martes, 13 de septiembre de 2022

Mi eterna amiga

  

 

 

 

La muchacha llegó frente a los bancos exactamente la mañana en que empezó mi vida en las ciencias. Me sorprendió la familiaridad con que me saludó, cuando era quizá la primera vez que me la topaba de frente. El vago recuerdo de un delfín herido para siempre por la ausencia de su pareja, nadando sin destino y sin hora, fue acaso lo que me evocó la primera vez que la ví, no muy lejos del pozo de Jacinto en la playa de Jobos. Sin embargo, de buenas a primeras no me dio a entender que estaba sola. Enseguida me presentó a su novio, que de hecho era un viejo amigo mío, con el que había podido jugar pelota en una liga con uniforme. Otro detalle digno de atención era que usaba espejuelos y tenía 20-20. Se los ponía quién sabe por qué, ni a cuenta de qué coqueta predisposición, si yo que era miope de verdad trataba de ocultárselo a mis nuevos compañeros de galera con unos lentes de contacto que mi tío, el oftalmólogo, me obsequió como con ánimo de no volverme a ver en esta vida.

 

    Negociar con ella me pareció lo más razonable, si como es de observar, era la novia del que me dejaba ser pelotero de la noche a la mañana. La cortés visita que me hizo con dos amigas para discutir la Ley de Lagrange, que al parecer no se les enseñaba en la escuela, ya que era el pasador para hacerse biólogo y quizá doctor, no me llamó la atención tanto como el hecho de que llevara a conocer a su padre, que era siquiatra. Una de cal y otra de arena.

 

    La fulgurante salida al Alambique con una de las dos que siguieron con ella cuando ya estaba claro que conocían más que bien la derivada y que venir a mi casa como si yo se las fuera a enseñar, no era exactamente arreglarme la cola, ni en lo absoluto advertencia de lo que estaba por vivir. La que siguió con nosotros me pidió que me sumergiera en un jaccuzzi a su lado. No conocía todavía el poema de amor más bonito de Lezama después del más famoso, Para llegar a Montego Bay, que narra el momento en que Fronesis, el amigo eterno de José Cemí, lo invita a sumergirse en una piscina de aguas termales como las que tenemos nosotros en Coamo. Como se ve, nada definitivo, nada hasta home. La nueva moda al parecer era no llegar, no alcanzar, no proponer nada concreto. Lo mismo cuando se bombardea un descampado como Vieques o se afecta interés. Los pescadores, las yolas, marcar territorio más bien que encararse a nadie o preocuparse por nada.

    Sin embargo, cuando le di a entender que iba a ser de verdad matemático, me insultó resueltamente rabiosa.

    -Tu eres agente.

    Salir por la puerta de servicio de la Facultad sin remover lo que parecía ofenderla no me ayudó.

    -Ahh… Otra cosa- me dijo. -Pelotero no eres tú.

    Eso estaba claro como todo lo demás. Sin embargo, me alejé de ella prontamente y para siempre. Ya entre los artistas y lejos de la peregrina idea de hacerme científico, se me acercó para pedirme excusas. Nunca más aquel solitario delfín que me evocó verla caminando sin dirección por el arenal.

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