historia de este desierto.
Una de las pelotas que íbamos a usar la tenía un empleado de riego del área y me tuve que anegar bastante para llegar hasta su casa, pero finalmente me consiguió lo que deseaba y salí para la casa de mi tío con la idea de conocer la historia del artefacto, ya decididamente arqueológico. Era una esfera cubierta de por una vestidura de cuero pintado de blanco, con algunas letras que indicaban la fecha en la que se había hecho y la marca del fabricante. Mi tío me explicó que ya casi no se hacían sino para ocasiones bien especiales, pero que como yo era escritor y estudiante de historia, quería celebrar el torneo con una bola vieja para que me enterara del cuento que la envolvía. Cuando llegué a la casa, mi tío me estaba esperando. Tan pronto le mostré la pelota, la reconoció inmediatamente porque era la que usaba los sacerdotes católicos del pueblo vecino para celebrar sus torneos.
-Sí, ésta es la pelota del Dr. Jiménez- me explicó. –Si te fijas, está muy bien conservada porque los sacerdotes apenas la usan. A mí me dejan usarla para contar la historia del desierto.
-¿Quién fue el Dr. Jiménez?- le pregunté.
-Los primeros niños teratogénicos que vivieron con nosotros los trajo el doctor para que eliminaran los teratógenos de la sangre. Los teratógenos provocaban infinidad de problemas en sus extremidades. Viviendo siempre en el mismo pueblo del norte, sus extremidades se habían ido acortando hasta el punto en que sus brazos y piernas les salían directamente del cuerpo, cosa que les impedía caminar y servirse de las cosas. Bajados para acá por el Dr. Jiménez, lo primero que hicieron con ellos fue eliminar la concentración alta de teratógenos que tenían en la sangre, para lo que hizo falta traer a un empleado de riegos.
No había mucha evidencia sobre el béisbol, pero sí sobre la actividad de los empleados. La época del beisbol fue una etapa rara de la historia del desierto, pues casi no llovía. La actividad de los empleados de riego, por ello, era esporádica, ya que la cultura del béisbol era la cultura del desierto. Se valoraba la proeza física, y los niños con teratógenos apenas sí podían participar de ella. No obstante, a medida que los niños fueron eliminando los problemas que tenían en la sangre, los habían ido dejando jugar pelota aunque fuera con las bolas viejas. Más al norte habían desiertos mejores, con toda una servidumbre de empleados que vivían cerca de represas para mantener a los arrogantes jugadores.
-Esta es la pelota de Juan Ramírez- me dijo mi tío. –Tiene como doscientos años, ya que casi nunca se usa en los torneos seculares. A los seglares, no obstante, les gusta usarla porque no tiene costuras de cirujano. El hilo es el rojo original con el que la cosieron. Las muchachas le llaman a esta pelota “nick head ball”, porque es como las muchachas, que tienen todas sus cosas en su sitio. Los dientes y los órganos todos son originales.
-¿Por qué “nick head”?- le pregunté. -¿Qué quieren decir?-
-Lo que quieren decir es que los fabricantes de estas bolas eran letrados, que sabían leer y escribir, por lo menos. Eso porque el cuero es original y no la han cosido con otros hilos.
-¿Y ahora qué hacemos?- le pregunté.
-Coje las dos bolas y llévaselas al cirujano, para que él te diga cuál de las dos quiere usar en el torneo. Las organizaciones que las prestaron no tienen inconveniente en dejarlas dos o tres semanas acá. Están aseguradas. Pues… Llévatelas en esta bolsa y embala para la casa del doctor.
II
En esta ocasión, el torneo era cosa de seglares. Iban a usar la pelota de Juan Ramírez y para ello era necesario acondicionar un parque techado. El empleado de riego del otro parque, que se usaba para criar animales cuando estaba desocupado, no podía presentarse al torneo. De manera que el parque techado tendría que alambrarse por lo menos un día. No pude ir enseguida a la casa del médico, con el que hablé por teléfono para escojer la pelota, sino a la casa de un técnico de refrigeración al que tenía que contratar para acondicionar el parque con techo. Mi tío me había dicho que escribiera un catálogo para las dos pelotas que encontramos, aunque se fuera a usar una sola, y ello me ocupó un poco en la imprenta. Se esperaban unos trescientos invitados al juego y por lo menos veinte personas de la prensa, para los que había que darles los nombres de los jugadores y la condición física en la que se encontraban.
De entre los jugadores, dos eran descendientes de niños teratogénicos que habían liquidado sus problemas sanguíneos en un pasado distante. Para promover la cura de otros iguales, se solicitaba que cada jugador presentara una prognosis de la sangre que revelara las trazas de antiguos teratógenos. No a todos los jugadores les gustaba tener que hacerse una prueba de sangre para presentarse al parque, pero esa era la única alternativa que había a las cartas que se hacían en el pasado, ya que no se consideraban las medias promediales como medida del ascendiente de un jugador. El lanzador estelar de uno de los equipos, que no lo patrocinaban los seglares sino los profanos, era descendiente del mismo Ramírez que había sido dueño de la bola con la que iban a jugar en esta ocasión. Por tanto, era un extraordinario honor que se le escojiera para lanzar por el equipo de los profanos. Se decía que la pelota de ahora, jugada casi toda por expacientes y descendientes de doctores, ya no era asunto de personas fornidas como en el pasado, en que el béisbol era un asunto de obreros cualificados. De cualquier manera, mi tío me pidió que le hiciera una prueba de sangre al descendiente de Ramírez, ya que habían rumores de que el verdadero jugador se iba a hacer sustituir por un paciente o por lo menos un descendiente de paciente.
Las historias originales de las bolas nos resultaban desconocidas. La gente las había guardado durante cientos de años, cuando ya no había parques ni nada, ni ligas de pelota como en el pasado, aunque de vez en cuando algún doctor quisiera llevar a unos niños con impedimento a celebrar un juego. Cerca de mi casa quedaban las ruinas de un parque. La semana antes me encargaron a mí pasar una máquina de recortar grama con unos obreros. Afortunadamente, el montículo del lanzador se conservaba bien y uno de los techos para albergar jugadores. Yo tenía guardadas algunas cartas de pelotero y por lo que se podía entrever, se usaban matemáticas para contar las historias de los jugadores. Se usaba una media promedial para saber si el jugador era talentoso, pero mi tío muchas veces me dijo que no me dejara llevar por las estadísticas.
-Con la pelota pasaba lo mismo que con el cálculo de las poblaciones- me explicó. -Las matemáticas no reflejan el verdadero escenario del béisbol, como tampoco las estadísticas poblacionales el carácter de la sociedad que estudias. De cualquier manera, conserva las cartas. Mira a ver si te pueden contar las historias de las bolas, que sí es probable que reflejen la historia de este desierto.
Una de las pelotas que íbamos a usar la tenía un empleado de riego del área y me tuve que anegar bastante para llegar hasta su casa, pero finalmente me consiguió lo que deseaba y salí para la casa de mi tío con la idea de conocer la historia del artefacto, ya decididamente arqueológico. Era una esfera cubierta de por una vestidura de cuero pintado de blanco, con algunas letras que indicaban la fecha en la que se había hecho y la marca del fabricante. Mi tío me explicó que ya casi no se hacían sino para ocasiones bien especiales, pero que como yo era escritor y estudiante de historia, quería celebrar el torneo con una bola vieja para que me enterara del cuento que la envolvía. Cuando llegué a la casa, mi tío me estaba esperando. Tan pronto le mostré la pelota, la reconoció inmediatamente porque era la que usaba los sacerdotes católicos del pueblo vecino para celebrar sus torneos.
-Sí, ésta es la pelota del Dr. Jiménez- me explicó. –Si te fijas, está muy bien conservada porque los sacerdotes apenas la usan. A mí me dejan usarla para contar la historia del desierto.
-¿Quién fue el Dr. Jiménez?- le pregunté.
-Los primeros niños teratogénicos que vivieron con nosotros los trajo el doctor para que eliminaran los teratógenos de la sangre. Los teratógenos provocaban infinidad de problemas en sus extremidades. Viviendo siempre en el mismo pueblo del norte, sus extremidades se habían ido acortando hasta el punto en que sus brazos y piernas les salían directamente del cuerpo, cosa que les impedía caminar y servirse de las cosas. Bajados para acá por el Dr. Jiménez, lo primero que hicieron con ellos fue eliminar la concentración alta de teratógenos que tenían en la sangre, para lo que hizo falta traer a un empleado de riegos.
No había mucha evidencia sobre el béisbol, pero sí sobre la actividad de los empleados. La época del beisbol fue una etapa rara de la historia del desierto, pues casi no llovía. La actividad de los empleados de riego, por ello, era esporádica, ya que la cultura del béisbol era la cultura del desierto. Se valoraba la proeza física, y los niños con teratógenos apenas sí podían participar de ella. No obstante, a medida que los niños fueron eliminando los problemas que tenían en la sangre, los habían ido dejando jugar pelota aunque fuera con las bolas viejas. Más al norte habían desiertos mejores, con toda una servidumbre de empleados que vivían cerca de represas para mantener a los arrogantes jugadores.
-Esta es la pelota de Juan Ramírez- me dijo mi tío. –Tiene como doscientos años, ya que casi nunca se usa en los torneos seculares. A los seglares, no obstante, les gusta usarla porque no tiene costuras de cirujano. El hilo es el rojo original con el que la cosieron. Las muchachas le llaman a esta pelota “nick head ball”, porque es como las muchachas, que tienen todas sus cosas en su sitio. Los dientes y los órganos todos son originales.
-¿Por qué “nick head”?- le pregunté. -¿Qué quieren decir?-
-Lo que quieren decir es que los fabricantes de estas bolas eran letrados, que sabían leer y escribir, por lo menos. Eso porque el cuero es original y no la han cosido con otros hilos.
-¿Y ahora qué hacemos?- le pregunté.
-Coje las dos bolas y llévaselas al cirujano, para que él te diga cuál de las dos quiere usar en el torneo. Las organizaciones que las prestaron no tienen inconveniente en dejarlas dos o tres semanas acá. Están aseguradas. Pues… Llévatelas en esta bolsa y embala para la casa del doctor.
II
En esta ocasión, el torneo era cosa de seglares. Iban a usar la pelota de Juan Ramírez y para ello era necesario acondicionar un parque techado. El empleado de riego del otro parque, que se usaba para criar animales cuando estaba desocupado, no podía presentarse al torneo. De manera que el parque techado tendría que alambrarse por lo menos un día. No pude ir enseguida a la casa del médico, con el que hablé por teléfono para escojer la pelota, sino a la casa de un técnico de refrigeración al que tenía que contratar para acondicionar el parque con techo. Mi tío me había dicho que escribiera un catálogo para las dos pelotas que encontramos, aunque se fuera a usar una sola, y ello me ocupó un poco en la imprenta. Se esperaban unos trescientos invitados al juego y por lo menos veinte personas de la prensa, para los que había que darles los nombres de los jugadores y la condición física en la que se encontraban.
De entre los jugadores, dos eran descendientes de niños teratogénicos que habían liquidado sus problemas sanguíneos en un pasado distante. Para promover la cura de otros iguales, se solicitaba que cada jugador presentara una prognosis de la sangre que revelara las trazas de antiguos teratógenos. No a todos los jugadores les gustaba tener que hacerse una prueba de sangre para presentarse al parque, pero esa era la única alternativa que había a las cartas que se hacían en el pasado, ya que no se consideraban las medias promediales como medida del ascendiente de un jugador. El lanzador estelar de uno de los equipos, que no lo patrocinaban los seglares sino los profanos, era descendiente del mismo Ramírez que había sido dueño de la bola con la que iban a jugar en esta ocasión. Por tanto, era un extraordinario honor que se le escojiera para lanzar por el equipo de los profanos. Se decía que la pelota de ahora, jugada casi toda por expacientes y descendientes de doctores, ya no era asunto de personas fornidas como en el pasado, en que el béisbol era un asunto de obreros cualificados. De cualquier manera, mi tío me pidió que le hiciera una prueba de sangre al descendiente de Ramírez, ya que habían rumores de que el verdadero jugador se iba a hacer sustituir por un paciente o por lo menos un descendiente de paciente.
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