Hursell fue otro filósofo anodino que se aproximó con mayor o menor suerte al sentimiento que describe Borges en su poema. Para él podía ser la mayoría de edad, pero nunca tal cosa como la ancianidad. Puede ser la pubertad filosófica y Hursell un pensador proceloso que prefería ver menos, como el buen neokantiano que era, pero hay una realidad en su pensar que no se puede dejar a un lado. Los neurólogos saben que el cerebro tiene un realidad corpórea o física. Se sobrecarga como cualquier computadora y puede perder capacidad en vez de ganar y ser eficiente, si los datos concretos exceden lo que es razonable procesar. Los astrónomos, por otra parte, creen que su campo asimila menos que bien lo que nos espera ahora que vamos a Marte. Lo que no debe sorprender si se piensa que los primeros colonos de América, nuestros antepasados, eran menos que entendidos.
sábado, 15 de enero de 2022
Todo el mundo llega a la nube
No es Ser porque te conozca la gente como decía Berkeley ni vivir para siempre, como promete la fe cristiana. Uno puede tomar el curso del anglosajón y anticipar lo peor, como en el artículo de Carmelo Ruíz Marrero, Un mundo sin privacidad. Pero ya antes Borges hablaba de su nube en el libro Los conjurados y ahora, como se sabe, es el mundo de las computadoras el que reitera ese hecho con el acceso público ilimitado que tienen programas gratuitos como Office. De Cloud dijo más que mucho Borges en Los conjurados, no tanto del lado hard o mecánico de la cuestión, que es el microprocesador, implantado o no en el cuerpo de un ser humano. Lo que importa es el feeling. Yo creo que data exactamente del año 2009, por lo menos en lo que atañe a mi vida. La puesta en escena de mis cuentos infantiles en San Germán, con un estudiante de ciencias de mi época, me convenció de que mi arribo a la nube era ya una realidad. Hay la tendencia a pensar que es la pérdida de la vida privada, como en el artículo del Sr. Marrero, pero también cabe ver la nube de cada quien como la apertura o eclosión definitivas, eso cada quien si optimista o no.
Internet Archive, que es producto ya de las nubes de más de un artista, no da a conocer nada que yo no quiera dar a conocer o que deje de aportarle mérito a mis editores. Pero el feeling de la más completa incuria autorial acompaña al escritor. Nada es mío. Me parece que Alberto Martínez lo señala en su entrevista reciente y de su nube habla él ya en las cartas que me enviaba en los Ochenta.
Parte de mi nube es pensar que los mil cuentos que me han antologado con el pasar de los años son producto de un amor que no se dio o que falló. Cuando Ana Belén Sevillano me incluyó en su antología no me sentí mal, pero cuando aparecí en la de Mara Pastor me quedé sordo como dos años. Cierto es que Mara nunca me dijo quién pudiera ser esa novia inconsutil que quería ver ese último cuento publicado en papel. Lo acepté como un amor cualquiera. Mi nube ya existía y era una realidad cada día menos renuente a desaparecer.