sábado, 28 de abril de 2018

Bienvenidos a la Historia de la Espía



       El escritor pensó en un cuento nuevo. Ya nada se le daba. No podía narrar nada, no tenía una noción clara de las cosas. Su madre le pedía que escribiera cuentos para niños, pero ni modo. Tampoco iba a los recitales de poesía. Se le perdían los detalles de los sitios, San Juan ya no tenía sentido. Había tratado de sostenerse económicamente vendiendo calendarios, pero pronto ya nadie le quiso comprar calendarios. Ya no tenía dinero para nada, ni para cigarrillos. Bueno, anteriormente había estado así, antes de que naciera su hijo. Vivía en un apartamento en aquel entonces. Todavía podía escribir algunos cuentos, pero pronto la gente se fue alejando de su persona. Así que no había nada. La nada. Entonces, nada. Ni la muerte ni el desprecio. Claro, que pensó en un nuevo tipo de historia. Historias de su abuela, ¿qué tal? Historias sobre su padre. Bueno, en fín, nada. Tantos detalles no convienen. Tantos perros, tantos muebles. Uno monólogo quizás, ¿quién querría representarlo? Entonces, como es natural, se viró sobre la cama.
       Sí, pensar en la cama. Por la mañana, su hermano salió a comprarse una crema. Unos tabaquitos, los Don Bienve, era su ilusión en aquel momento de su vida. De una época en la que los tabacos eran más baratos. Pero salido al revés. No pensando en ello. Moviéndose acaso, un poco a la derecha. Te voy a tirar una foto, y ya eso sería todo. Lo importante era tomar nota de estas cosas. ¿Quién le escribía en aquel entonces? Una poeta, un actor. Ellos le mandaban mensajes. El escritor imaginaba, por su lado, que el actor no era el actor ni la poeta la poeta. "Estos cuentos no convienen", se dijo. "Nadie tiene interés en lo que escribo, nadie se fija". Pero no era tan grave en el fondo. Terminar un cuento como este sería un reto. Pues no se llegaba a ninguna parte. Lo otros cuentos eran viñetas. Pequeñas imágenes religiosas.
       Entonces empieza el cuento. Ohh... Es como una montaña lo que se acerca. Ahí viene. Nota ese detalle. ¿Qué haremos cuendo venga el cuento? ¿Qué haremos cuando todo termine? Cuando se pueda decir: el autor, el autor terminó una historia. Y es cierto que así vienen muchos. No es nada grave. El cuento está saliendo como un recien nacido. Primero, la cabeza. Asoma la cabeza. Se puede ver el pelo mojado. El color gris ceniza, pues aún no respira por su cuenta. En el seno de su madre, ¿qué tánto lo esperó? El cuento viene así. Bueno, eso dicen los cuentistas. No se puede ser tan crítico. No se puede esperar interminablemente. Hay que pasar esa selva tupida de palabras preliminares. Alguna historia tienes que contar. Algo se te tiene que ocurrir. Algo tiene que haber pasado. Siempre pasa algo.
       Digamos que se te ocurre la historia de Nayda. Se trata, por supuesto, de una niña que estudió en una escuela de espías industriales. ¿Cómo la vamos a hacer? Pues todo comienza brevemente. Una muchacha retardada mental. Eso es lo primero. Descubre que la ex mujer del escritor le escribe mensajes a su nuevo novio, que le contesta con una dirección de e-mail que da la impresión de que es el escritor, y no el nuevo novio, quien le contesta. Así empezó el cuento de Nayda más o menos, y todavía no lo ha terminado. Porque le faltan detalles, porque la historia no es verosímil.
       Pero ya siente pereza el escritor. Ya no quiere narrar los detalles. Ya no le interesa la historia, ni el suspenso. No es exactamente pereza. Es falta de interés. ¿Cómo esperas que se interesen en tus historias si tú mismo no tienes interés en ellas? Se pregunta esas cosas, y otras, esa mañana en que su hermano ha salido a comprarse una crema en la panadería. Y pensando en el pan caliente, todo lo ha olvidado. Mañana quizás. Puede ser que mañana quiera seguir. Hoy no. El tabaquito Don Bienve, eso es todo. Sí, puede ser que mañana quiera seguir. Olvídate de todos esos profesores que no te otorgaron el título para que dieras clases, olvídate de todo lo que te pasó cuando eras estudiante. Mejor déjalo todo olvidado. Déjalo todo abandonado.
      Sin embargo, el cuento quiere ser. Algo marcha bien. Pues, bien. Seguir con la historia de Nayda. Juan Carlos te decía que era espía, cuando vendías stereos en la juventud. No pensabas que te gustaría la literatura. Bueno, porque no te habían sacado de todas partes. Entonces, la literatura es un consuelo. Pero, ¿qué hay de Nayda? La poeta te pregunta mucho de ella. Todo el mundo, dos personas, quiero decir, se interesan por la historia. Dices que es espía industrial. Pistas que te han llegado a la casa. Que vino a verte una niña con retraso mental que usaba su nombre. Familias la habían llevado al notario para que usara ese nombre cuando estaba contigo en el apartamento. Y es ridícula esa idea de tener un apartamento cuando los padres de uno están tan cerca. Idea de mujeres, y uno las deja hacerlo. En una isla tan pequeña, quiero decir. Y se te ocurre decir que Nayda es espía. Ahora bien, ¿por qué se te ocurre esa idea? Es el bebé de cuento que nace, uno sencillamente no controla el azar, pues la historia no tiene por qué tener sentido. 
La muchacha retardada que vino a verte no se parecía a la muchacha Nayda que estudió contigo en la Universidad, cuando tu compañero te decía que ella era espía. O por lo menos, que se fijaba en los demás. No tienes por qué ser tan dramático. Bueno, es la historia de la espía industrial. Bienvenidos a la historia de la Espía Industrial. No haremos otra. Esa es la que vamos a terminar. Pero, ¿por qué no la terminas? Bienvenidos, bienvenidos, pasen todos. ¿Qué es lo que pasó?
Llegó a la casa del escritor una niña con retraso mental. Usaba el nombre de una antigua compañera de estudios del escritor, en aquella época en que todavía era joven y vendía stereos. En una época buena. La actual no tan buena. No ha dinero, no hay nada. Y llega a su casa esa muchacha con el nombre de la otra. Bueno, eso es lo que le ha dado motivo al escritor para pensar que Nayda es espía. Se le injerta en el medio una explicación.
¿Por qué piensas que Nayda es espía? Es un incidente de tu vida, de cuando eras estudiante, que una muchacha estuvo contigo para desarrollar una cepa de células madres. Las células madres tienen una peculiaridad. No son como los embriones. Si una mujer da a luz un embrión, el nene se parece a la mujer que lo otorga, pero con las células madres no es así. Sucede lo contrario. El nene se parece a la mujer que recibe la cepa, es decir, que pasa lo contrario. Este incidente, justamente, es el que te hace pensar que Nayda estaba detrás de un hijo tuyo. Ya queno quiso alumbrar la cepa. Esperaba alumbrar un embrión.
Cuando la nene retardada llega a la casa del escritor, piensa que Nayda toma represalias. Ya que si le entrega la cepa a la nena retardada, va a nacer un nene retardado con la cepa de la donante. Y fundamentalmente, esa es la historia de la espía. Ya ha tenido el escritor que dar algunas explicaciones de orden técnico, ya ha tenido que explicar algunas cosas, cuando en los cuentos, por lo general, se sugiere todo. Pero le sucede eso. Tiene que dar explicaciones todo el tiempo, tiene que sentarse a enseñar biología.
Y no es que esté mal, realmente mal. La historia de Nayda no termina. Todo sucedió azarosamente. La nena con retraso sabía que la donante, la esposa del escritor, ya no estaba con él. Pero se consolaba recibiendo por e-mail mensajes de un nuevo novio que tenía una dirección con el nombre del escritor. La nena retardada espiaba la cuenta de la ex mujer. Pensaba que el escritor todavía le escribía. Ello le dio dolor al escritor, que no tenía computadora. Y así empieza la historia con la nena retardada. No sabía qué hacer con ella.
Aunque nuestros padres viven cerca de nosotros, y no tiene sentido tener un apartamento. Aunque si tenemos un apartamento, vienen nuestros padres a averiguar cómo nos va, el pueblo le había conseguido el apartamento a la nena. Forzoso para el escritor cuidarla, otorgarle la cepa incluso, aunque la pierda. Pero afortunadamente, la nena no quería ser madre. De aquella época en la que fue vendedor de stereos, le quedaba una amiga. Una amiga de Carolina.
La amiga de Carolina era una muchacha que usaba el nombre de la donante. Cuando vio que habían dejado al escritor con una nena retardada que no deseaba ser madre, la amiga de Carolina se ofreció a ser la madre de la cepa. Entonces, como es natural, no perdería el trabajo que había hecho con la donante cuando era estudiante. Pero, ¿quién era Nayda? El escritor no sabía.
Y ahí viene el cuento. Es un nene, es un nene. La amiga de Carolina lo ha cargada nueve meses. Son las etapas finales del trabajo. Primero se asoma la cabeza y puede ver el pelo. Puede ver el color gris ceniza de la piel, ya que no respira aún. El escritor reflexiona. La extraordinaria generosidad de esa amiga que le ha ofrecido ser la madre de su hijo. ¿Qué harán con el nene luego? El escritor ya no piensa en eso. El nene viene en camino. Todo ha terminado. Un leve dolor de cabeza, pues no sabe quién es Nayda. Aparentemente, habría sido la madre si su esposa hubiera donado un ser completo. Pero una cepa no. Ser en parte la madre del nene, no. Eso lo ha hecho la amiga. Y puede ver a su amiga cuando lo alumbra. Relámpagos a lo lejos. Todo ha terminado.
II
No he terminado la historia de la espía. Un día, un sólo día, y casi un sueño. Nayda está en una casa de Isabela en donde guardo algunos muebles una colección de tocadiscos. Ya el nene ha nacido. Nayda administra la propiedad, que no es mía. Nuestra relación es distante. Nayda es como una casera, lo que es raro. Tu alma en tu almario. Nadie se imagina que ahora todo esto es un sueño. Tan distante la persona, que ya no tiene una realidad corpórea. Pero seguimos adelante. Quieres contar un cuento largo y necesitas seguir. ¿Cómo seguir? Te preguntas eso, pues no tienes más nada qué hacer. Ya no se te ocurre nada. La descripción de un paisaje te cansaría. Insertar ahí el nombre: Nayda. Como en un formulario. Pues, no tiene sentido, ya todo esto lo has hecho, lo has vivido. Le digo a Nayda que me voy a llevar los tocadiscos para San Juan. Ella, por otro lado, no tiene nada que ver conmigo ya. Su presencia animal no me dice nada. Así tendría que terminar todo.
Varios sueños se suceden. Un agricultor quisiera ser cazador. Persigue una presa y los ganaderos lo detienen. Otro. En la Universidad, siempre ahí. Ya casi ni lo recuerdo. Pero trata de máquinas. Los recuerdos de los sueños. Y casi no hay nadie en ninguna parte. Cuando dicen "action writing" es que no hay nada qué decir seguramente. MI amigo fue así. Se fue un día. Ya no había más nada qué decir. Nada qué hacer. Si recordaba un cuento, se iba para su casa o se mudaba lejos. Me escribía desde allá porque había fundado una casa editorial. Poco a poco no tenía nada qué hacer, ni qué decir. A mi hermano le recetaron un glucómetro. Había que aprender a usarlo. Cuando yo trataba de escribir una historia como antes, no tenía nada en la cabeza y ya me iba para mi casa. Lo fuí terminando así. No pensaba nada, no se me ocurría nada. No había nigún argumento al que yo pudiera hechar mano. Ayudé a mi amigo con un argumento. Todavía la embriología era un tema de interés, y se lo dije. Pero a poco no había nada qué decir.

viernes, 27 de abril de 2018

Ese tanque se llama Pershing

         Luís Delgado me explica que los tanques Sherman, como el que se encontraba destruído en la playa de Icacos en Culebra, se llaman Pershing en Inglaterra. Luís mandó a pedir un modelo de armar de ese tanque por la Internet. Eso ha sucedido hace poco que mi amigo me recuerda que de nenes armábamos infinidad de modelos de tanques, algunos con mirillas por los que se podía ver una explosión. El padre de Delgado, don Epifanio, nos llevó a ver la película Midway, una anodina batalla con los japoneses en el Pacífico. Siempre las películas de guerra narran eventos sin importancia histórica. A bridge too far narraba la voladura de los puentes por la CIA en Alemania, cosa que a nadie le importa ahora. Otra que recuerdo hablaba de los paracaidistas americanos. Recuerdo todas estas cosas ahora, pues ya he publicado cuentos sobre los aviones que armaba de nene con mi padre. Tenía un libro sobre los aviones que se llevaron de mi casa, igual que el libro de Kattia y el catálogo de pinturas de Elizam Escobar. Seguiré escribiendo estas notitas a ratos y comparténdola con ustedes mis lectores. 

domingo, 22 de abril de 2018

Cuento familiar


            Nuevo Cuento de María



            El apartamento era una habitación sencilla con balcón y baño, que mi padre había adquirido para pasar los fines de semana en el pueblo de Isabela, donde vivía la mayoría de mis parientes. Nada me llamaba la atención del apartamento, excepto el hecho de que había que llenar una piscina poco profunda de agua dulce si no queríamos ir a la playa y que apenas había otros habitantes en el complejo, que no fueran la esposa de un ingeniero al que le gustaba bucear, con sus hijos. Por lo demás no había casi más nadie en todo aquel lugar. Sin embargo, no muy lejos de allí, había una especie de hotel constituído por una serie de cabañas de madera, muy bien hechas y con tratamiento contra la polilla, construídas por un alemán que vivía en el pueblo y que era famoso por tocar el violín. Durante un año nos quedamos en el apartamento recien comprado y caminamos hasta el hotel, donde se quedaban las muchachas. Cierta muchacha me dirigió la palabra y decidí visitarla en su casa. Me decía que vivía con un hermano que criaba palomas, pero cuando la fui a ver a una fiesta a la que el hermano me había invitado, no la encontré. Tener un apartamento en la playa no dio resultados, pues resulté ser más impopular de lo que se esperaba, y como mi padre en realidad estaba haciendo el esfuerzo de adquirir la propiedad, para hacerme conocer, decidió venderlo enseguida y prefirió comprar una finca de plátanos en la que se quedaba solo.

            Obviamente, su deseo era darme a conocer. Lo logró en cierta medida, ya que en el próximo año, cuando mi padre alquiló una de las cabañas como lo hacía el resto de los muchachos, trajeron a una muchacha que me llamó la atención también. Ya la primera muchacha, la hermana del joven que criaba palomas, me había dicho que no, pero de cualquier modo seguimos yendo a Isabela. El único detalle era que María se quedaba en el hotel con una familia que no era la suya, como una invitada de mayor edad, y que yo estaba con mis padres, muy protegido. Ello me restó atractivo, como es natural, y el próximo año mi padre incluso dejó de alquilar una de las cabañas. Ya no fuimos más al pueblo de Isabela para darnos a conocer socialmente. Hablé con mi padre sobre María.

            -María era una muchacha buena- le dije. -Aunque era algo mayor que yo, me dijeron que estaba en noveno grado. Pero se notaba que era más vieja.

            -Eso con el agravante de que es tu pariente- me dijo mi padre. -Conoces el caso de tu abuela, que está mal vista porque sirvió de jurado en el Tribunal que apresó a su marido. Si puedes no casarte con una de tus parientes, no serías tan impopular.

            -¿Cómo saberlo?- le pregunté. -A veces no usan sus nombres de pila. Se nos presentan con otros apellidos como si no tuvieran nada que ver con nosotros. Y cuando vienes a ver estás casado con una prima.

            -Yo no voy a alquilar otra cabaña- dijo mi padre. -Te advierto que si te casas con ella, está la mala fama que tienen los parientes que apresaron a mi padre.

            -Pero, ¿por qué lo apresaron?- le pregunté. -¿Cómo es que murió tan joven?

            -Creo que no se casó con mi mamá- me dijo. -En realidad no tengo ni la menor idea de lo que sucedió antes de que yo naciera.

            María, como es natural, era persona de cuidado, aunque se notaba que era buena. Algo ya era raro, y es el hecho de que me dijera que estaba en noveno grado cuando en realidad era mucho mayor que yo. Aunque no volvimos al complejo hotelero, me quise despedir de ella y el próximo año acampé con mi primo en una caseta, muy cerca de ella en el complejo hotelero. Cuando me vio de nuevo, se puso nerviosa y me presentó a una amiga más joven. Era cierto que no era menor, sino mayor que yo. Y que se puso tan preocupada cuando me vio de nuevo, que definitivamente comprendí que no estaba en noveno grado, como me decían. Cierto que por delicadeza, no se lo hice saber cuando encendió la fogata que siempre se hacía por las noches, cuando estábamos todos reunidos. María era morena y su amiga era rubia, como mi madre. Digo que me la presentó, pero en realidad no dijo nada. La rubia habló.

            -Ven a verme a mi casa- me dijo.

            Desmonté la caseta y no me quedé allí ni una noche más. Con cierto dejo de tristeza me alejé de la viejita María, que me pareció decididamente nebulosa, aunque por cumplir salí con la rubia. Claro, la llevé al cine con su hermano menor. Lo hice por amabilidad. No íbamos a vernos de nuevo, pero pasamos juntos una tarde en Ocean Park. Estaba claro que María, mi pariente, fue la que en realidad me interesó.

            Varios años después, cuando ya era estudiante universitario, volví a ver a la rubia. No estaba ya en la Facultad de Ciencias porque tenía planificado mudarme a los Estados Unidos, buscar otra vida lejos del caso de mi abuelo, y dejar esos pueblos en donde nunca nos quisieron. Cuando la rubia se me acercó en la librería, seguí de largo sin hacerle mucho caso. Eso, aparentemente, tampoco estaba bien. Entonces se me acercó una mujer desconocida con el nombre de pila de mi pariente. Le dije a mi madre que la desconocida usaba el nombre de mi pariente.

            -Yo diría que esa desconocida va a ser tu novia- me dijo.

            No convenía estar de malas con nadie. Así que me mudé rápidamente con la desconocida. Compartimos la beca Pell, hicimos nuestras compras en Domingo Domínguez, estudiamos juntos todas las materias. Me llevaba bien con ella, aunque me celaba mucho porque no estaba usando su nombre verdadero, sino el de mi pariente. Me pidió que me casara con ella con el nombre de mi pariente y llegó a insinurme que estaba embarazada.

            -No pienso procrear al bebé- me dijo. -Lo voy a dejar en el dispensario, que tu prima se las arregle como pueda.

            -Eso no lo vamos a hacer- le dije. -Mi pariente es inocente. No quiero ser motivo de infelicidad para ella.

            Nos casamos como ella me pidió, pero no hubo nada de hijos. Todo fue una borrasca.

II

            La Historia muchas veces cuenta que mis parientes fueron personajes importantes alguna vez. Cuando era estudiante, quise leer algunos recortes de periódico para enterarme de los hechos que hicieron desaparecer a mi abuelo tan joven. La verdad es que nunca supe gran cosa. Mi alegría principal era saber que no había sido motivo de pena para María, mi pariente, pues terminé mi relación con aquella desconocida que aparentemente la quería condenar. Sin embargo, muchos años más tarde, alguien llamó a mi casa con la intención de visitarme.

            -Soy tu amiga Nayda. Quiero verte en cuanto sea posible. Voy a tu casa esta tarde.

            No sabía quién pudiera ser la famosa Nayda. Recordaba vagamente haber visto a una estudiante con ese nombre cuando pasaban la lista de asistencia en la Facultad de Ciencias, pero no era ni lejanamente la persona con la que me había casado en el Tribunal de Hato Rey. Le pregunté a mi padre si sabía quién era. No me supo decir tampoco y la que llegó en un pequeño compacto japonés fue María, mi pariente. La viejita me porfió mil veces que su nombre era Nayda, que María no era su nombre en realidad, aunque efectivamente estaba emparentada conmigo.

            -Es mejor que te mudes conmigo- me dijo. -Recoje todos tus libros y tus discos y vente a Trujillo Alto, ya que allí si te puedo cuidar en lo que pasa el problema. Ignoro quién pueda ser la mujer que se casó contigo en la Universidad.

            Me mudé con mi pariente en lo que se arreglaba el asunto. No podía graduarme de bachillerato, ni seguir estudios superiores debido a la irregularidad con la que había estudiado en la ciudad. No podía convalidarme nada y al parecer, los créditos buenos que tenía en la Facultad de Ciencias también iban a caducar. Iba a tener que empezar a estudiar de nuevo. Aunque mi padre me decía que no sería bueno casarme con mi pariente, no me quedó otra alternativa y allí mismo en el apartamento la reverenda del pueblo de mi abuela ofició la ceremonia.

            -Nunca me has dicho quién era Nayda. Recuerdo haber visto a una estudiante con ese nombre, pero cuando se me apareció la muchacha que usaba tu apellido no la volví a ver. Sé que te quería inculpar por el pasado. Condenarte históricamente a tí a los tuyos. Ya en realidad yo no sé quiénes son mis parientes. Mi papá decía que tú eras mi pariente, que no sería bueno casarme contigo. Pero, ¿quién era la muchacha que estudió conmigo en la Universidad? Lo hice todo con ella, las compras en el Cash and Carry, el matrimonio en la corte, la vida en común. Todo.

            Mi esposa sonrió.

            -Ni idea. No sé quién es.

           




sábado, 21 de abril de 2018

Otro cuento inédito


           

            El remolque

            -A Daniel Torres

           

Poco después del fallecimiento de mi padre, me encontraba en una librería cuando pude ver a precio especial un volumen de historias sobre diversos aviones de la Segunda Guerra Mundial. Nítidamente colocados en una lista, estaban varios aviones que de niño había armado en el interior de un remolque que mi padre había comprado para quedarnos a dormir en diferentes sitios de la isla. En aquel entonces, me había tenido que quedar a dormir en el remolque porque la Autoridad de Acueductos cortaba el servicio de aguas constantemente. Sin que yo supiera por qué realmente mi padre había comprado el remolque, me había quedado a dormir en diversos sitios que los campesinos habían habilitado para que los dueños de los remolques se quedaran allí. En el “camping” había varias tomas de luz eléctrica y de agua potable. Una niña con la que años después estudiaría en la Universidad, se me había acercado para venderme una colección de tirillas cómicas. Aunque en el interior del remolque, mi padre me había puesto a montar modelos de aviones de guerra, trataba de pasar la mayor parte del tiempo afuera del remolque en una motorita que llevábamos con nosotros todo el tiempo. Los temas de guerra no me atraían especialmente, pero las tirillas cómicas que me había vendido la niña también eran de tema bélico. Historias bien barrocas sobre el Soldado Desconocido o el Sargento Furia poblaban mis sueños. Cuando en la Universidad, me le acerqué a la niña para hacer amistad con ella, supe que se había casado a los quince años y que tenía una hija pequeña, lo que era una especie de condición para poderla conocer. Además, el “camping” de Gurabo en el que la había conocido ya había cerrado y las razones que nos habían llevado a acampar allí los veranos seguían siendo tan enigmáticas como a los diez años, cuando armé los aviones de la guerra.



            Cuando me divorcié de mi esposa, a los veintitrés años, mi padre me dejó volver a la casa. Para pasar la soledad lo mejor posible, había empezado a trabajar en una librería y con el dinero que me aportaba el trabajo, había comprado un tocadiscos y varios discos de jazz. La muchacha que me había vendido las tirillas cómicas en la niñez me había llamado por teléfono varias veces, porque ella, aunque divorciada también igual que yo, consideraba que ahora estábamos en igualdad de condiciones aunque yo no hubiera tenido hijos con mi esposa. Cuánto añoré entonces aquellos ratos de la infancia en que estuve sentado en el comedor del remolque, armando un avioncito de guerra, mientras la nena me hablaba de los comics que me iba a regalar. Aunque finalmente me los vendió y no me los regaló, ahora, quince años después, me imploraba que me casara con ella aunque tuviera una hija. Me explicaban mis padres que la hija que ella había tenido con su primer marido había sido la condición que le había impuesto su familia para entrar en relaciones conmigo años después, cuando fuéramos a la Universidad.



            -Tienes que entender que la niña ha hecho un esfuerzo descomunal para que la dejen llamarte por teléfono- me dijo mi madre. –Tener esa hija ha sido el requisito que se le ha impuesto. Además, tú sabes que tienes un defecto en las manos y que cualquier muchacha que te quiera debiera ser bienvenida.



            -Pero tú no te casaste antes para estar con mi papá- le dije. –Tú te pudiste casar sin cumplir con un requisito así.



            -No importa- dijo mi madre. –Esta vez te ama una muchacha a la que se le han puesto muchas trabas y debes honrarla.



            Mi familia estaba preparada entonces para que me casara con la niña que me había vendido las tirillas bélicas. Cuando empezaron a llamar por teléfono sus amigas, con un dejo de burlas, en esas noche en que sólo y recien divorciado escuchaba jazz, mi madre deploró que hubiéramos vendido el remolque, ya que allí al menos habríamos podido mudarnos de haber tenido que casarnos. No obstante, cuando las llamadas empezaron a ser insistentes, dejé el trabajo de la librería y me preparé para terminar mis estudios universitarios, ya que casado en segundas nupcias convenía que tuviera un título universitario que me favoreciera. Sucedió algo curioso, y es que vino a verme a mi casa otra muchacha a la que le habían dejado usar el nombre de la niña para que viviera libremente en la ciudad. Fue ella, y no la niña que me vendió las tirillas, la que vino a verme en esta ocasión. Como mis padres me seguían presionando para que me casara con la primera, acepté mudarme con la otra muy cerca de una represa. Los campesinos querían que me mudara cerca de la represa, no sé por qué, y que viviera allí de una manera informal con la otra, como si viviéramos en un estado de emergencia muy parecido al que había vivido yo a los diez años, cuando arme los aviones en el remolque. De ahí que aceptara mudarme con ella de esa manera informal.



            Para pasar los días de modorra en la casa informal a la que me mudé con la otra, me puse a leer sobre los aviones de guerra. Un detalle que los hacía interesantes era el hecho de que se les pintara con un óxido de chatarra, cosa de que fuera fácil romperlos cuando terminaran las hostilidades. Para recordar al Junkers Stukka, o al B-17, la gente tenían que armar modelos de plástico como los que yo montaba de pequeño. La idea de que un país pobre los heredara de un país rico era no solamente inmoral sino imposible, justamente por el hecho de que el óxido de chatarra con el que estaban pintados los carcomía rápidamente. Metido en el interior de ese apartamento informal, cercano a la represa, pensaba que la vida no era tan injusta después de todo. No solamente había tenido la oportunidad de informarme sobre los aviones que armaba, sino que estaba ahora viviendo con una muchacha que fingía ser la que me habían vendido las tirillas de guerra. Seguí viviendo allí un tiempo más, en un estado de emergencia muy parecido al que había vivido en la infancia, y la lluvia no cesaba nunca de caer.



            La muchacha con la que me había mudado ahora, aunque no era la misma que tenía una hija de un primer matrimonio, empezó a negociar conmigo la separación después de tres años de informal convivencia. Quiso saber, por supuesto, en qué estado me había dejado mi primera esposa y supo que la muchacha me había heredado una cepa en una clínica de Río Piedras. A la que estaba conmigo le habría bastado estar casada para que la clínica le cediera el embrión, pero a la larga no tuvo ni siquiera que casarse conmigo para que la dejaran ser la madre. Al parecer, la que me había vendido las tirillas había llegado a negociar con mi exmujer. Como había accecido a estar con la que usaba su nombre, no tuvo que insistir mucho para que mi exmujer le cediera la cepa a la que estaba conmigo. Para ser la madre de mi hijo, no tuvo que casarse conmigo.



El niño nació en el mismo hospital en el que yo nací. Igual que yo, tenía un defecto en la mano que impresionaba tremendamente a la nueva madre. Las condiciones para separarnos habían sido esas, que la dejara con el niño, sola, en el mismo apartamento informal en el que vivimos tres años. Felizmente, los campesinos construyeron una casa de cemento en el mismo sitio, que es donde vive mi hijo en la actualidad. Pronto regresé a mi casa para lamentarme de mi soledad. Si bien por un lado las mujeres eran justas conmigo, faltaba afecto en nuestras relaciones. La racionalidad de nuestro trato era producto de años de injusticia. Ahora que en la librería tenía la oportunidad de saber lo que había pasado con los aviones que armaba, y que sabía que estaban casi todos oxidados o inexistentes, pensaba no obstante que la vida había llegado a ser justa a un precio elevado para nuestros sentimientos. De cualquier manera, prefería el presente estado de vida más que cualquier otro estado de vida en otra época histórica de la Humanidad.

Poco a poco supe cada vez menos de la niña que me vendía las tirillas cómicas. La muchacha que usaba su nombre, madre de mi hijo ahora, me hablaba vagamente de su hija y todo parecía indicar que vivía lejos de mi vida. Jamás supe quién podría haber sido ella realmente, ni quiénes sus familiares. Un extraño dejo de sequedad en la garganta me decía que nuestra relación no era amorosa, sino forzada por las circunstancias. Eso me apenaba, aunque ahora en mi nueva vida hubiera podido conseguir de nuevo un tocadiscos para oir mis discos de jazz. Pensaba constantemente en los aviones de guerra. Me estaba aprendiendo de memoria sus historias, y no había uno solo de los que yo había armado, que no estuviera en la lista de artículos que conseguí después.




viernes, 20 de abril de 2018

Cuento inédito


            Misteriosas Máquinas de Guerra





            En la base desierta, luego de que la Marina dejara de operar en la localidad, varios primos míos entraron a la abandonada torre de control y encontraron varios pietajes de película. A mí me interesó un DC-3 abandonado que estaba estacionado al lado de la torre y me dediqué a preguntar sobre su historia a los pocos aviadores que por allí quedaban. Corrían entonces las postrimerías de la década del setenta y yo me interesaba por esos artefactos perdidos del pasado. Cascos alemanes encontrados en los campos, armamentos y correas de la SS. Una prima lejana mía, María Noemí Ramos Rodríguez, pertenece a una familia de periodistas que se interesan también por los horrores de la historia militar. Uno de ellos cubrió la Revuelta Nacionalista de los 50 por una especie de interés malsano en la sangre y las balas. Mi familia paterna logró alejarlo de las hostilidades, cuando lo interesó en nuestros defectos de familia. La polidactilia, que es una peculiridad genética que supone más de un dígito en las manos, fue la clave que usaron los Liboy para sacar a Ramos de la guerra independentista. Todavía entonces, cuando cerraron la base, la familia logró que Noemí no acompañara a mis primos maternos a explorar los restos abandonados. A mí me gustaba el DC-3, pero mi condición exige que esté siempre apartado de esas cosas para atraer a las primas curiosas. No empero, mi familia paterna me llevó a la base Roosevelt Roads para que viera los B-52 y a la base naval de Isla Grande para que caminara por el interior de un viejo submarino americano.

            Mi prima lejana sabía que yo estaba cerca de ella para atraerla con mi condición y para que se alejara de las máquinas bélicas abandonadas, pero cuando fui a la Universidad a estudiar, ella no quiso más la limitación que suponía mi acompañamiento y me dejó en Santa Rita con una muchacha que usaba su nombre de pila. Los trabajos de las empresas de riego que se hacían en las áreas verdes de la Universidad me retuvieron en Santa Rita tres años, pero mi compañera, que era igual de aficionada que mi prima a ver viejos artefactos de guerra abandonados, me pidio que la llevara a ver el DC-3 de la base. Me casé con ella, cosa que sorprendió a mi familia paterna, ya que no era mi prima lejana sino una sustituta. Ya para aquel entonces, la verdadera Noemí debía estar bien adentrada en la exploración de los barcos viejos y los submarinos hundidos.

            Como andaba con mi novia en un Volky blanco pintado de color blanco hueso, llevé a mi novia a la casa de mi abuela paterna para decirle que la iba a llevar a ver el DC-3. A mi abuela no le gustó la idea, pero me dijo que sí, que la llevara a pasear por la base desierta. Cuando regresamos a San Juan, pasamos de nuevo por la casa de mi abuela y ella me pidió que brincara la cerca de la casa de su consuegra para que me llevara a la ciudad unas chinas mandarinas. Pero cuando ya estábamos en San Juan con las chinas, mi abuela llamó a mi papá para darle la queja de que me había robado unas chinas de la casa de la consuegra. El guía del Volky se me partió en el estacionamiento de la Universidad. Discutí con mi novia acaloradamente por haberme obligado a llevarla a ver el DC-3, y las chinas rodaron por el suelo. Entonces ella me dijo que estaba embarazada, pero que tenía la intensión de terminar de ayudar a una muchacha que ya estaba pautada para ello, y con todo eso la llevé al clinico y le di un premio inesperado, que fue llevarla a ver un submarino hundido en el puerto de Arecibo. Eso la asustó más que llevarla al doctor, y le gustó ver la antena del submarino enemigo saliendo de las aguas.

            A ella le gustaba hacer grabaciones magnetofónicas y reunía a varias personas en el apartamento para hacer grabaciones de conversaciones sobre el sexo. A mí no me gustaba eso, pero no fue malo que lo hiciera, ya que una de las personas a las que ella reunía nos encontró en la playa después de que le mostré el submarino que tapa la entrada del puerto. La señora nos recojió, ya que nos habíamos quedado sin el Volky, nos pagó el taxi hasta Santurce y nos invitó a comer pasta. Mi novia me dijo que una muchacha a la que todos tenían por agente extranjera quería ser mi novia y entonces la dejé en el apartamento y nunca volví a verla. Mi prima, por su lado, seguía pendiente a los navíos abandonados y los aviones de la guerra. De modo que me resigné a la idea de que no la podía alejar de los viejos armamentos y por un sentido del decoro, decidí dedicarme a investigar la historia del DC-3 para que por lo menos tuviera un trasunto de antecedentes cuando me viera obligado a llevarla yo.

            El DC-3 fue un avión de pasajeros en los años treinta, pero una de las últimas movidas de Trotsky, el fundador del ejército ruso, fue comprar algunos de esos aviones para hacer reconocimiento de espionaje con la cortapisa de que transportaba pasajeros de Alemania a Rusia. Algunos de ellos usaban esquís, para la nieve, pero no todos los pilotos que les daban servicio fueron aceptados por los rusos. Así que el DC-3 de la base estaba allí dejado por uno de esos pilotos que los rusos no quisieron tener. Era un avión de nieves, ya que no estaban pintados con oxidantes, para reflejar el hielo cuando volaban. El de la base estaba así, pero el piloto americano que lo tripuló hasta Aguadilla ya no vivía. No me sentí particularmente melancólico con la historia del avión, y de hecho le dije a mi prima que alejarla del avión me había costado bastantes problemas e incluso un matrimonio no deseado.

            Noemí es una mujer liviana a pesar de todo, y como la premié llevándola a ver el avión y le conseguí fotos del DC-3 de Trotsky, ella hizo lo suyo a su vez y mandó a la madre de mi futuro hijo a mudarse a un apartamento de Trujillo Alto. No tenía dinero para llevarla a ver otras cosas, como el tanque Sherman de la playa de Icacos en Culebra, y los restos de algunas minas de tierra que los pescadores guardan en las mesas que usan para pelar pescado. En Trujillo Alto no hay casi nada de maquinaria bélica vieja que yo le pueda enseñar a mis primas, así que me mudé con la futura madre de mi hijo, que iba a nacer justamente porque tiene la condición mía, que es la que como ya dije usa mi familia paterna para alejar a las primas de los artefactos bélicos.

            Un señor inglés que dirigía la escuela en la que yo estudiaba, me llevó a ver el Sherman herrumbroso y un camión ruso para transportar embriones congelados. El camión ruso parece una delicada señorita. Ese camión, porque es un vehículo civil, no le interesó a mi prima, aunque ya le he hablado muchas veces de este asunto porque está como hundido entre las flores silvestres, en los abandonados predios de una central en San Sebastián. Cuando nació mi hijo, ya mi familia paterna disponía otra vez de una persona curiosa para alejar a las muchachas de las bases militares, ya que se suele decir que nuestra condición la hemos heredado de un soldado enemigo. A veces las asusta bastante nuestra sexto dedo, y de hecho la muchacha que lo tuvo, aunque no es la madre natural, no quería ni cuidarlo de tanto miedo que le daba.

            Poco antes de que naciera mi hijo, me encontré a la señora que nos llevó a comer pasta en la entrada de un consultorio dental de Trujillo Alto. Ya se le había olvidado que nos había pagado el taxi en Arecibo. Mi esposa de aquel entonces, no aparecía por ninguna parte. Mi prima me encarecía a que la llevara a ver el tanque Sherman de la playa de Icacos, y no me quedaba mucho dinero, así que tenía que procrear al nene con el dinero de mi doctorado y darle el gusto a mi prima Noemí. Era mejor que la llevara a ver el tanque Sherman, ya que se había aficionado a las manifestaciones de Vieques para ver si podía echarle un ojo a algunos barcos viejos. Su aficción por esos horrores yo no la comprendo bien, ni porqué tiene esa extraña curiosidad heredada de los Ramos.

            Recordé que había sido niño escucha y por lo menos tenía interés en las Swiss Army Knives y en las sogas para hacer nudos. De modo que insensiblemente, me apasioné también por los barcos hundidos, aunque decididamente prefiero los libros. Ya mi hijo tiene quince años y he conversado con una cirujana que me operó a mí cuando niño para ver lo opera a él. La peculiaridad de su mano, naturalmente, le sirve a mis parientes para alejar a las nenas de los ambientes bélicos. Ahora que se incendiaron esos tanques en Cataño, la cirujana me manda a buscar para alejar a su hijo del incendio. Hace mucho tiempo que no veo a mi hijo, así que no sé si lo están llevando a la casa de mis primas para alejarlas de Vieques cuando hay problemas. Nunca llevé a Noemí a ver el Sherman porque me parece que ya no está. Muchas de esas maquinarias se las han llevado y vivimos un ambiente más apacible que no deja de recordarme aquellos años en que llevaba a mi esposa a ver esas cosas.

El huracán


                Mi madre me ha pedido que escriba sobre el huracán María. Ahora mismo está lloviendo y se me ocurre pensar que tengo algo que ver con los aguaceros. Pero de momento voy a escribir sobre los huracanes. Todavía recuerdo los días antes del fenómeno, cuando llevé mi madre al hospital porque mi hermano estaba siendo atendido por una herida que no se le sanaba. Entonces empezaron las lloviznas y no me imaginaba que vendría todo esto. Cuando estábamos sin luz cocinábamos en una estufa de gas y conversábamos mucho porque nos faltaba el televisor y la Internet. A mí no me afectó tanto el problema. Solo que fumo cigarillos y no podía comprar nada. Recuerdo que la carretera se inundó unos días y a la gente tratando de cruzar de un lado a otro como le sucedió a Moisés cuando cruzó el Jordán. Pero en general no me importaba. Mi hermano vino de su apartamento también unos días y ahora no tenemos la Rodeo negra.

             He vuelto al blog de Google luego de un breve intercambio epistolar con los subscriptores y veo que se alegran de que vuelva a publicar en este blog. Por lo pronto debo decir que sentí cierta nostalgia cuando vi los textos de blogger. Me alegra poder publicar por este medio todas las noticias y eventos recientes. Debo decir que en mayo volveremos sobre el libro de cuentos con la organización que publicó en tabloide Sociedad literaria del sol. Luego de unas llamadas que recibiera mi amigo Aravind Adyanthaya de esta organización sin fines de lucro, pautamos reunirnos el 15 de mayo para realizar una serie de lecturas del libro de cuentos y de los otros libros que he publicado. No tenia idea de que este blog estaba tan activo.