domingo, 29 de julio de 2012

El honor

      Me habían encargado comprar un regalo para el mejor estudiante de la escuela. El premio era conocer a mi prima, que se dedicaba a hacer deportes acuáticos, y a la que yo conocía porque era mi pariente. O por lo menos, eso era lo que me decían. En realidad, me crié con una familia que no era la mía y hasta me dieron un objetivo en la vida, que era recuperar el honor del viejo apellido que yo usaba. En un pasado ya distante, el señor del que me hablaron como mi abuelo paterno perdió su honor con un arresto, y de ahí en adelante todo se vino abajo para esa vieja familia. El hijo de ese señor me adoptó sin decirme que era adoptado, y se me dio una especie de sentido del honor. Sin embargo, la muchacha que era prima de ellos no me aceptaba en su familia. Yo tenía una especie de noción ideal de ella. Que era bióloga marina, que amaba los deportes del mar. Por ello, cuando me dijeron que tenía encargado comprar un regalo para el mejor, que sí tendría el honor de ser su novio, compré un reloj de buceo de 100 metros.
      Misteriosamente, los directivos de la escuela, en vez de otorgarle el premio al mejor estudiante, apresuradamente hicieron arreglos para que yo recibiera el premio y fuera yo el mejor estudiante, aunque al mejor lo protegían. No sabía qué de malo tenía estar con María, por qué me otorgaban el premio a mí, que fui quien compró el reloj. Recibí el premio yo, y fui yo quien recibió las medallas. El mejor estudiante no se enteró de que iba a ser yo quien conocería a la muchacha, quien por otro lado era mi pariente. Cuando fui a la Universidad, el decano de la Facultad de Ciencias me dijo que me fuera de la escuela, lo que no me sorprendió, ya que en realidad no era uno de los mejores estudiantes, aunque no fuera malo. María no me aceptaba, aunque fuera yo la persona que recibiera un premio elegido por mí.
      Una muchacha que usaba el nombre de María se me acercó, estuvo conmigo unos meses y se llevó el reloj de buceo. El premio, por supuesto, no era para mí, y el mejor estudiante quería quedarse con él aunque yo apareciera públicamente como la persona que lo había recibido. Como yo era la persona que vendía los relojes y quien en realidad los podía conseguir baratos, no me llamó la atención que la muchacha se quedara con el reloj. En la Universidad, seguí vendiendo relojes a diferentes amigos hasta que me sacaron de la Facultad por estar haciendo negocios con los estudiantes. Como en el poema de T. S. Eliot, salí a buscarle ayuda a mi prometida con alguien de la calle, y en última instancia mi prometida se casó con otro. No sé si se casó con el mejor estudiante, la idea de que fuera yo quien recibiera el premio públicamente, porque la escuela era mala, fue la que prevaleció.
      Como representante de una familia que en realidad no era la mía, me encargaron buscarle asistencia a María, quien a todas luces iba a ser mi esposa y quien conformaba todos mis ideales infantiles. Sin embargo, tiempo después me vino a buscar a mi casa otra persona, alguien de nombre Nayda, quien se iba a encargar de recibir el hijo de la mujer que me ayudó para que me casara con María. Volvieron a regalarme un reloj de buceo y a todas luces sigo siendo una persona honorable que restableció la posición del señor arrestado. Pero no he olvidado que en realidad todo fue una ilusión.

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