Siempre he pensado en la novela de Verne. Escribí alguna vez un ensayo sobre Verne como un hombre típico de su siglo, como el criollo de Lezama Lima en La expresión americana. O como el Rey Burgués de Rubén Darío. Pero cabe otra lectura, otra novela. El capitán Nemo tiene una hija que está cansada de la vida anarquista del padre. Vive en una isla del archipiélago de las Polinesias con su madre nativa. No le gusta esa idea de que Nemo lo saque todo del mar. Lo presiona porque se quiere casar como todo el mundo, y eso es lo que lleva a Nemo a agredir un barco de pasajeros. Tiene orgullo, no quiere admitir que su hija necesita la vida civilizada de todo el mundo y entonces el Gobierno fracés le deja al joven profesor para que se case la hija. Claro, que nada de eso se menciona en el texto original. Es una posible versión que he imaginado y que no existe.
Las de Clive Cussler también son así. Todo es un comentario al anarquismo. Y recordar Civilización y Barbarie de Sarmiento conviene. Pero he dejado todo esto para luego. Contento porque puedo leer casi todo lo viejo en e-books. Conan Doyle, que nunca había leído, ahora lo encuentro por la red y puedo agrandar la letra para bregar con mi corta vista. Escribir ahora no me interesa tanto. Quizá más leer lo que me queda por leer. Casi nunca leí escritores como Verne. La mayor parte, autores boricuas, casi todo autores históricos. Clásicos de Puerto Rico, donde están los cuentos de Carmen Alicia Cadilla. Chequear obras de consulta algunas veces me ayudó, si eran buenas. No se oye hablar ya de Alfonso Reyes. Queda Cortazar, sin embargo.
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