sábado, 28 de mayo de 2011

La novia del actor

      Hace muchos años, la novia de un actor con el que hice una obra de teatro me llamó por teléfono para saber de mí. Yo había hecho para él un cuento breve de nueve páginas que se había perdido. La obra trataba sobre Charles Darwin, el fundador de la teoría de la evolución, que en los últimos años de su vida se mudó a la ciudad de Londres con una perra terrier blanca. La perra se le había muerto a Darwin, que en aquel entonces estaba solo, y dio la curiosa coincidencia de que en los días en que se le murió la perrita, la reina de Inglaterra lo condecoró con un título nobiliario. La redacción de mi cuento, no obstante, era típica de una época posromántica que tuvo Puerto Rico, y la escribí dando a entender que la reina inglesa estaba contenta porque ya Darwin salía del último recuerdo de su esposa, que era la perrita, para encontrarse finalmente condecorado por una mujer muy guapa. Lo cierto es que la obra, a pesar de todo, pasó al olvido como tantas otras obras que escribí. La gente que llevé al teatro para verla no me quería mucho tampoco. Pero yo no lo tomé a mal. El actor, por su parte, se encontraba en una situación sentimental muy parecida a la mía. La gente tampoco lo quería mucho por las representaciones de locos y drogados que él hacía, si bien es cierto que había alcanzado un gran renombre en los medios académicos.
      La primera obra literaria que yo leí por mi cuenta, no asignada por los maestros, fue una que él hizo, ya que escuchaba hablar de su interpretación del papel de veterano de Vietnam. Nunca pensé que haría un cuento, años más tarde, que él llevaría a la escena. La obra de Darwin no era mala, pero duró poco tiempo en la cartelera y recibió, como era de esperarse, duras censuras de parte de los críticos teatrales. Muchos la olvidaron, excepto la madre de mi hijo, que la fue a ver por su cuenta. Ahora años después, quince años después, una joven que era su novia me estaba llamando por teléfono para preguntarme si tenía cuentos nuevos. Por lo menos pensaba que la animosidad que despertaban sus interpretaciones había pasado, y que mi intervención con una obrita liviana seguramente le sirvió de alivio en las duras noches de aquella época. Le envié a mi amigo varios cuentos de embriología médica, ya que la obra de teatro me llevó a terminar el trabajo de mi hijo, que nació por injerto. Mi juventud terminó cuando hice esa obra. Nunca volví a escribir tan livianamente, ni me encontré tan odiado como en aquel entonces. Mi amigo, el actor, me estaba llevando de nuevo a aquel mundo que nunca me amó, para volver a las tablas ahora con un actor más joven.
      Con el joven actor me fue igual que con el ahora viejo actor. Los actores son personas impetuosas, como los editores, y uno pronto ve que la obra, cualquier obra escrita con cualquier idea, toma un rumbo ignorado. El cuento que sea hace un viaje sin regreso, casi no se vuelve a escuchar nada de esa historia que uno escribió y solo de manera indirecta, el autor se entera de que ha llegado a donde tenía que llegar. Mi viejo libro de cuentos posrománticos los hizo casi todos el joven actor. Casi todos trataban sobre el tema de la medicina, y daba la coincidencia de que el actor joven también había estudiado medicina. En esta ocasión mi condición congénita era motivo de interés, ya que el actor era hijo de una cirujana que operaba mi condición. El joven, que además también era cuentista, escribió un libro sobre mi condición congénita y me solicitó que escribiera uno mío, sobre el mismo tema. Pronto vi reseñado el libro del joven. Cuando, repentinamente, la novia del primer amigo me llamó para decirme que todo había terminado. Una editorial infantil había escojido uno de los cuentos que le mandé al actor que hizo el papel del biólogo con su perrita muerta. Nunca supe que fue lo que ocurrió. Mi nuevo cuento trataba de otro tema, la física. La etapa del biólogo Darwin había, para bien o para mal, terminado para siempre.
      Nunca olvidaré los últimos minutos de esa etapa de mi vida. El actor me envió un e-mail, cosa que en nuestra época nunca habría sido posible, ya que todos los manuscritos se entregaban a la mano de la persona. La obra de la perrita seguía perdida. El original, que yo recuerdo todo adornado por los dibujos de las actrices, ya no aparecía en ninguna parte. El e-mail era un mundo nuevo, el actor tenía novia y yo era papá. Lo que aquel mundo pudo ser, quizá nunca fue y sobrevino otro mundo, el de la física. Mi hijo, de hecho, deseaba ser físico. Los últimos momentos de mi vida de biólogo terminan, cuando luego del e-mail del actor, me llama la novia para darme la noticia de que mis cuentos de biología corren la misma suerte que el cuento de la perra. Desaparecen, no encuentran respuesta. Los hacemos en escena, pero ya nadie dice nada. Entonces, sencillamente, la muchacha me mandó un viejo contrato de publicación. Yo se lo volví a mandar por fax firmado. Acepté que publicaran el cuento de física y que olvidaran el cuento de la perra. Así terminó toda una etapa de mi vida.

No hay comentarios:

Publicar un comentario