viernes, 16 de septiembre de 2022

Nuevo Ingreso de Javier

  

 

Una novela de Robert Ludlum parecía lo mas a tono con las circunstancias, que era el nuevo ingreso de Javier al hospital siquiátrico de mi religión. En el pasado, la institución alternaba con un discreto asilo de ancianos. Qué podía ser una cosa o la otra, exactamente allí donde me casé por primera vez a los nueve años, si el de la religión rival ofrecía servicios menos comprometedores, oníricos si así lo deseas, ya cerrado y con los siquiatras en propiedad haciendo guardia en el Centro Médico, postulando, por supuesto, otra cosa que dar ilusiones, para disimular también un poco el amor. Cuando lo ingresamos al moderado San Francisco no hubo quejas, pero de nuevo ahora al que me ocupa, como es natural, requiere alguna más que contundente referencia.

Bueno. Ludlum, que según el contable que fue mi padre, es el novelista más apropiado para llevar a escena reality shows con el tema del espionaje como tela de jucio, escribió mil relatos paranoides que no ayudaban mucho a los siquiatras del San Juan Capestrano. Sin embargo, acaba de publicar una excepcional novela de espionaje que rozaba o hasta ahondaba más que mucho en el problema de la salud mental. Cuando llevé a Javier por tercera ocasión, di una vuelta por Río Piedras y resolví volver a mi casa, en lo que mi madre hacía las gestiones pertinentes a su ingreso, como dar constancia de la marca del reloj de pulsera que llevaba puesto cuando lo dejamos al azar de su tórrido cariño, y no como ayer, del inventario de prendas de vestir.

Habían dado de alta, justamente esa antepenultima visita, a un afectado señor que me explicó por qué me pidieron que dejara constancia de la marca del reloj que iba a usar en esa ocasión, ya que en la casa tenía sin correa el que de verdad era de Javier y que por alguna razón se me ocurrió engarzar con la correa del mío, que ya no daba más. Ni con una batería nueva podía darle vida al que me regaló mi hermano Ricardo a mediados de la primera década de este siglo, que es cuando por primera vez el novelista neoyorkino de espionaje por excelencia se dignó a hablar de los espíritus sensibles como gente misteriosa y hasta atractiva. Al recien dado de alta poeta, que me interpeló como tras veces, en otros tiempos, cuando prefería hacerse seguir por un K-9 para que yo me viera en la obligación de darle alguna conversación.

-Me dieron de alta y creo que mis deudos no van a venir por mí- me dijo. -Se me quedaron con el reloj, por otro lado.

Claro, que no me hago eco de sus palabras para desmerecer la honra de los aprendices que trabajan en el San Juan Capestrano.

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