Algunos jóvenes están atentos al hecho de que suelo publicar reiteraciones o versiones repetidas de un mismo cuento y siempre en un mismo libro, como si no fuera posible fijar una versión definitiva o satisfactoria, que yo pueda presentar como la versión que debe perdurar. La razón para estos hechos es una práctica que refleja una realidad de la cultura. Cuando vamos a la escuela nos repiten una y otra vez lo que se tiende a olvidar. Es verdad lo que se nos dice una y otra vez y por alguna razón se nos olvida de nuevo. Que la biosfera es viral es un hecho que no necesariamente data de hoy. La vacuna es cosa que vuelve una y otra vez y que generación tras generación se ha vuelto a reiterar con mayor o menor insistencia. En los Setenta se llamaba The Who, se pergeñó en la ciudad de Ginebra, y en los Ochenta se llamaba The Fixx y se destacó mucho menos que ahora, que es innombrable y no es popular o cómico el asunto que se ocupa de ella. De estos hechos que refleja la repetición se ocupó oportunamente Wallace en su libro Cultura y Personalidad, ¿y quién recuerda a Wallace? Algo que no tiene que ver con la redundancia es el hecho de escribir. Afortunadamente, escribir es algo que si lo aprendemos a hacer bien, contiene de manera inherente toda la filosofía que importa, hasta eso que en mí época se consideraba ficción, que es el propósito. El sólo hecho de poner en blanco y negro lo que pensamos deja saber de dónde venimos y hacia dónde vamos. La palabra bonita en este caso es teleología, y no empero sea lo que en español se conoce como una palabra compuesta, además de abstracta, es en cierto modo una repetición innecesaria para el que ya sabe escribir sencillamente lo que pasa por su mente.
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