Nunca fui adepto a las novelas de espionaje, pero sí es verdad que leí alguna en la adolescencia. Siempre estaba presente la figura de Robert Ludlum. La novela The Holcroft Covenant, que trata sobre la liquidación de una carpeta financiera, le da de qué hablar a los críticos literarios norteamericanos. Les importa menos el problema económico que la caracterización del protagonista, lo que habla bien de ellos, que al igual que los españoles le dan más acento a la sicología de los personajes que a su modus vivendi. Dice la editora Fiona Kellegham que el fuerte de Ludlum es retratar a los biggies, los varones americanos de treinta y tantos que ganan lo mismo, treinta y tantos miles anuales, por cada año que sobrevivieron a las escuelas de su país. Casi todos reciben una oferta que los va a botar de la pequeña burguesía, aunque es verdad que alzándoles la cola, pues son todos bien educados y ya han sido yuppies. Los héroes de Ludlum son todos biggies, ganan treinta mil dólares anuales y cuentan con un solvente título académico, pero por alguna razón no se ganan el cariño de los trabajadores y es ahí que se ve el ingenio del novelista que propone convertirlos en espías.
Las novelas de Ludlum, nos explica Kellegham, casi siempre dan cuenta de la paranoia política que ha creado las teorías de las conspiraciones, pero hay excepciones notables como la que yo leí y como otra que veinte años más tarde trajeron los libreros a San Juan, The Altman Code, que comenta la cuestión de los códigos de seguridad, los passwords y la privacidad del mundo político, pues ahí es que Ludlum presenta su concepto de lo que es un código. Para los más es como un pasador o un filtro, para Ludlum es un cambio de contexto o eso que Deleuze llama desterritorialización. Que te saquen del sitio en dónde trabajas o te alimentas, basta para que tu vida sea un filtro o un pasador, si no un secreto, a la luz del que no te conoce. En el caso de esa novela de Ludlum, el biggie viaja a China para casarse con una mujer china, porque el tipo es una rareza lo rechaza inmediatamente y porque es un profesional rechazado, va a dar con la posible compañera independentista que prefiere referírselo a un banco en Filipinas. Obviamente, ese escritor se moderó mucho en la ancianidad. Altman es otra manera de decir Dios, a la luz de los traductores de los Upanishads o libros sagrados del Indostán. Obviamente, el biggie es un hombre de Dios.

