Hoy, Adelaida no se dejó ver en escena, pero vio la escena. Recordó, sin embargo, haber dejado las sillas de la primera fila, plegadas, sobre todo las que formaban un semicírculo desde una fila a otra, donde el público de adormecía en las noches de invierno a la espera de una ración de papatas dulces, que se dejaban hervír debajo de una cacerola hasta que estuvieran a punto. Después, las damas se sentaban debajo del otoñal ingenio de acero lo mismo con sus desaciertos como con su bien acertada forja.

No hay comentarios:
Publicar un comentario