La saudade para dos árabes
A quién le puede importar que una muchacha bien se escapara de un colegio de internas en la sagrada ciudad de la Benemérita, ni quién tuvo a bien quitarme de polizonte, con una invitación más que cruda a sembrarle un tabby frente a la maestra que me quitaba las ganas de un sueño reparador. Que no diga ahora desconocer mi vieja duermevela con el idioma de Chesterton, sino con el vaso pelirrojo que me asaltó en un asilo de venerables ancianos. Sin embargo, no creo que llegaste tarde.
Al cabo todos esos viejos, al verme así agarrado y hasta abrazado, se dejaron llevar por la idea de que algo pasó en Ceiba parecido a la política. Algo como protestar, sólo que para eso hace falta el Bien y los Buenos que se puedan oponer a algo que valga la pena. Liquidar el latifundio de Mercedita les parecía mal y poner allí el olvido y Rooselvelt Roads con road signs de trenes que no iban a su destino, una infracción a la más rara idea patriótica, que es la esclavitud de Ismael y su mami Agar. Mis padres, a poco de irse para dejarme veranear en una localidad tan complicada, me llevaron a correr el tramo del tren de Mercedita. Iba y volvía, ajustaban el motor para dar riversa. Decían que el de Isabela hacía un tanto aunque trabajosamente. El señor francés con el que me quedé me hacía pasar con una motorita por debajo de los pilotes en un sitio que se llamaba Vioti. Había una piscina, receptáculos eléctricos para los remolques, una pluma de agua y un pozo muro para descargar el resultado de la compra de hamburgers y hot dogs.
Cerca de tu casa, sin embargo, me abordaste en un sitio así que había en la carretera de Gurabo a Juncos y me saliste a vender unos comics. Un detalle sensible tuyo y luego, saber que te casastes casi enseguida con el niño al que se los obsequié, por lo menos me hace pensar que no quieres que te olvide. Debo notificarte que a poco de tener un poco de tiempo libre, hice la fila del Autoexpresso para ver si podía pasar el torno sin recibir una multa y en la cabina, luego de una fila de 45 minutos, confieso ví el Rostro de alguien más que amiga diciéndome:
-Get down. Play football. Don´t be scarred. I think I love you. ¿Por qué no le dejas saber que conoces bien el desvío del Camarero a esa tu tan querida carretera aunque no la 10 ni la 101?
Mi natural curiosidad me llevó a la conexión con la vía de Gurabo a Juncos.
-Es verdad- me dije. -Transitar éste trayecto sin mi papá, lo mismo que la marginal donde estaba el Club Yaucano, no me dolió como me pasó cuando me inyectaste la Tercera Dosis. Tenía el libro de Durkheim en el celular. Diátesis indolora, o ceniza en los ojos. Tú lo haces notar: colirio, no te ves mal en tu festiva tristeza, mi Amor.
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