viernes, 20 de abril de 2018

Cuento inédito


            Misteriosas Máquinas de Guerra





            En la base desierta, luego de que la Marina dejara de operar en la localidad, varios primos míos entraron a la abandonada torre de control y encontraron varios pietajes de película. A mí me interesó un DC-3 abandonado que estaba estacionado al lado de la torre y me dediqué a preguntar sobre su historia a los pocos aviadores que por allí quedaban. Corrían entonces las postrimerías de la década del setenta y yo me interesaba por esos artefactos perdidos del pasado. Cascos alemanes encontrados en los campos, armamentos y correas de la SS. Una prima lejana mía, María Noemí Ramos Rodríguez, pertenece a una familia de periodistas que se interesan también por los horrores de la historia militar. Uno de ellos cubrió la Revuelta Nacionalista de los 50 por una especie de interés malsano en la sangre y las balas. Mi familia paterna logró alejarlo de las hostilidades, cuando lo interesó en nuestros defectos de familia. La polidactilia, que es una peculiridad genética que supone más de un dígito en las manos, fue la clave que usaron los Liboy para sacar a Ramos de la guerra independentista. Todavía entonces, cuando cerraron la base, la familia logró que Noemí no acompañara a mis primos maternos a explorar los restos abandonados. A mí me gustaba el DC-3, pero mi condición exige que esté siempre apartado de esas cosas para atraer a las primas curiosas. No empero, mi familia paterna me llevó a la base Roosevelt Roads para que viera los B-52 y a la base naval de Isla Grande para que caminara por el interior de un viejo submarino americano.

            Mi prima lejana sabía que yo estaba cerca de ella para atraerla con mi condición y para que se alejara de las máquinas bélicas abandonadas, pero cuando fui a la Universidad a estudiar, ella no quiso más la limitación que suponía mi acompañamiento y me dejó en Santa Rita con una muchacha que usaba su nombre de pila. Los trabajos de las empresas de riego que se hacían en las áreas verdes de la Universidad me retuvieron en Santa Rita tres años, pero mi compañera, que era igual de aficionada que mi prima a ver viejos artefactos de guerra abandonados, me pidio que la llevara a ver el DC-3 de la base. Me casé con ella, cosa que sorprendió a mi familia paterna, ya que no era mi prima lejana sino una sustituta. Ya para aquel entonces, la verdadera Noemí debía estar bien adentrada en la exploración de los barcos viejos y los submarinos hundidos.

            Como andaba con mi novia en un Volky blanco pintado de color blanco hueso, llevé a mi novia a la casa de mi abuela paterna para decirle que la iba a llevar a ver el DC-3. A mi abuela no le gustó la idea, pero me dijo que sí, que la llevara a pasear por la base desierta. Cuando regresamos a San Juan, pasamos de nuevo por la casa de mi abuela y ella me pidió que brincara la cerca de la casa de su consuegra para que me llevara a la ciudad unas chinas mandarinas. Pero cuando ya estábamos en San Juan con las chinas, mi abuela llamó a mi papá para darle la queja de que me había robado unas chinas de la casa de la consuegra. El guía del Volky se me partió en el estacionamiento de la Universidad. Discutí con mi novia acaloradamente por haberme obligado a llevarla a ver el DC-3, y las chinas rodaron por el suelo. Entonces ella me dijo que estaba embarazada, pero que tenía la intensión de terminar de ayudar a una muchacha que ya estaba pautada para ello, y con todo eso la llevé al clinico y le di un premio inesperado, que fue llevarla a ver un submarino hundido en el puerto de Arecibo. Eso la asustó más que llevarla al doctor, y le gustó ver la antena del submarino enemigo saliendo de las aguas.

            A ella le gustaba hacer grabaciones magnetofónicas y reunía a varias personas en el apartamento para hacer grabaciones de conversaciones sobre el sexo. A mí no me gustaba eso, pero no fue malo que lo hiciera, ya que una de las personas a las que ella reunía nos encontró en la playa después de que le mostré el submarino que tapa la entrada del puerto. La señora nos recojió, ya que nos habíamos quedado sin el Volky, nos pagó el taxi hasta Santurce y nos invitó a comer pasta. Mi novia me dijo que una muchacha a la que todos tenían por agente extranjera quería ser mi novia y entonces la dejé en el apartamento y nunca volví a verla. Mi prima, por su lado, seguía pendiente a los navíos abandonados y los aviones de la guerra. De modo que me resigné a la idea de que no la podía alejar de los viejos armamentos y por un sentido del decoro, decidí dedicarme a investigar la historia del DC-3 para que por lo menos tuviera un trasunto de antecedentes cuando me viera obligado a llevarla yo.

            El DC-3 fue un avión de pasajeros en los años treinta, pero una de las últimas movidas de Trotsky, el fundador del ejército ruso, fue comprar algunos de esos aviones para hacer reconocimiento de espionaje con la cortapisa de que transportaba pasajeros de Alemania a Rusia. Algunos de ellos usaban esquís, para la nieve, pero no todos los pilotos que les daban servicio fueron aceptados por los rusos. Así que el DC-3 de la base estaba allí dejado por uno de esos pilotos que los rusos no quisieron tener. Era un avión de nieves, ya que no estaban pintados con oxidantes, para reflejar el hielo cuando volaban. El de la base estaba así, pero el piloto americano que lo tripuló hasta Aguadilla ya no vivía. No me sentí particularmente melancólico con la historia del avión, y de hecho le dije a mi prima que alejarla del avión me había costado bastantes problemas e incluso un matrimonio no deseado.

            Noemí es una mujer liviana a pesar de todo, y como la premié llevándola a ver el avión y le conseguí fotos del DC-3 de Trotsky, ella hizo lo suyo a su vez y mandó a la madre de mi futuro hijo a mudarse a un apartamento de Trujillo Alto. No tenía dinero para llevarla a ver otras cosas, como el tanque Sherman de la playa de Icacos en Culebra, y los restos de algunas minas de tierra que los pescadores guardan en las mesas que usan para pelar pescado. En Trujillo Alto no hay casi nada de maquinaria bélica vieja que yo le pueda enseñar a mis primas, así que me mudé con la futura madre de mi hijo, que iba a nacer justamente porque tiene la condición mía, que es la que como ya dije usa mi familia paterna para alejar a las primas de los artefactos bélicos.

            Un señor inglés que dirigía la escuela en la que yo estudiaba, me llevó a ver el Sherman herrumbroso y un camión ruso para transportar embriones congelados. El camión ruso parece una delicada señorita. Ese camión, porque es un vehículo civil, no le interesó a mi prima, aunque ya le he hablado muchas veces de este asunto porque está como hundido entre las flores silvestres, en los abandonados predios de una central en San Sebastián. Cuando nació mi hijo, ya mi familia paterna disponía otra vez de una persona curiosa para alejar a las muchachas de las bases militares, ya que se suele decir que nuestra condición la hemos heredado de un soldado enemigo. A veces las asusta bastante nuestra sexto dedo, y de hecho la muchacha que lo tuvo, aunque no es la madre natural, no quería ni cuidarlo de tanto miedo que le daba.

            Poco antes de que naciera mi hijo, me encontré a la señora que nos llevó a comer pasta en la entrada de un consultorio dental de Trujillo Alto. Ya se le había olvidado que nos había pagado el taxi en Arecibo. Mi esposa de aquel entonces, no aparecía por ninguna parte. Mi prima me encarecía a que la llevara a ver el tanque Sherman de la playa de Icacos, y no me quedaba mucho dinero, así que tenía que procrear al nene con el dinero de mi doctorado y darle el gusto a mi prima Noemí. Era mejor que la llevara a ver el tanque Sherman, ya que se había aficionado a las manifestaciones de Vieques para ver si podía echarle un ojo a algunos barcos viejos. Su aficción por esos horrores yo no la comprendo bien, ni porqué tiene esa extraña curiosidad heredada de los Ramos.

            Recordé que había sido niño escucha y por lo menos tenía interés en las Swiss Army Knives y en las sogas para hacer nudos. De modo que insensiblemente, me apasioné también por los barcos hundidos, aunque decididamente prefiero los libros. Ya mi hijo tiene quince años y he conversado con una cirujana que me operó a mí cuando niño para ver lo opera a él. La peculiaridad de su mano, naturalmente, le sirve a mis parientes para alejar a las nenas de los ambientes bélicos. Ahora que se incendiaron esos tanques en Cataño, la cirujana me manda a buscar para alejar a su hijo del incendio. Hace mucho tiempo que no veo a mi hijo, así que no sé si lo están llevando a la casa de mis primas para alejarlas de Vieques cuando hay problemas. Nunca llevé a Noemí a ver el Sherman porque me parece que ya no está. Muchas de esas maquinarias se las han llevado y vivimos un ambiente más apacible que no deja de recordarme aquellos años en que llevaba a mi esposa a ver esas cosas.

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