miércoles, 24 de noviembre de 2021

Otra vez las novelas de espias

     Nunca fui adepto a las novelas de espionaje, pero sí es verdad que leí alguna en la adolescencia. Siempre estaba presente la figura de Robert Ludlum. La novela The Holcroft Covenant, que trata sobre la liquidación de una carpeta financiera, le da de qué hablar a los críticos literarios norteamericanos. Les importa menos el problema económico que la caracterización del protagonista, lo que habla bien de ellos, que al igual que los españoles le dan más acento a la sicología de los personajes que a su modus vivendi. Dice la editora Fiona Kellegham que el fuerte de Ludlum es retratar a los biggies, los varones americanos de treinta y tantos que ganan lo mismo, treinta y tantos miles anuales, por cada año que sobrevivieron a las escuelas de su país. Casi todos reciben una oferta que los va a botar de la pequeña burguesía, aunque es verdad que alzándoles la cola, pues son todos bien educados y ya han sido yuppies. Los héroes de Ludlum son todos biggies, ganan treinta mil dólares anuales y cuentan con un solvente título académico, pero por alguna razón no se ganan el cariño de los trabajadores y es ahí que se ve el ingenio del novelista que propone convertirlos en espías.

    Las novelas de Ludlum, nos explica Kellegham, casi siempre dan cuenta de la paranoia política que ha creado las teorías de las conspiraciones, pero hay excepciones notables como la que yo leí y como otra que veinte años más tarde trajeron los libreros a San Juan, The Altman Code, que comenta la cuestión de los códigos de seguridad, los passwords y la privacidad del mundo político, pues ahí es que Ludlum presenta su concepto de lo que es un código. Para los más es como un pasador o un filtro, para Ludlum es un cambio de contexto o eso que Deleuze llama desterritorialización. Que te saquen del sitio en dónde trabajas o te alimentas, basta para que tu vida sea un filtro o un pasador, si no un secreto, a la luz del que no te conoce. En el caso de esa novela de Ludlum, el biggie viaja a China para casarse con una mujer china, porque el tipo es una rareza lo rechaza inmediatamente y porque es un profesional rechazado, va a dar con la posible compañera independentista que prefiere referírselo a un banco en Filipinas. Obviamente, ese escritor se moderó mucho en la ancianidad. Altman es otra manera de decir Dios, a la luz de los traductores de los Upanishads o libros sagrados del Indostán. Obviamente, el biggie es un hombre de Dios. 

martes, 16 de noviembre de 2021

Otro poema de Jacques Prévert

 El gato y el pájaro

 

La aldea escuchaba desolada

El canto de un pájaro herido

Es el único pájaro de la aldea

Es el único gato de la aldea

Que lo ha medio devorado

Cuando el pájaro deja de cantar

el gato deja de ronronear

Es hora de montarle un museo

Y la aldea le hace al pájaro

Maravillosos funerales

Y el gato que ha sido invitado

Camina detrás de la pequeña estera

Donde yace alargado el pájaro muerto

Llevado por una niña

Que no deja de llorar

-Si yo hubiera sabido que te iba a dar

Tanta pena- le dice el gato a la niña, -lo hubiera

Devorado todo y te habría contado

Que lo había visto volar, sí,

Volar hasta la esquina del mundo

Ahí abajo donde todo está lejos.

Habrías llorado menos

Simplemente de pena

Y de remordimiento.

 

No hay que dejar las cosas a medias.

 

 

Del libro Historias de Jacques Prévert

Reseña que alguna vez me llamó la atención

 La ruta de los celos

 

Para tratarse de un relámpago, no es más que eso. No hará falta que la mirada cruzada que Alicia le de a un desconocido, joven mujer sin antecedentes, especialista renombrada en la fabricación de jeringuillas, para que se descorra el espejo que media en el Reinado del Erotismo para vivir ahí los éxtasis más incandescentes. Alicia no sabe nada de ese hombre, pero lo sigue dócilmente a dondequiera. En un anodino apartamento, se libran escarceos tan intesos que podrían aportarle algo a la ebullición de un regimento de esquimales. La primicia hace pensar en los relatos de Hanif Kureishi, a partir de los cuáles Patrice Chereau adaptó la cinta Intimidad. Pero no se trata sino del guionista Nicci French, escritor bicéfalo, que aúna la cabeza de Nicci Gerard y de Sean French. Esta pareja de periodistas (ya van por su cuarta obra) se ha hecho de una divertida reputación picoteando aquí y allá bestsellers que se leen de una sentada, donde el suspenso es el hecho más notable.

 

Fragmento de la reseña cinematografica de la película Fuego Glaciar, del cinesta vietnamita Chen Kaïge, basada en una novela de Nicci French.

 

Tomado de Magazine Litteraire, junio del 2002.

Carta vieja

 


domingo, 14 de noviembre de 2021

Fragmentos de poesía amorosa

 Pensaba conocerla, faltaba nombrártela

Se lo dije a mi padre, y estaba contigo

Pero no sé de nada que aminore mi tedio

Ese retraso nos rendirá sus rudos cuerpos de mala manera;

Aún así el estrés no se irá enseguida

Y todo alegato de que es necesario esperar

Es llorar tarde porque hay que llorar

 

Horacio de Corneille, Tercer Acto, Tercera Escena

 

¿Amor, quizás, o tengo la estima por el suelo?

Su secreta mordida está a la vuelta de la esquina,

Ahora que le conviene llamarse de cualquier manera.

Qué puede importar. Él ve, él va, él sueña, él toca.

La silla quedó justo al lado del lecho en donde duermo.

Así pude verlo salir a otro destino.

 

 El cementerio Marino de Paul Valéry, Estrofa XX

 

Suelo decirme- de cuándo en vez- Clov querido,

Lo que haría falta verte sufrir menos que yo,

Si quisieras que yo te dejara salir de aquí

El día menos pensado.

 

Fragmento del monólogo de Clov,

Final de Juego de Samuel Beckett

 

La tierna y peligrosa mirada del amor

 

La tierna y peligrosa

Mirada del amor

Se me apareció una tarde

Después de un largo día

Se trataba de un arquero

Y su arco

O acaso de un músico

Y su arpa

Quién sabe

Lo único que sé

Es que él me hirió con una flecha

O quizás con una canción

Todo lo que sé

Es que me hirió de corazón

Y que todos los días

Y por siempre seguirá supurante

Y más que supurante

Esa herida de amor

 

Historia de Jacques Prévert

miércoles, 10 de noviembre de 2021

De nuevo el potlatch en un libro de Arturo Carrera

             Noticias sobre el potlatch encontré vagamente en una obra de Bataille sobre el comercio latinoamericano. Para Bataille, la guerra la libran los comerciantes gratuitamente y sin aparente motivo, con un proposito ritual. La llamada guerra florida, donde las inversiones se hacen sin necesidad, para enfrentar al enemigo en una fiesta, deja siempre perplejo al francés. En medio de esas observaciones, nos dice lo que es el potlacht para él. La raíz etimológica es sioux. Los indígenas de Norteamérica le prestaban al inglés su fuerza de trabajo, bajo la forma de un retoño, a cambio de dinero. En la casa de un inglés crecía ese hijo o hija, que era la garantía de devolución del dinero que se le estaba prestando al indio. Toda vez que devolviera lo que se le había prestado, recuperaba al hijo y podía sacarlo de la casa inglesa donde lo tenía al servicio del señor. Claro, el potlatch es lo que hoy en día se conoce como un préstamo sin colateral. El que pide prestado y no cuenta con una propiedad inmueble que garantize la devolución de ese dinero, debe acudir a esa manera de garantía que es el potlatch.

 

En ese sentido, el libro Potlatch de Arturo Carrera que se acaba de publicar entronca con el tema económico y a la vez con la actitud que se cree es la correcta desde que América Latina es independiente. Un aviso de esto es en Puerto Rico, el Aguinaldo Puertorriqueño. ¿Qué es el aguinaldo en tierra andaluza? Es un niño que se le obsequia a una mujer empobrecida para que se defienda, y a esa luz se debe leer el primer libro de aquí. Si en Andalucía el aguinaldo es un regalo de vida, lo que Alonso nos dice es que en Puerto Rico no es un ser vivo sino un libro. Por la misma línea, el libro de cuentos Potlatch, un mazo de papel y tinta, es lo que cabe como la garantía de un préstamo. Esta postura va con el cuento que la explica, Esque somos muy pobres, de Juan Rulfo en El llano en llamas.

lunes, 8 de noviembre de 2021

Yo estuve en el palacio de la luz

        -A Kattia Chico



     Borges adelantó muchas ideas sobre el ambiente de las computadoras en un libro de poemas breves que tituló Los conjurados. Ahí se explica bien cómo se recibe en el mundo la idea del control que le atribuyen los franceses a los programadores. La idea más básica es que la cibernética es timón y no control. Un cyberpunk es un timonel, no policía y mujer como la rejilla. Los conjurados es un evento propio no del ambiente de los programadores sino de las comunicaciones. Es la reacción que cabe esperar cuando el mensaje está adulterado o sujeto al azar. Una cosa no tiene que ver con la otra. Lo que ocurre con el mundo de las computadoras no tiene nada que ver con lo que ocurre con la prensa y la publicidad. Los programadores van por un lado y los divulgadores por otro, como pasó con los críticos literarios y los artistas de la palabra. Bueno, porque desde el principio no tienen nada que ver unos con otros.

    En este ambiente de finales de los Ochenta, era curiosa la publicación de La conjura de los necios de John Kennedy O`Toole, que es una parodia de la seria idea borgeana. Una consecuencia inmediata de la nube era la sobrestimación de un silver beak como Borges, más si era joven y privilegiado. Era epítome del Nuevo Orden Mundial, con un gran discurso como el de Borges. El personaje de la conjura era exactamente lo contrario, tan cerca del poder y la luz que era un cero a la izquierda, y eso nos daba gracia. Kattia Chico tiene un buen poema sobre este asunto que se titula El palacio de la luz, y claro, un verso que tampoco olvido que dice: yo estuve en el palacio de la luz.

Lo nuevo en computadoras

     Tengo una idea vaga aunque cierta de lo que puede estar pasando fuera de mis cuatro paredes cuando repaso lo que hay sobre mis escritos en papel. No sé lo que ocurre con lo que aparece en la red, sobre ello ahora me atengo a lo que dicen los expertos en informática y no a lo que dice la crítica literaria. El evento que importa señalar, que no adquiere aún la contundencia de un concepto, es la bien o mal llamada nube, que como la rejilla tuvo su tiempo. La rejilla, que es una idea madrileña, se comentó ampliamente en las redes cuando empezó la Internet y todavía había que llamar por Dial Up a un servidor telefónico. Es una idea vieja como la de la Virgen María de los luteranos y se aplica a las mujeres que trabajan en el mundo de las computadoras.  La nube es reciente y trata del acceso a la información. Algunos creen que el acceso ilimitado a cualquier información es ya un hecho que se puede verificar científicamente. Admitir que existe tal cosa como un acceso ilimitado es privilegio de pocos. No a todo el mundo le reconocen esa conciencia públicamente. Eso es lo que Martin Gore llama en su canción The policy of Truth.

    Borges era amigo de adelantar ideas sobre el lenguaje más apropiado para trabajar en el área de la cibernética y decía lo mismo que mis maestros de matemáticas. La lógica de George Boole, sobre la que Pierre Menard, el autor del Quijote, deja un peregrino comentario en su extraña bibliografía, era la estructura sobre la que construyó el lenguaje que se empleaba para enseñar a programar. La idea más antigua de lo que es programar se ve en la rejilla. Como hay en la célula un núcleo que tiene la información o DNA, hay un mensajero que tiene la misma información o RNA, aunque no está aislado como el primero y está sujeto a los azares del medioambiente. Cibernética es ese contexto es tratar de conjurar el azar que vive el portador o mensajero. Hay escritores que se fijan más en el hecho de que la programación es control y pueden escribir un libro como The human use of human beings.

    La nube no es una idea de cibernética, sino de la informática. Conlleva legislación sobre los derechos de autor, que en estos momentos y ante el nuevo tratado del presidente Biden, tiene como consecuencia la apertura más completa imaginable a todo tipo de datos y a todo tipo de personas. Borges también decía con humor, como René Descartes, que el buen sentido es la cosa mejor repartida y que no tiene razón de ser encuevarse con lo que uno piensa, ya que todo el mundo piensa e imagina. Acceso ilimitado a todo lo que escribe el que se toma la molestia de anotar los suyos es un derecho que describe el nuevo tratado internacional. La nube es el efecto inmediato de esa política y ya existen poemas sobre el fenómeno. El poema Nubes de Enno Ahl advierte que la Nube es la máscara del Nuevo Orden Mundial y nos describe un personaje típico de raíz Dickensiana, un señorito que se sobrestima y deja de escribir porque está seguro de que todo el mundo está ligando lo que escribe en Cloud. Borges tiene su versión de un personaje igual de super encumbrado en un poema que lleva el mismo título.