Un recuerdo de mi madre que me llamó la atención es que el almidón con el que se planchan las camisas se hacía en las casas, como el café que se molía en un anafre después de tostado. Definitivamente, un chofer de Uber que entrega comida tendría una pesadilla si tuviera que tostar el café o hacer el almidón para presentarse a trabajar con una camisa bien planchada. Hay que estar bien vestido, las tuberías de las casas no se pueden tapar con los pelos de la cara recien afeitada. Estar presentable nada más es un problema, sin pensar que muchas cosas se han simplificado. Mi padre tenía que ir a buscar papel y tinta de impresor una vez en semana para hacer las cotizaciones del negocio de promociones. Para renovar una licencia de conducir, había que hacer una fila de una hora y si el carro no era tuyo había que presentarle a obras públicas una carta del dueño del vehículo con su autorización y copia de tu licencia de conducir y la suya. Ver ahora que mi hermano ha podido bajar una licencia por la red me alivia sobremanera. Sin embargo, quién sabe si la vida está hecha de esas cosas. Ahora China tiene programa espacial, la novela de Daniel Odier sobre el destino de la dinastía Ming no la reseña ni siquiera Goodreads, que tiene a Antonio Delgado comentando libros feministas. Estamos en otra época.
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