Había perdido interés en casi todo lo que me rodeaba. Ya tenía lo que los sicólogos de hoy llaman pensamientos de muerte. Eso es que pensaba que iba a morir en el sueño. No podía oír por ninguno de los dos oídos y difícilmente me podía comunicar con mi madre, que estaba igual que yo, igual de sorda que yo. ¿Cómo iba a trabajar ahora? ¿Cómo iba a pagar las cosas? Mi hijo se había ido lejos, no estaba cerca de mí. Entonces creí que todo había terminado para mí, que ya no escribiría más nada.
Le debía quince dólares a mi amigo Edgardo Nieves, por un ejemplar de la poesía completa de un autor recientemente fallecido, del que Net me hablaba con reticencia. No estaba seguro de que había fallecido ese autor. Ya había perdido a Angel Luís Torres, y ahora otro al que apenas conocí. Pero mi amigo Roberto Net estaba con vida, igual que Edgar, el campeón que según me decían era portador del virus. Me comunicaba con Net y estaba haciendo arreglos para ir a buscar a su apartamento un ejemplar de su libro blanco y a dejarle un ejemplar de mi novela con el doctor Adyanthaya. El hecho de que mi último editor fuera médico era algo que me preocupaba. ¿Tendría que volver a las ciencias? ¿Tendría que volver al seno maternal de la razón científica?
Sin preámbulo alguno, repentinamente me recuperé. De pronto podía escuchar perfectamente bien. Los sicólogos no tenían nada que ver con lo que me ocurrió. Ellos solamente fueron testigos de esa rara recuperación. Recuerdo que en la casa de Carlos Roberto Gómez Beras todavía no podía oir nada, que se me había hecho difícil comprender lo que él me decía. Le dejé todos mis escritos en papel, no en una ficha electrónica que él me consiguió. Todo estaba en papel porque no tenía pensado publicar nada. Si le interesaban, todo estaba en dos sobres manila.
¿Cómo es que de pronto podía oir todo bien? No había querido leer en Primera Hora un artículo de salud sobre el comienzo de la sordera, que es cuando se oye un silbido lejano, acompañado por bajos como los de un tocadiscos sin tierra. Acostado, me parecía escuchar la voz de una cantante francesa que nunca existió. Alguien de la generación de Uriah Heep, pero en francés o en ruso. No tenía manera de identificar el origen de esa voz femenina lejana. Pensé que incluso ese fondo de música Down Beat europea que parecía escuchar a lo lejos, con mezclas de otros desconocidos raperos, desaparecería y entonces no habría nada más que silencio. Sin embargo, ya desde los días en que estaba sordo, tenía interés en lo que me sucedía y si no leí el artículo de salud, sí me interesó una reseña de cine que contaba la historia de un baterista de rock que se estaba quedando sordo también. Cosa que incidentalmente no me entristeció. De algún modo sospechaba que el problema era temporal o de raíz sicológica, y así se lo había comentado a algunas de mis amistades. Era un problema sentimental. Algo moría y algo nacía. Alguien me dejaba y alguien venía. Sobre este oscuro pasadizo de una edad a otra o de una época a otra, dije lo siguiente:
Me conmueve saber que estoy con vida. El rumor de mi sangre que escucho por el oído derecho me llena de sentimiento. Parece una máquina de recortar grama por las mañanas. Alguien que está ahí trabajando que acaso no quiera que yo le hable mucho de su pasado. Me da sentimiento como en la niñez me dieron sentimiento otras cosas. Parece que hay vida eterna. Aquí estoy yo leyendo sobre tonterías como las grandes marcas de productos. Me interesa saber todo. Tanto libro que uno no conoce, tanto artista que pasó por la vida sin que uno lo sospechara. Yo mismo no pude darme a conocer de muchos. El pelo me crece ralo como el de mi abuela y me parece que esto pasa por el medicamento que tomo que es mellow, como le dije a Dorian Lugo. Me dejé atender de joven por alguien del otro panal, para que supiera que soy civilizado. Que lo dudara no importa ahora. La gerencia de marcas me llama la atención. Es pesimista su literatura, inspirada en Kant. Que a nadie le importa saber la verdad, que la gente juzga por cansancio. Pero ahora quiero decírlo porque muchas veces escuché decir lo mismo. Voces que no recuerdo me hablaban del mismo rumor que oigo ahora de viejo.
Esto lo escribí cuando todavía escuchaba bien por el oído izquierdo y no había perdido la audición de los dos. Puede ser que las gotas que me recetó la doctora primaria tuvieran algo que ver, pero es curioso pensar que no me hice un lavado como en la niñez o en la adolescencia. Estaba seguro de que mi problema era sentimental y no fui a destaparme los oídos, aunque los doctores me dijeron que estaban tapados con cerumen seguramente. Ese no era mi caso, y estaba seguro de que no era tampoco el caso de mi madre.
Cuando recuperé la audición, sin saber por qué, como tampoco supe nunca por qué la había perdido, recuperé también el interés en cosas que aparentemente no tenían importancia. La gramática más que la semántica. Las estructuras del pensamiento más que el sentimiento o el significado. Es curioso pensar que poco antes de el fallecimiento de mi padre, que me había instruído sobre lo que debía hacer cuando el ya no estuviera, había grabado algunas piezas musicales directas de uno de los dos tocadiscos que me dijo que fuera a buscar.
Aunque las cintas de grabar eran cosa del pasado, había grabado en varias lo que me importaba. Ahora que me estaba recuperando, notaba que es verdad que estuve sordo o medio sordo como diez años, pues todo lo que había hecho estaba tirado en el fondo del closet y polvoriento. Limpié la maleta que había dejado tirada. Los discos que había sacado lejos de mí, porque había perdido interés en todo, la verdad es que no pensaba volverlos a oír. Es verdad que ahora que oía de nuevo no pensaba ponerme audífonos. El hecho de volver a poder comunicarme con mi madre y escuchar normalmente me alegraba.
Supe que estaba completamente recuperado cuando me topé incidentalmente con un artículo de ciencias de Science and Nature Wrinting, sobre la sordera de Michael Chorost, otro compañero de galera. El señor Chorost narra una historia similar que yo no puedo verificar. Según dice, le implantaron una computadora cerca del tímpano para reinterpretar su entorno. Tenía problema principalmente con las notas bajas, esto quiere decir que oyó primero el ground de un tocadiscos cuando se quedó sordo, y no como yo un timbre agudo. Sin embargo, el caballero tampoco fue a hacerse un lavado, prefirió escribir un libro sobre el singular evento.
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