Para la mayoría de la gente que estaba allí esa noche, el incidente pasó desapercibido. Yo había llegado a la liga de Sagrado Corazón con dos amigos, uno que en mi vecindario pasaba por bobo y otro que no tenía vida tratando de eludir un compromiso matrimonial que la madre quería imponerle. El primero se apuntó en el equipo rojo y pronto dejé de verlo. Por separado, jugando con uno cerca de casa, y luego con el otro en la escuela, habíamos practicado bastante y podíamos hacerlo en otros vecindarios. El que pasaba por bobo empezó a hacer promedio de bateo enseguida, pero yo empezé a fallar en las prácticas del equipo verde y el dirigente, con dos entradas que me dio, me puso a jugar con arena. El amigo que ya estaba comprometido, y que luchaba con ese asunto, se apuntó conmigo en el equipo verde, pero se puso nervioso y empezó a discutir con uno de los lanzadores del equipo. No había empezado la temporada, cuando ya él se había ido. Me dijo que no podía seguir y se fue. La cosa es que yo no hacía promedio y seguía jugando con arena, bastante tranquilo, por cierto, cuando una noche, en la primera de las dos entradas que me tocaban, apareció en el montículo del equipo rojo un tipo bastante amenazante y corpulento. Yo estaba acostumbrado a poncharme y no me preocupó su aparición en el montículo. La cuestión es que a pesar de su cara amenazante, me puso dos rectas fáciles de batear. Di un sencillo y anoté en la primera entrada, y luego conecté una linea que cojieron. Nadie se dio cuenta del incidente, que como se ve, no tiene nada de especial. El equipo verde ganó el campeonato, pero el dirigente me pidió que algunas semanas antes de terminar la temporada, dejara de ir a los juegos. Me invitaba, por otra parte, a una gran fiesta en su casa. Le agradecí que me dejara jugar y no volví a pasar por allí.
Tiempo después, el lanzador del equipo rojo, el corpulento y amenazante personaje, me encontró en la universidad. Sin mencionar el incidente, hablamos de literatura. Me dijo que se estaba familiarizando con las novelas, con los cuentos y los poemas de un curso de honor de español. Otras veces, hablamos de matemáticas y solo ocasionalmente hablamos de las chicas. En una ocasión, me presentó a su novia y a una amiga, y nos fuimos los cuatro a la playa a conversar. Convenimos en que su novia estudiaría conmigo y otras chicas de lejos. Seguimos hablando, en tardes espaciadas, junto a los bancos, hasta que por fin abordamos el incidente. “Bueno”, le dije. “Tú me pusiste esas dos rectas y el único sencillo que dí en la temporada te lo debo”. Lo noté nervioso, cuando abordé el tema, y no mencioné el asunto más. La explicación que me dio es la corriente en la pelota juvenil. “Tú sabes que la curva es un lanzamiento que agota el brazo de un lanzador en ciernes y que el dirigente le pide que tire rectas. Es decir, yo tenía que practicar con rectas, aunque fueran fáciles de batear. No podía evitar alguno que otro sencillo”. Acepté esa explicación, pero entonces vino el verano y él me dijo que estudiara verano, que él lo iba a hacer. Le pregunté de nuevo por el incidente. “Bueno", me dijo. “Es verdad que te las puse. Pero eso no es nada, porque tú no eres pelotero”. Me dio gracia su seriedad. “¿Crees que alguien más lo haya notado?”, le pregunte. “No sé”, me dijo.
Fuimos a un juego de pelota invernal y continuamos conversando sobre la pelota. “Este deporte empieza a declinar”, me dijo. “Antes los parques estaban llenos de gente, pero ya no se ve un alma. Puede ser que te quiera entusiasmar. La cosa ya no entusiasma, se usa con otros propósitos. Considera el ejemplo de mi padre. Brega con epidemias y es asunto corriente para él discutir con hechiceros. La isla regresa a una etapa más antigua, al parecer. ¿Cuánto tiempo más crees que dure la vida tal y como la conocemos, con parques de pelota y grandes reflectores, pizarras electrónicas y toda esa sofisticación?”. Asentí a sus observaciones, pero yo estaba más pendiente al asunto original. “Sí, Parece que la pelota declina y ya nadie quiere jugarla. Sin embargo, me invitaste a jugar. Tú eres bueno en esto, y yo no soy tan bueno. Alguien tiene que haber notado eso”. Miramos los jugadores solitarios en el parque, con sus uniformes. “Está bien”, me dijo. “Quienquiera que sea debe haberlo notado. Eso no debe preocuparte. Seguramente te quiere tanto como yo”.
Pasó lo mismo que con mi dirigente. Le di las gracias por los dos lanzamientos y nos despedimos en un curso de física. Recuerdo que le sonreí, le dije: “Nos vemos”. Luego me levanté y me fui a estudiar literatura. Ocasionalmente vino a verme a un vestíbulo, donde me preguntó por qué me fui del curso de física. “Bueno, es que yo quiero ser escritor. Me interesa la literatura y estoy decidido a hacer una carrera literaria”. No hablamos en muchos años, por lo menos. Supe que su novia lo había dejado y que había sufrido una operación de la mandíbula, que le quitaba el aspecto amenazante y ceñudo que tenía. Me lo encontré cuando yo estaba por casarme con una muchacha. Se había graduado de dentista. Recuerdo que yo estaba caminando por Río Piedras, pensando en la muchacha que ahora era mi novia, cuando decidí bajar por el subterraneo de la Plaza de Convalescencia. Surgiendo de lo profundo del subterraneo, con una mirada algo absorta, mi amigo se sorprendió al verme. Estaba vestido de blanco y negro, como un cadete nacionalista. Lo que me extrañaba, porque no parecía persona de hacer política. Le dije que estaba envuelto en un asunto amoroso y le describí a la chica. “Sin embargo, esa se reía mucho, siempre estaba riéndose”. Usó un tono de persona mayor, agobiada por la existencia. Le dije en donde estaba viviendo y lo acompañé hasta una oficina de dentista en donde se iba a entrevistar para trabajar. Me dijo: “Espérame en la salida, voy a llevarte a tu casa cuando salga”. Sin embargo, después de un rato de espera, salío al balcón un chino alto, de enigmática mirada. Sencillamente se quedó un rato mirándome desde el balcón de la consulta. Me sentí muy triste y me fui caminando hasta mi casa. .
No hay comentarios:
Publicar un comentario