El gato era un animal sagrado en el Antiguo Egipto, pero los dioses egipcios tienen cabeza de perro o de chacal, no hay dioses con cabeza de felino. A mi madre no le gustan los gatos y ello dice mucho de su temperamento abierto y afectuoso. El gato es más guardado, pero aunque yo no podía tener gatos en mi casa, la gata de la vecina Ivette estuvo metida más bien en el patio de mi casa que en la de su dueña, lo que dice mucho de la manera de ser de esos animales. Durante veinte años se me paraba al frente y me miraba, pero dejarse acariciar jamás. Su pareja apareció muerto en la parte de la casa que le funcionaba de oficina de promociones a mi papá. Lo recojí y dispuse de él, tenía como veinticinco años o más.
Una cosa bien buena que hizo la familia Correa fue adelantarse a ponerle radiador a los motores de los carros, para que los gatos no se murieran de noche triturados por las aspas de los abanicos que usaban los motores en los años sesenta. Esa era otra cosa que hacía mi papá, bajarme al motor del Chevrolet rojo y ver lo que pasaba con los gatos por las noches. Eso felizmente terminó.