lunes, 23 de agosto de 2021

Más sobre la lectura

            Mi primera experiencia con la lectura que recuerdo fue copiar un pasaje de un libro de Estudios Sociales sobre los polinesios.  Fue la Sra. Morales la que me asignó esa tarea, y ello en vista de que había confesado que tuve algo que ver con la masa de un pastelillo con la que los otros párvulos se pusieron a jugar. Sin embargo, me gustó copiar el texto y casi no escribí otra cosa hasta que llegué a la vida adulta. La primera novela que recuerdo es El Polizón de Ulises, cuando la Sra. Soltero nos la asignó. Esa novela cuenta la historia de un perseguido político escondido en el desván de una casa y la idea fantástica que tiene el niño que lo va a ver a hurtadillas, de que el desván es un barco donde el proscrito está ocultándose. Debí leer novelas en noveno grado, pero la idea era entrar en contacto con la Naturaleza y no leer tanto, así que todavía tengo las que se habrían asignado a ese nivel y que no llegamos a leer.

         La idea del Sr. Riddering era acercarnos a la Naturaleza y no entrar tanto en el tema obsesivo de la escuela, que es la reproducción y la sexualidad, así que evitamos Yuyo, la de la jíbara que aborta y es condenada por el juez. Guardada tengo todavía Memorias de Mamá Blanca, que es la historia de una madre adoptiva, que es un ser humano tan común desde 1815, con la inmigración canaria. De ese grado y que no leímos tampoco eran Los hombres del hombre y El niño que enloqueció de amor. Las encontré misteriosamente en el cuarto bien amarillas, con las páginas pegadas por la humedad. Es verdad que el Scout Master evitó darnos esas dos, hay algo de enfermiza obsesión que no cuadra en una vuelta a la Naturaleza.  El noveno grado fue el año decisivo para muchos, ahí se notó quién seguía en la escuela y quién mejor iba a trabajar desde joven.  Después, nuestra vida fue igual que la vida de otras escuelas. Los que siguieron en la escuela leyeron lo mismo, y sí se hizo énfasis en la reproducción y en la sexualidad, aunque no de la manera cruda que le tocaba enseñar al maestro de noveno grado. 

sábado, 21 de agosto de 2021

La lectura es como un noviazgo

        Yo me parezco a mi padre en muchas cosas. Tengo muchos libros de literatura marxista que quisiera entender, pero el lado religioso no es mi fuerte y los datos los puedo asimilar sin conocimiento de lo que implican en la vida cotidiana. Si es menester aceptar lo que dicen, hago el esfuerzo y creo, aunque se me olvide lo que tengo que creer. A mi papá le pasaba lo mismo con los libros de non-fiction. Los quería asimilar y siempre estaba en la mejor disposición de aceptar lo que decían, pero no significaban gran cosa para él. Para mí, por supuesto, menos todavía. Sin embargo, una novela sencilla de noveno grado que no pude leer a tiempo en la escuela, por lo desordenados que eran mis compañeros, la habría entendido cuando valía la pena que la entendiera. Ahora las puedo ver rotas y medio podridas de tan viejas que están, pero si me pongo a ver lo que dicen, me felicito porque las habría entendido a la edad en que habría valido la pena leerlas. Es una lástima pensar que estaban guardadas a la espera de una maestra que hubiera tenido la bondad de asignarlas. A cierta edad uno lee para que alguien te celebre que has leído algo que le importa. Es como un noviazgo. 

Carrie

             Theodore Dreiser no siempre estuvo en altas. A veces tuvo episodios de baja autoestimación y llegó a decir que merecía que lo ejecutaran en la silla eléctrica, sin dejar de señalar que era un arribista fracasado. Cuando estuvo en altas fue un resentido que odió a su compañera actriz, y hay libros que describen más que bien la verdadera confusión de su vida, sin aludir directamente al autor, como el de Oliver Sacks, que habla del hombre que confundió a su mujer por un sombrero. Algo de eso dice la autora puertorriqueña Marta Aponte Alsina en un fragmento de novela histórica sobre el poeta William Carlos Williams, que formó parte de la misma generación de Dreiser. El fragmento en cuestión apareció en la Revista Letras Salvajes de Alberto Martínez Márquez, y después en una edición impresa que llevó a cabo la escritora Mara Pastor. 

      Ahora bien, ¿por qué Theodore Dreiser a estas alturas del juego? La novela de cuando estaba en bajas me la obsequió precisamente el editor de Letras Salvajes, que posteriormente ha declarado el nuevo interés de los puertorriqueños por la novela y el cuento histórico. Otra vez vamos para Fernández Juncos, nos dice el profesor Martínez en un suplemento en el que apareció haciendo manifiesto su sentir al lado de la profesora Pastor. La novela de cuando el Sr. Dreiser estaba de mejor humor dio pie a una película de horror bien famosa, Carrie, que lo conecta inmediatamente a los zombies de ahora. Nunca pude ver Carrie cuando era adolescente ni creo que la habría entendido bien a esa edad, pero ahora no me pondría a verla. Sin embargo, alguien me consiguió la novela de Dreiser en la que se basa Carrie, que es más seria y se titula Sister Carrie. Me imagino lo que dice y no creo que la termine.

Sobre la alimentación

             De vez en cuando veo libros de cocina en las estanterías callejeras de Río Piedras, pero por lo menos no he visto los alimentos que reseñan en sus recetas y por esa razón dejé de traérselos a mi madre, ya que no hablan de cosas que se puedan comer aquí. En 1989, acerté a conseguir un libro que tiene sentido porque esos alimentos sí se pueden conseguir en la localidad y sus recetas se pueden hacer. Hace poco pude ver reseñado otro libro de ese tipo que no sé si tiene sentido, aunque lo dió a conocer una profesora de historia. Como tengo la suerte de tener encargada la compra de alimentos, sé qué cosas tienen sentido y qué no tienen sentido, pero mantengo una extricta reserva sobre el particular. El asunto tiene alguna importancia, ya que la prensa habla más que mucho de la alimentación correcta. No conozco ni someramente el tema que tan bien conoce mi madre. Me refiero siempre a una lista que ella escribe en un bloc. Recuerdo que cuando estaba casado ya sabía cocinar y sin embargo, por no haberlo hecho yo con más frecuencia, se me olvidó lo que sabía hacer. Como he perdido muchas piezas dentales y no me ha pasado eso por mala salud, sino por la edad a la que he llegado, me limito a comer sopas de fideos como los enfermos terminales, y no me siento mal. No obstante, mi madre me invita a hacer el esfuerzo de comer todavía cosas que sólo de joven podía negociar. Una comida que echo de menos por la edad es el churrasco argentino y otra cosa que ya no puedo comer es el sandwich cubano. Eso me llama a nostalgia casi como una novia.

jueves, 19 de agosto de 2021

El nuevo no me importa

            Una novela que siempre me ha llamado la atención por la complejidad de sus referencias es The white cascade, que narra según dicen muchos un olvidado accidente de ferrocarril en 1910. Tiene todos los ingredientes de un texto cervecero, de esos que dicen alguna verdad que puede o no importarle al que la suscribe, pero inmediatamente después que el lector ha emprendido la lectura, se entiende capaz de suscribir tal riqueza de matices, que uno reflexiona si la falta de compromiso del autor, su aparente cold dryness, es una ironía más lo mismo que su no llegar a ninguna parte. En la contraportada del texto está el meollo principal de la trama y se puede seguir o no leyendo, sin perder lo que importa notar. El gerente de la compañía de ferrocarriles enfrenta cargos por negligencia en vista de que contrató varios plows o empleados de riego para trabajar en la vía, sin tomar las necesarias precauciones. Como es de esperarse esta negligencia del gerencial es la responsable por una nevada que destruye la vía y deja sin vida a innumerables parroquianos que habían comprado pasaje para viajar en el tren, enterrados todos en la nieve. El detalle que nos deja saber que estamos ante un cold dry novel es una la mención acaso irrelevante del hecho de que las vías alternas del tren son de hierro colado y no de fundición. Un spur o solución química para colar el metal sugiere lo mismo que una cepa de células madres, que se obtiene de la misma manera, con una solución química. El dato peregrino nos conecta de inmediato al referente obligado de ese tipo de literatura, que es la reproducción humana y la cibernética. 

             De buenas a primeras, la seca verdad narrada sin aparente compromiso, puede o no llamarle la atención al lector. La novela cold dry es cosa de todos los días en los Estados Unidos. Las hay mezcladas con alegoría, o más bien figuradas, lo mismo que se puede ver en cualquier novela española desde Cervantes hasta el día de hoy. Pero lo que llama la atención no es la paleta del artista, sino eso que los ingleses llaman la intensión y los griegos el telos, el propósito. El juego imaginativo está precísamente en esa zona y no en el color. A ratos la narración puede ser directa y sencillamente narrar el accidente, o simplemente conectar con el referente de un cold dry novel, que casi siempre es la reproducción, pero es su falta de compromiso, su no desear comunicar nada, lo que hace resaltar la novedad. La actitud del autor en este caso, la sequedad de lo presentado, que se conoce como dry humor, sin que realmente haya el deseo de hacer reir, es lo que importa destacar como una actitud nueva que se puede verificar hasta en el nuevo teatro americano.

             Por ejemplo, un nuevo dramaturgo de hoy prefiere reescribir La Duodécima Noche de Shakespeare, y no una obra suya a secas. Se nota que es un autor de talento que podría figurar sin problemas en Broadway, como Henry Miller, pero como no tiene el compromiso de un Miller, prefiere no ser nadie y reescribir un drama isabelino en una antología escolar. Todo eso es nuevo, no ocurría en el pasado. Que sea una actitud nueva no quiere decir que sea una actitud buena. Yo en lo personal no comparto esa actitud, que me parece pedante y altanera, típica de un profesordello como los personajes de los que habla tan bien Julián Ríos, el autor de Larva y Poundemonium. Se ve más en el escritor americano y menos en el español, y yo creo que es por eso que prefiero ser español y puertorriqueño, y no ya norteamericano. Toparme con un personaje como los trasfugas o sexpedidionarios de los que habla Julián Rios no me gustaría.

sábado, 14 de agosto de 2021

Variacion intervocálica

            Un ejemplo del descubrimiento lingüístico que relata Labov en su obra Sociolinguistic Patterns se puede encontrar en relatos de Raymond Carver. Se refiere a la variación intervócálica, como en las palabras vessel y vassal, que en el relato de Carver denotan no sólo un cambio de sentido sino de contexto social. En el cuento de Carver se narra la historia de un cardiólogo que le explica a un particular lo que él lleva a cabo como doctor. El narrador nos cuenta que el doctor está bebido y que por esa razón no está pronunciando bien las palabras, o confundiendo unas cosas con otras, como cuando quiere explicar que su trabajo tiene que ver con las venas y las arterias, o vessels, a la misma vez que quiere dar su opinión sobre los pobres, que según él la pasan más que bien siempre: vassals done it good. Este relato aparentemente poco importante da noticias sobre un hecho lingüístico que se ha descubierto en el inglés, la tan mentada variación intervocálica, que no hay aparentemente en el español de América. Germán de Granda dice que ello se debe a la notable desigualdad que había entre indios y negros con los españoles. Sin embargo, anota que tomar un sólo hablante idiosincrático como caso que sirve de ejemplo no es justo, por lo que un cuento como el de Carver no vale para probar que ese fenómeno es común. Tipos originales como Labov o Carver no son la regla.