domingo, 29 de mayo de 2011

La polilla


 
       Estaba pensando qué escribir y por ello me puse a revisar mis libros viejos. Mi madre me había mandado a la casa de una dentista que quería salir de un librero y yo se lo compré por unos dólares. En ese librero puse mis libros académicos, y dejé los libros sentimentales en un desván que construyó mi padre antes de que falleciera. Cuando me puse a revisar el desván, encontré que la polilla se estaba comiendo todo. Temiendo que fuera a perder la memoria de mi juventud, y los anhelos del escritor que quise ser y no pude ser, le escribí a mis amigos de Facebook para darles la alarma. El resultado de esta aventura es una serie de textos sobre la polilla y sobre el paso del tiempo, que no creo que sean nuevos, pero ahí están.
I
      Mientras redacto esta nota, he vuelto a mi habitación y he encontrado que la polilla se ha comido una parte sustacial de mi biblioteca. Empezaron con una tablilla de madera y ahí perdí a Lezama. Luego entraron en el closet y lo perdí casi todo, casi doscientos libros, en menos de unas semanas. Logré salvar lo que puse en un mueble de pichipén, ya que no comen pichipén. Ya no me importa nada. Me preocupaba perderlo todo, pero estoy harto de bregar con la polilla. Lo he usado todo, el líquido para eliminarlas que venden en Home Depot. Bueno... Todo... Todo... Es increible. Suerte que ya no me importa. Esto sucedió porque una prima mía que se quería quedar con la casa trajo a unos obreros para levantar el techado. Dispersaron huevos de polilla por toda la habitación, por eso es imposible salvar los libros, ya que están todos impregnados de huevos. Sólo lo que guardaba en el mueble se salvó. Si no quieren perder sus libros, cásense con sus primas.
II
 
      La polilla es la colonia del comején. Su piel transparente y el modo de reproducción es distinto. Por esa razón, el insecticida no elimina la colonia y hace imposible rescatar los materiales en donde ya se han puesto huevos. Los huevos, por supuesto, son microscópicos. Algunos, debido al calor, desarrollan una coraza durísima que parece de piedra. Huevos así de duros salieron de los techados de mi casa y se dispersaron por toda la habitación. En cosa de nada, sin comunicación alguna con el exterior, nacieron en el desván y en los libreros de madera y establecieron rápidamente una red de comunicación con lo que está arriba. Cuando ocasionalmente pude ver un libro salvado de la polilla, con uno o dos surcos, jamás imaginé que eran tan rápidas y destructivas. Para eliminarlo todo habría que acabar también con la nación del comején. Los expertos en la materia incluso dicen que es inutil fumigar una casa completa, considerando que las otras casas tienen cada una su colonia. La nación está debajo de la tierra y su tamaño es colosal. Lo increible es que no se metieran en la casa durante casi cuarenta años. Alzar los techos del pasillo supuso una seria amenaza. Habría que llevar la situación política al estado en que estuvo esta casa durante cuarenta años. Cosa imposible, porque no se puede restaurar a mi padre. El regimen cambió. Sin duda tienen que haber notado la ausencia de dos de los organismos. Pero cuando se trató de limpiar, tomaron represalia rápidamente.
III
      Es interesante lo que evoca la polilla. Yo había tenido libros apolillados, pero nunca las había visto. Se transparentan con la luz, y se nota que se reproducen por partenogénesis, ya que no puedo localizarlas cuando he fumigado el tablillero. Quizá pueden desaparecer del primer tablillero, que está a más de veinte pies de la otra localidad en donde aparecieron por primera vez. Pensé que no debía botar los libros, pero la cantidad de animales que apareció es sorprendente. Eran miles de insectos, lo que le dio a pensar a mi madre que era comején. Pero no es tal cosa. Tomaré, como es natural, lo que sobreviva. Ya ni me atrevo a meter las manos en el tablillero por la cantidad de animales que han aparecido. Yo supongo que en algún momento van a desaparecer. He logrado, no obstante, salvar lo que tenía en el mueble de madera prensada. Libros nuevos han sufrido el ataque. Los traté de poner a salvo y no hubo manera de bregar. El insecticida no garantiza nada, ya que aparecen de nuevo en otra localidad. Pero por lo menos, si es madera prensada no tocan los libros. Suben por las paredes, hacen caminos. Si bien es verdad que estaban en el ambiente, que salieron cuando se levantó el techado. Salvé una novela de Maturin porque estaba en carpeta dura. Si el libro se ha hecho en papel ecológico, olvídalo. El libro que lo resiste tiene una concentración elevada de ácidos. Perdí casi todo lo que guardaba desde la escuela superior. Unos cuadernos en fotocopia del Departamento de Literatura se salvaron porque los encontré a tiempo, pero también acaban con el plástico.
IV
      Durante cuarenta años, la polilla incubó en el techado de mi casa. Es increible pensar que duraran tanto tiempo sin nacer, esperando su momento. Los cambios en mi casason grandes desde la muerte de mi padre. Hubo un gran intervalo en mi familia, cuando nos mudamos a esta casa. Ya mi padre no ordenaba la fiambrera de Valenciano, y sus estrechas relaciones con Oliver Exterminating tampoco progresaban. Nunca fuimos buenos exterminadores de insectos. Hector Cruz, que fue el exterminador contratado por mi madre, y que me compra artículos promocionales, pensaba que yo cojía cupones de alimentos porque me veía muy gordo y sin trabajo. Porque nunca fui buen exterminador. Quería ser escritor de ciencia ficción, no exterminador de insectos. Desarrollé un estilo excesivamente ampuloso, una retórica grande e imperial. Pero nada. En el negocio no me iba bien. Nunca tuve un contacto directo con los insectos hasta que atacaron mi biblioteca. La aburrida tarea de eliminarlos me tenía molesto, pero empecé casi enseguida. Primero leí la retórica de Oliver Exterminating, mi competidor más grande. Los de Oliver eran mis grandes maestros, los admiraba. Ellos decían que no valía la pena fumigar una casa que incubó polilla desde tiempos anteriores, en que reinó el comején en los campos. Nada podía hacer. Empecé a comunicarme con estos amigos míos, bibliotecarios y maestros, que me daban innumerables consejos.
V
      Entonces pensé que debía ser escritor. Si... Escritor a secas, artista. Escribiría un cuento largo y tedioso sobre la polilla y sobre la destrucción que causa en la Humanidad. En gran estilo. Con ambición. No tardaría en ganar, ganar... Eso sería lo mío. Mi madre estaba tan contenta con mi decisión de hacerme escritor que mandó a buscar a un ebanista para hacerle un mueble a la medida para el televisor. No pensó en la polilla ni en nada. Luego vino un plomero que le dijo a mi madre que tenía ocho biznietos. La abulia de la vida me llevó a pensar que el mueble también iba a desaparecer. Todo... Todo... Los muebles, las sillas, no quedará nada. Pero en primer lugar los libros. Así que llamé por teléfono a la competencia, a Oliver. Ellos me explicaron lo que ya sabía, que una incubación de cuartenta años no debía tomarse a la ligera. Los huevos de comején habían vegetado ahí una eternidad. Habían vivido más tiempo que mis perros. Y con tal de nacer, cuando dispersaron los techados, no quedó uno. Me maravilló que duraran tan poco tiempo bajo la forma de un comején sin alas, una triste imagen de animal que pudo haber sido y no fue. Y como es natural pensé en mí. Yo era sí. Si tú quieres, no más quiere algo.
VI
      Pensando que tal vez salvara los mejores libros, volví a conversar con mis amigos. Me sorprendió la indiferencia con que me trataron esta vez. Un mensaje o dos en Facebook, pues bien. Lo contestan, lo comentan. Pero ya empieza a ponerse pesado Pepe, ya quiere hacer literatura. Sí... Como soy exterminador de insectos, se puede imaginar que no me quieran. Pronto desaparecen los mensajes. Y lo que importa es salvar los libros. ¿Qué no los piensas salvar? Los vas a dejar así. Si son tus libros, debieras quererlos. Son recuerdos de tus amigos, son cosas sentimentales. Algunos en el desván del olvido, donde nunca encontraré de nuevo los recuerdos. Porque tenía esa manía de ser escritor serio. Y entonces nada. Pasaron veinte años. Me quedé sin libros. Seguí escribiendo, eso sí es verdad, pero lo había olvidado todo. La gente se molestaba conmigo porque seguía con esa manía de tomar notas. Empecé a resultar pesado, gordo, difícil. No le caía bien a la gente, me sacaban de los centros comerciales. Tan buena vida que puedes hacer. Olvida a esa gente. Su profesión, su gentilicio. Mira a ver si Valenciano tiene la fiambrera, esa era la salvación de tu padre cuando lo odiaba la gente. Pero nada así. Se me fue la memoria, no me acordaba de nada.
 
 

      Es curioso que se hayan calmado. Repentinamente dejaron los libros y se retiraron al plafón. Decidí no fumigar, y se ha calmado la situación al punto de que no creo que tenga que botar los libros. Respetan la carpeta dura. El papel blando moderno, sin ácidos, es su blanco principal. Carlos Roberto, dile adiós a tus libros, son sus preferidos. Los dos libros nuevos de Ana María Fuster, uno dedicado, ya son libros viejos que no podré vender. Me tomó todo por sorpresa, nunca creí que atacaran el desván. El desván lo construyó mi papá, poco antes de que falleciera. Por razones sentimentales, no puedo eliminarlo. Lo tengo que dejar como está. Puse la caja del plato a salvo, pues comen plástico y el plato es de plástico. Se lo comerían. Así que tuve que mover el plato al cuarto en donde trabajo, que curiosamente no les interesa. La habitación donde descanso es el blanco principal de la colonia. ¿No les suena familiar con tanto hotel y tanta playa? El taller no les interesa, y el plato va para el taller. Por lo demás, se han retirado momentáneamente. Recuperé mi interés en la Literatura Comparada. Los casos ficticios de la profesora Rabell, la fotocopia de la poética, los cuadernos negros. Las novelas que ella me dio las perdí. También las fotocopias de Sexo y Literatura. Bueno... No las boté, las dejé sin tocar. Puede ser que estén legibles después de todo.

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