A parte de la Historia en la escuela protestante, donde nos contaban que Clifford celebró un banquete en su navío a poco de desembarcar en San Juan, estaba el enigma de Moratín, en octavo grado, cuando nos dieron el drama madrileño El sí de las niñas. Decía aquí en el blog que nunca endentí la respuesta afirmativa de las niñas, pero debo confesar que sí lo comprendo ahora. Son dos muchachas, una que se va a casar con alguien mayor, y la otra de su pretendiente joven. Está escondido el meollo cómico y la ironía de la situación, que es lo que da risa en el drama aparentemente llano. Entiendo por qué nos daban precísamente esa obra en una escuela protestante. Claro, la maestra de historia Salgado nos decía a los que estudiábamos mucho y no entendíamos que a la larga sí lo comprenderíamos bien todo. Eso es verdad, pero hay que ser mayor para comprender. En octavo grado era más bien Amilcar Torres, el maestro de Historia. Nos daba las campañas del militar cartaginés Amilcar Barca, que casi se queda con el Imperio Romano. Esas eran las famosas guerras púnicas, que decidieron el destino de Roma. Con Amilcar Torres sueño a veces, y aparece en mi vida onírica hacíendome un homenaje con el grupo Yes en la Universidad. Cuando iba a hacer la tesis de maestría tuve problemas con el marco histórico del texto porque retrataba a Clifford como un hombre del siglo dieciocho cuando era en realidad un personaje histórico mucho más antiguo. Eso lo traía de la escuela y lo correjí con la lectura de una historia de Inglaterra en Puerto Rico de Emma Dávila Cox.
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