martes, 13 de septiembre de 2022

Las hechiceras de mi high school


 

Recuerdo que eran cuatro porque son cuatro los evangelistas, cuando este asunto empezó a incendiar el que fue mi país, y cuatro igualmente los del final del cuento, aunque montados a caballo y anunciando lo peor. Los evangelistas eran soldados de a pie como los holandeses. Una era más dada a los demás porque era escosesa y se atrevía a acariciarme. La que siempre estaba con ella estaba un poco molesta no tanto porque se tomara esa libertad. Al parecer, yo había sido su novio en una vida pasada, y existía cierta vicaria confianza que la otra no tenía, aunque no como ella fuera la poseedora de un embrujo tan abrumador que nos distanciaba. Su llana amiga podía más con sólo decirle que el verdoso gris de mis rizos era cosa de temer, aunque para ella no.  

 

El maestro de biología me llamó la atención sobre las otras dos porque eran gemelas idénticas. O faltaba una para cuadrar a la perfección con la idea de que eran cuatro los autores del Nuevo Testamento y también cuatro los personajes del broche de oro que le servía de colofón a la colección, el Apocalipsis.

 

-Debieron presentarse aquí. La escosesa te acarició y la andaluza te tiene, como debe ser, más que impresionado. Pero las gemelas son italianas- me dijo el profesor. -¿Estarías dispuesto a ponerte en mis zapatos?

 

En otras escuelas el crucial momento del amor se les presenta como una encrucijada entre la realidad y la fantasía. Le apostabas a la astronomía o a la astrología, te asignaban el libro venezolano que llamaba la atención sobre esa aparente disyuntiva, con tal de que no te dieras cuenta de que algo acababa y algo empezaba.

 

El profesor salió del apuro como pudo. A mí me envió, como al pelirrojo, a buscar sapos para hacer una disección. Yo no encontré un solo sapo por más que peiné la llanura donde vivía y el otro enviado, sin embargo, consiguió demasiados en el patio de su casa. El día en que los trajo en una bolsa para que el profesor nos los facilitara, ocurrió algo que me deja perplejo todavía. En vez de repartirlos para hacer el experimento, le ordenó al pelirrojo que los soltara en el patio y tomó de la mano a una de las dos gemelas italianas. La impresionante belleza de la muchacha no cuadraba con la humildad con la que dejó que el maestro la tomara de la mano y la acostara en el escritorio del laboratorio, frente a todos nosotros que nos dimos cuenta de lo bonita que era.

 

El pelirrojo que tantos sapos llevó al laboratorio, me explicaron a poco de revelada la humildad de la doncella, tenía una medio hermana que no vivía con él y que mucho antes de que él llegara a la escuela, ya me había abordado para aclarar si de verdad acosaba a las muchachas bonitas. Se me apareció en un polvoriento salón de sexto grado con un ajustado pantalón que revelaba más que mucho encantos tan abrumadores que no venía al caso decirle que era inocente de las acusaciones que pesaban sobre mí. Hice el aguaje de acariciarla y comprendió que hice todo lo posible por hacerme a un lado. Claro, las gemelas que llegan después eran primas de la que me interpeló de niño. Se llamaba Viola, que como saben es la gemela menos feliz de La Duodécima Noche de Shakespeare porque tiene ambición. Viola debiera ser el quinto partido, si no se hubiera descubierto el rasgo que las define.

 

Cuando después de una visita al campamento en donde mi madre me dio a conocer la avena, me alistaron también de niño escucha, y sabiendo que lo próximo después de ese fin de semana en el que iba a remar hasta la embocadura del río en donde mis padres desaparecieron, era mandar a buscar a las cuatro muchachas para que pasara con ellas una nueva semana en la Naturaleza. No fue suspicacia o temor. Me enfermé antes de que me llevaran a verlas en descampado. Nunca volvieron a la escuela porque me ausenté y según me cuentan los narradores orales del Pepino, se casaron las cuatro allí mismo y nunca volvimos a verlas en esta vida.

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