viernes, 27 de noviembre de 2020

La letra ñ

Un sueño no soñado sino más bien imaginado es publicar un libro con la totalidad de mis escritos en el blog Los veranos de Isabela con un título que aluda a un libro de comentarios literarios que publicó Augusto Monterroso en el pasado y que leí aunque lo recuerdo vagamente. Se titulaba La letra e, aunque no daba noticia ni explicación sobre la razón de ser del título que escojió. Imagino que tiene que ver con la curva estándar que descubrieron los franceses a sugerencia de Gaus, que se conoce en las matemáticas como una constante parecida a ⺴, que llaman ahora e. Pero no es una cantidad sino un trazado, una gráfica como la parábola. Es un trazado estandarizado que explica el enigmático teorema de Gaus sobre los límites indeterminados. Aparece en las calculadoras científicas que usa mi hijo, no había tal cosa en las calculadoras que usaba yo cuando estaba en la Facultad de Ciencias Naturales. Ya ahí se ven conceptos que mi generación ni soñaba con saber. Monterroso no da cuenta del trascendental descubrimiento francés, que llevó a Georges Perec a hacerle un homenaje novelístico menos afortunado aunque más notable. Yo como Verbo Auxiliar y no como Angel Tutelar de los míos, propondría publicar un libro de comentarios culturales titulado La letra ñ, en alusión al hecho de que ya se ha descubierto cómo escribir en español sin hacer uso de una memoria integrada. El español ya no es foreign language en cualquiera de nuestras máquinas, aunque las matemáticas sí todavía requieren el uso de una memoria integrada con caracteres especiales. La letra ñ sería un libro como La letra e, sin la menor intención de hacerle chanza a Monterroso, sino homenaje a un libro que me encantó y que perdí como tantas otras cosas. Reuniría todo lo que he publicado en el blog, pero lo haría a la manera en que Antonio Molina publicó sus diarios, con fotos de amigos y parientes suyos mencionados en los comentarios. De momento me alegra la abstracta noción de que todo existe electrónicamente y no en papel. Esto no hay duda de que lo voy a dejar para cuando sea bien mayor de edad.

Sobre la curva estándar, se puede decir que en biología es un descubrimiento tan importante como la esfera en la astronomía, o la ecuación estándar que llevó a la ley de Lagrange. Se sabe que la esfera viene definida por la constante, lo que da pie a una medida cabal de cualquier pelota de baloncesto o de beisbol y lo que permite hacerlas en grandes cantidades contrario a la que hacían nuestros indios taínos, que era obra de uno que otro artesano y que confinaba en parque ceremonial a Ponce y Utuado. Hacer muchas es posible porque se descubrió la constante y por eso es que hay más parques y más canchas. La curva estándar define el periodo de gestación de la maternidad de una ninfa, cosa que permitirá entender mejor el proceso del nacimiento de un tipo como Jesucristo o como el hijo de Calixto, que ya no va a ser una rareza ni obra de unos pocos que entienden el ciclo de gestación de un niño como Jesús, que no es hijo únicamente de Dios y su enigmática pareja, sino de la humana también. La curva estándar permite entender el caracter cíclico de la gestación con un comportamiento que es igual para cualquier caso, con diferencias numéricas pero no esencialmente distintas. Entonces ya el raro evento de la natividad en Belén, el tan mal llamado misterio del nacimiento de Dios, es cosa que todos podemos entender y medir matemáticamente. Ya las calculadoras de nuestros hijos tienen esa función para cualquier cálculo y no es algo que haya que hacer a ojo, se puede programar todo. Ya había la constante de la esfera y la ecuación estándar, que explica eso de la síntesis a priori, es decir, cómo es que se encabalgan los hechos en un objeto concreto y palbable, un resultado físico y vivo como lo puede ser un hijo bien pensado. Faltaba la curva estándar que explica el ciclo de gestación de ese niño. Existía y se usaba, Gaus la conocía intuitivamente, pero no se había descubierto aritméticamente sino hasta ahora.

miércoles, 25 de noviembre de 2020

Sobre Cezanne Cardona

 El escritor Cezanne Cardona no podría ser objeto de un comentario crítico mesurado de mi parte. Nació el mismo año en que yo ingresé a la Universidad y estudió en el mismo Departamento de Comparada en donde yo estudié. Debe haber visto los mismos pasillos, las mismas escaleras y las mismas caras que yo vi cuando tenía su edad. Sin embargo, puedo hacer un comentario literario y artístico, por lo que me evoca su obra de primera intención. Me pasa con Cezanne lo que me pasa con Néstor Rodríguez, el autor de la colección de cuentos Litoral. A él porque es mucho más joven que yo y a Rodríguez Escudero porque nunca lo conocí en persona y no esperaba que iba a sentir tanta admiración personal por su libro. En la escuela me machacan a muchos escritores, pero en realidad me queda lejos espiritualmente. Casi toda la generación del Setenta y la de René Marquez, aunque la leí, nunca la pude comprender muy bien. La hacienda, que es el tema de todos ellos, me quedaba lejos. En cambio la urbanización, que es el escenario de Cardona, me queda cerca y puedo identificarme con los personajes de los que habla. Rodríguez Escudero tiene un cuento sobre su novia que me sorprende por lo mucho que dice sobre los estudiantes de literatura. Tenía las mismas experiencias que yo, se hacían listados telefónicos en las clases reunidas para que se comunicaran los unos con los otros, igual que ahora se hacen listados de direcciones electrónicas, en las clases de romance arturiano, para ver si salimos unos con otros y hacemos amistad. Rodríguez Escudero, aunque escribió sobre el mar y los pescadores, tiene alguno que otro cuento como el de su novia Evelyn que ya habla sobre cosas que pasan hoy en día.

El fenómeno de Cezanne me llama la atención porque aunque estaba cerca de mí en todo el sentido de la palabra, nuestra relación es virtual. He conocido escritoras que quizá lo conocen, como Vannesa Vilches, y que es una señora de mi edad. Me llama la atención porque conocí en persona a muchos escritores de diferentes épocas. Méndez Ballester lo conocí anciano de 80 años, en la placita que queda frente al Hospital Presbiteriano y leí su novela Isla Cerrera. De todos los que conocí en persona, fue el que más me llamó la atención porque se parecía físicamente a William Burroughs, uno de mis autores predilectos. Cardona me llama la atención de la misma manera, más como persona o ser humano que por el hecho de que escribamos libros.