jueves, 23 de marzo de 2023

Reiteradamente declaro

 

La Biblioteca de mi Padre

 

Hace tiempo no pensaba en eso. Había libros de sicología y alguno desaconsejado, como Mi Lucha de Adolfo Hitler, en una edición española del que recuerdo vagamente el título de un capítulo: El problema judío. Si además de bien parecidas, circuncisas que dan tela de dónde cortar, imagínate no más el problema que supone llevarlas a su casa después de un paseo. Es verdad que encerrar a la que te gusta en un Campo de Concentración es actitud poco imaginativa que además no habla bien de tí. Te proyectas inseguro o peor hipócrita.

 

Otro libro que echo de menos, El exorcista de Peter Benchley, me recuerda que titi Loyda era muy dada a reirse de mí con una cara que le copió a esa actriz y claro, mi compañera a poco de traer a José Manuel a la vida, no sé cómo es que supo que me agradó la sonrisa de lunática de mi tía algún sábado en tren de visitar a Quelín. Pero es verdad que Nayda hizo la misma escena en que la posesa sufre un percance que no va a tono con la idea de caer presa en la carcel de los besos de Satanás: se le vira, me parece el cuello, lo que es doloroso y no casa con la seriedad de tomar partido por la maldad.

 

Claro, para esta libreta de empleada a jornal, no puedo prometer más sin arriesgarme a otra amonestación de la Hermana que me regaló la posibilidad de tomar notas antes de ejecutar, como se espera, una Declaratoria de Amor que me comprometa menos.

 

Había entre los libros que dejó mi papá una novela curiosa, The Holcroft Covenant, que narra la hazaña de un arquitecto que salva la vida de 700 embriones decomisados de oficiales del Tercer Reich, transportados a temperatura super baja en un submarino, y como el asunto LUMA, a razón de un millón de dólares por cabeza para que salgan doctores si no médicos. A parte de otros que no recuerdo y que desaparecieron como tantas otras cosas cuando mi papá cambió de plano.

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